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Un inmenso Garrido, más allá de la mafia empresarial

López Simón sufrió un ataque de ansiedad severo y estoqueó sólo dos astados en Bilbao

  • El diestro José Manuel Garrido da un pase a su primer toro en la séptima corrida de abono de la Aste Nagusia de Bilbao
    El diestro José Manuel Garrido da un pase a su primer toro en la séptima corrida de abono de la Aste Nagusia de Bilbao / Efe/Miguel Toña

Tiempo de lectura 4 min.

26 de agosto de 2016. 21:08h

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Patricia Navarro Bilbao. 26/8/2016

- Bilbao. Séptima de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de Torrestrella, muy serios de presentación. El 1º, movilidad con peligro; el 2º, movilidad, derrotón y desigual; el 3º, paradote y embiste por dentro; el 4º, complicado; el 5º, encastado, con mucho carbón y reponiendo; el 6º, peligroso y de mal juego. Menos de media entrada.

- López Simón, de tabaco y plata, pinchazo, estocada defectuosa, tres descabellos (silencio); estocada (silencio).

- José Garrido, de nazareno y oro, pinchazo hondo, aviso, buena estocada (saludos); estocada, aviso (vuelta al ruedo); estocada corta (oreja); dos pinchazos, tres descabellos, aviso (saludos).

La historia era de tres. Y hasta entonces bien avenidos. El cartel de los jóvenes, las esperanzas, los llamados al relevo generacional de la Fiesta. La apuesta de Bilbao. En la arena negra convertirás las hazañas en busca del cetro, pero uno de ellos, el peruano Roca Rey, que además de torear muerde, cayó días antes en Málaga. Un golpe asesino no le hirió, le ha dejado perturbado y con problemas más profundos que las huellas de las heridas. Necesita de tiempo y que éste sea generoso para recomponerle por dentro los golpes. Dejaba un hueco abierto. El ideal para que Javier Jiménez, que acaba de abrir de par en par, por cierto, la Puerta Grande de Madrid, encontrara el sitio y el lugar para que la afición pudiera verle. Esas pequeñas cosas que posibilitan que de verdad esto se renueve, más allá del intercambio de cromos que manejan tres y sus satélites, a veces más dañinos todavía que los propios reyes del mambo. Asco de sistema. El triunfazo de Javier Jiménez no debió ser argumento suficiente para un hueco que venía como anillo al dedo, empiezan al unísono las argucias trapaceras de los despachos. Esa tela de araña, que roba día a día el futuro de la fiesta para dejarla cadáver sin necesidad de ayuda. ¡Déjenme solo! ¡Déjenles solos! Y así fue. Tragó la Junta Administrativa de Bilbao. Y cuando López Simón y Garrido hicieron el paseíllo en ese mano a mano improvisado, la gente pitó. Ya no hay anestesia para calmar los desánimos entre tanto taurino de medio pelo. Torcida en esencia la tarde se retorció más cuando el descabello de López Simón saltó al tendido mientras ponía fin al primero, toro difícil, con movilidad peligrosa, a la que el madrileño no dominó y la batalla se antojó en el abismo. Nos faltaba mucho por ver en tarde raruna y desalmada. Como alma en pena iba Alberto López Simón, que sufrió un ataque de ansiedad mientras toreaba José Garrido al segundo. Y éste a su vez, se ponía el mundo por montera. Un contraste abrumador. Se jugó la vida Garrido con ese toro que tuvo movilidad, pero derrotón y sin llegar a entregarse nunca de veras. Se alargó en la faena pero acabó midiéndose de tú y a tú y ganándole la partida. Abatido vimos a López Simón con un tercero apagado y que embestía por dentro. La imagen lo decía todo. Mientras Alberto tomaba aire sobre el estribo al lado del burladero de matadores, Garrido se jugaba el futuro, de haberlo, en un quite por gaoneras de puro huevo. Pasó el madrileño el trámite como pudo y se fue a la enfermería.

Con el cuarto se hizo Garrido. El titán. Y picantón el toro, que iba por ahí, midiendo, se quedaba por abajo una vez, a la otra pasaba limpio, le atacó mediada la labor y ligó una tanda. A cada segundo aquello era un desafío, nunca sabías por dónde podía salir pero su aplomo no tuvo fisuras. Ni su valor. Y ya al final, con la espada de matar en la mano, la dejó sobre la arena, se fue al toro, muleta por detrás, era la hora de los adornos, fue la hora de jugarse la femoral. Una vez más. Dos veces le puso el toro el pitón en la axila. Pundonor por encima de todo y rectitud en la suerte suprema. El presidente no quiso ver y le negó el trofeo. Hace bien poco los regaló. Un esfuerzo gigante hizo con el quinto, encastado, movilidad a raudales, reponiendo a la media vuelta del muletazo. Poco a poco, sin rectificar jamás, fue metiendo al toro en la muleta y gloriosos fueron los naturales del ocaso. Siempre al filo de la navaja como embestía el toro, importante la arrancada, no dejaba indiferente, revisaba el valor a cada embestida; claro que lo tenía Garrido impoluto y se le notaba. Espectacular la muerte. Irrisoria la oreja. Otra más... Entre esto y los despachos... López Simón no salió. Le hará daño esta tarde al ánimo. Con las mismas Garrido se fue a la puerta de toriles, en Bilbao. Toro de Bilbao y tal y como estaba saliendo la corrida de guasona. Hizo un cuerpo a tierra y saltó el toro por encima. Dos largas cambiadas de rodillas en el tercio y un regalo cuando quiso torear. El primer derrote lo hizo a la altura del cuello. Ahí marcó intenciones. También al natural, raudo el toro, ágil de cuello, argucias del Torrestrella que no le permitió triunfar. Al menos al toro se le veía venir. Un inmenso Garrido se había llevado la tarde, a pesar de la mafia empresarial que devora a la Fiesta desde sus entresijos y de que el presidente le robara una Puerta Grande monumental.

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