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Vuelve Talavante en día grande

Gran tarde de toros del extremeño que perdió la Puerta Grande y de Manzanares y Ferrera, que cortaron tres orejas a una buena corrida de Cuvillo en Las Ventas.

  • Alejandro Talavante dando un pase mirando al tendido, ayer, en su primer toro durante la novena de la Feria de San Isidro. Foto: Rubén Mondelo.
    Alejandro Talavante dando un pase mirando al tendido, ayer, en su primer toro durante la novena de la Feria de San Isidro. Foto: Rubén Mondelo.

Tiempo de lectura 4 min.

16 de mayo de 2018. 22:16h

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Patricia Navarro 16/5/2018

Las Ventas (Madrid). Novena de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de la ganadería de Núñez del Cuvillo, bien presentados. 1º, noble y con ritmo; 2º, cambiante y a menos; 3º, movilidad, repetición y humillación, pero derrotón; 4º, al paso y justo de poder; 5º, repetidor y con movilidad; 6º, bueno pero de poca duración.Lleno de «No hay billetes».

Antonio Ferrera, de berenjena y oro, estocada (oreja); metisaca, aviso (silencio).

José María Manzanares, de azul y oro, estocada (silencio); estocada (oreja).

Alejandro Talavante, de blanco y oro, estocada (oreja); dos pinchazos, estocada (saludos).

Y a la novena llegaron las figuras, con su llenazo a cuestas. Cambió Madrid, que ya en San Isidro festejó al patrón con honores como debe ser, a pesar de que Carmena se empeñe en cantar las virtudes anodinas e irreales de los animalitos y ocultar una tradición de siglos enraizada en nuestra cultura. Quiera o no. Le guste o no. Pero una cosa es lo que debería como cargo público que ejerce y otra es la puñetera realidad. Y la puñetera realidad es que Carmena ha ocultado la Feria de San Isidro, sus más de treinta días de toros, por donde desfilaron el año pasado cerca del millón de espectadores, en el propio programa de fiestas de la ciudad. Pero no debe interesar, porque las cosas o se ajustan a los intereses privados o no existen, a pesar de que los cargos, y sueldos, sean públicos. Llegaron las figuras pues y el toreo. Y las emociones a borbotones, porque las figuras acabaron por deslumbrar en una gran tarde y con una buena corrida de Cuvillo. A hombros se tuvo que ir Talavante de Madrid. A hombros de su plaza. Algo de aquí le pertenece al extremeño desde que era novillero. Son cosas de piel, que sólo se comprenden cuando se presencian, cuando ocurre, cuando transitas por emociones que te son ajenas sin serlas y sabes que en verdad no te pertenecen. Algo de eso tiene el toreo. Un calambrazo al unísono fue el tercer muletazo de Talavante al tercer toro de la tarde. Todo al tres. Andaba el torero genuflexo haciendo al toro, sabiéndose uno y otro colaboradores, cómplices de lo que estaba por llegar y fue ahí cuando el diestro se encaró al tendido, una mirada tan fugitiva como desafiante que encendió una llama que no se volvió a apagar. Madrid fue el rugido del rey de la selva en mitad de la noche africana. Ese sonido es indescriptible. O te atrapa. O estás fuera. No hay más diálogo que no suponga una pérdida de tiempo. Y se es libre en ese momento para huir de la rutina, de los problemas y abandonarse. Ahí abajo y por aquí arriba lo que nos dejen. Se templó Alejandro y ajustó a la velocidad del toro, un toro que repitió el viaje y humilló en el engaño, aunque afeaba el final con un derrote. Fue delicioso el trasteo, personal, templado y ligado. Y la estocada que ponía fin a un gran momento y vuelta al trofeo. No hubo compás de espera en el sexto y se puso a gozarlo desde el principio. Por la diestra, relajado, con los vuelos cosidos a la embestida del toro y viajando a la cadera en busca de un final. Fue toro noble de escasa duración y según se le iba acabando la gasolina resolvió Talavante con los recursos para mantener la faena en pie. Ahí había mantenido la tarde. Una de las grandes. La espada no entró y se cerró la Puerta Grande por la que Madrid debía haber despedido al torero extremeño.

Otra oreja cortó Manzanares del quinto. Trabajado. Tuvo movilidad y repetición el toro con sus desafíos. En los tiempos encontró Josemari los resortes necesarios para hacer el toreo. Majestuoso, como su concepto. Y en esa espada que es oro puro. Qué manera de hacer la suerte. Y solventar. Poco había durado el segundo que, cuando logró reunirse con él en una bella tanda al natural, pareció renunciar a la entrega y se echó.

Ferrera puso la primera piedra del camino al pasear un trofeo del primero. Medido. Torero. Armonioso. Vertical y bello para hacer florecer la franqueza del toro y gobernarla con torería hasta que se agotó. Se fue largo con un cuarto, noble pero al paso, y el público acabó por impacientarse. Se llevaron una buena tarde de toros. Ya fuera por acabar con los refranes pesimista o en un canto, oculto claro, a Carmena.

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