Tarde con honores

Gran espectáculo de Urdiales y Aguado (que salen a hombros) y Juli en la cuarta de San Mateo de Logroño

Aguado y Urdiales, a hombros en Logroño
Aguado y Urdiales, a hombros en Logroño

Gran espectáculo de Urdiales y Aguado (que salen a hombros) y Juli en la cuarta de San Mateo de Logroño

Hay muchas maneras de vivir las cosas, pero solo un camino inexplicable a la emoción. Urdiales nos empujó a él de nuevo. Y lo hizo con esa fuerza que convierte en torrente y contagia, como si fuera una plaga. Una mágica plaga que no necesita explicación ni se quiere. Como tampoco necesitan explicación esas maravillosas verónicas con las que Diego acarició la embestida del segundo. Y se lo llevó a los medios, o al cielo o al infierno, o allá donde quisiera, porque ocurre que en estado de embriaguez de emociones ya hay cosas que no importan. De ahí aquello de que hay muchas maneras de vivir las cosas, el toreo entre ellas, pero pocas para encontrar la veda de la emoción. Ahí, justo ahí, cuando puso fin a aquello, en la media, en el remate, se colmaban las expectativas, como yonkis adormecidos. Había más. Retina a tope que llega el invierno. Y es largo. Más aun la temporada. El prólogo fue a dos manos, nada de esas frialdades en las que el toro pasa y el torero se queda en la lucha de controlar el miedo. No. Aquello era el toreo de siempre. A dos manos, cimbreada la cintura, a la vuelta de la hombrera, en sintonía con la embestida, como si no hubiera final y una arrancada se fundiera con otra en una obra preciosa. Y armoniosa. Y bella. Y estética. Hubo después distintos pasajes dentro de la faena de un toro bueno. Una primera parte de plenitud, de entrega, de armonía y de bien torear; otra en la que la labor se le ensució un poco y ya el final, a menos el toro y enfibrado el torero. Con la garra de la faena por las nubes de principio a fin. Así la emoción. Y final feliz. No cabía otro, porque se fue derecho y lo mató por arriba (no pasa siempre siempre, ni en los días de triunfo). La plenitud tiene estas cosas. Los dos trofeos se vivieron con mucha entrega en la plaza.

Diego Urdiales en un lance con el capote

De buena condición fue el terceaguaro, franco y de larga arrancada. Era para la muleta de Pablo Aguado, que son palabras mayores. Preámbulos faltos de conexión hasta la última tanda excepcional, la que de verdad tuvo estructura y fondo suficiente como para crecer y la siguiente de naturales a pies juntos, ya con la espada en su mano, que puso el colofón y la vía directa a esa relación que había establecido con el público. La estocada le abrió la puerta al doble premio y a la Puerta Grande.

Un soplido le habían durado las emociones al primero y abrevió Juli. Le midió los tiempos y las distancias a la perfección al cuarto, que iba pronto pero no quería viajar largo. Se empleó Juli y Logroño, que hacía tiempo que había caído rendido bajo los efectos de la tauromaquia. Deliciosa labor del madrileño, cosida, atada, templada, disfrutada y con una inteligencia a su altura y conocimiento, que no mereció la espada roma que vino después.

Ya era demasiado, así que el quinto no quiso viajar y Urdiales tuvo que abreviar. Iván García le sopló un par extraordinario al sexto. Y poco más pudo hacer con él Pablo Aguado. Lo bueno había llegado antes. Sin duda.

Ficha del festejo

Logroño (La Rioja). Cuarta de la Feria de San Mateo. Se lidiaron toros de la ganadería de Victoriano del Río, bien presentados. 1º, franco, pero parado y agarrado al piso; 2º, de buen juego y a menos; 3º, bueno; 4, pronto, franco y de noble arrancada; 5 y 6, deslucidos. Tres cuartos de entrada.

El Juli, de nazareno y oro, media estocada (silencio); dos pinchazos, estocada (saludos).

Diego Urdiales, de azul noche y oro, estocadón (dos orejas); estocada (silencio).

Pablo Aguado, de azul pavo y oro, estocada desprendida (dos orejas); estocada corta, cuatro descabellos (silencio).