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José María Íñigo, carta de desajuste

No había bigote como el suyo. Creó escuela en los tiempos de la España en blanco y negro y no claudicó ante su enfermedad hasta el último día. Con su muerte a los 75 años se marcha uno de los periodistas más innnovadores y versátiles de la televisión

  • José María Iñigo en una imagen de archivo / Gtres
    José María Iñigo en una imagen de archivo / Gtres

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06 de mayo de 2018. 01:19h

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Lluís Fernández 6/5/2018

Fue el icono pop más acabado de la modernización de España durante los años del desarrollismo. Primero como crítico musical en la revista «Tele-Guía», reconvertida en «Mundo Joven», réplica de «Salut les copains», editada por los Estudios Moro y Jo Linten en 1968. En ella comenzaron muchos de los periodistas y realizadores que destacarían profesionalmente durante los años 70 y 80: José María Íñigo, Pilar Miró, Ivan Zulueta, Manu Leguineche y José María Quero, y fue el vehículo promocional de los artistas que revolucionaron el pop español y la canción protesta: Raimon, Los Bravos y Los Brincos. De todos ellos dio cuenta él en sus numerosos libros sobre la música española, desde sus comienzos como crítico musical y locutor radiofónico hasta Eurovisión. A «Mundo Joven» enviaba sus crónicas desde el epicentro de la moda beat: el «Swinging London». Su famoso bigote de herradura no era más que una de las variantes hipster de los Beatles durante los años de transformación de melenudos en hippies. El bigote era similar al de Ringo en la portada del «Sgt. Pepper's», como etapa intermedia hacia la barba y el pelo largo.

José María Íñigo hizo de su bigote, al modo del primer Giorgio (Moroder), largo y tupido hasta la barbilla, y más allá, uno de sus característicos rasgos de estilo. Un amigo de Conchita Márquez le pidió en su nombre que si podía comprobar si era de mentirijillas y le estiró del bigote. Gracias a este enmarque piloso y a su sosegada forma de entrevistar, con naturalidad y respeto, se convirtió en un referente televisivo con «Estudio abierto». Este programa era la culminación de una carrera periodística que había comenzado en Bilbao, pasando por Carnaby Street y la la radio de la BBC londinense. De la mano de su amigo Pedro Olea entró en TVE como presentador del programa musical «Último grito» (1968), junto a Ivan Zulueta, realizador de video-clips musicales con factura vanguardista. Zulueta rodaría «Un, dos, tres... al escondite inglés» (1970), en la que Íñigo tenía un papel secundario de crítico y gurú musical. Seguía el director la idea de los clips musicales que Richard Lester había ideado para la primera película de los Beatles «Qué noche la de aquél día» (1966). En su filme, salían los grupos de moda: Fórmula V, Los Ángeles, Pop-Tops y Los Mitos.

José María Íñigo había conseguido trabajar como colaborador en la radio de la BBC, desde donde conectaba con Radio Madrid hablando de música pop. En 1966 volvió a España, imbuido de la moda del beat británico, para iniciar su colaboración como crítico musical en programas radiofónicos y revistas musicales. Introdujo las listas de éxitos del Billboard inglés en los programas de la SER «Los 40 Principales» y «El Gran Musical».

Tras su paso por «Último grito», su primer gran plataforma televisiva fue el inconformista «Ritmo 70», donde se censuró a Víctor Manuel. El éxito le abrió las puertas de «Estudio Abierto», el primer magazine que hablaba de la música pop y actuaban los grupos españoles punteros. Era un «talk show» en directo inspirado en «El Show de Johnny Carson», donde se combinaban entrevistas con famosos nacionales e internacionales, actuaciones musicales y la sección «Mundo curioso», plagada de pintorescos personajes friquis.

Ideado por Solly y presentado por José María Íñigo, tuvo como guionistas a Manu Leguineche y Julián García Candau, y se estrenó en marzo de 1970, en en la segunda cadena de televisión, UHF. Para presentarlo Íñigo tuvo que dejar atrás las melenas y atuendos hippies y debidamente trajeado y encorbatado alcanzó la popularidad en pocas semanas, permaneciendo imbatible hasta 1975. Posteriormente, convenientemente remozado, volvió en 1982 y finalizó en 1985.

En 1975 presentó, ya en la primera cadena, «Directísimo», donde descubrió al mentalista israelí Uri Geller, atracción mundial que pasmó a la audiencia española doblando una cuchara con el poder de su mente prodigiosa.Y en «¡Esta noche... fiesta!», la gran Lola Flores perdió un pendiente de oro y brillantes. Mientras cantaba y lo buscaba entre los claveles, le reconvino al presentador: «Pero el pendiente, Íñigo, no lo quiero perder». Nunca apareció.

Traducción sintética

Otra particularidad era la naturalidad con la que entrevistaba a las figuras internacionales en inglés, mientras iba traduciendo de forma sintética sus palabras sin necesidad de la engorrosa traducción simultánea, lo que dotaba a sus entrevistas de un gran dinamismo y modernidad. Entrevistó en francés a una Rita Hayworth tocada por la desmemoria y el alcohol.

La bonhomía de Íñigo, algo impostada, su risa enmarcada por esa herradura peluda, cada vez más hirsuta, y sus ojos azul cielo le conferían a su mirada socarrona de un aire de sorpresa y estudiada timidez, algo raro en la televisión de los inicios, ingenua y poco sofisticada.

Con él irrumpía la imagen de los jóvenes progres que volvían del extranjero remozados con nuevas ideas rupturistas de la contracultura hippie y el cine «underground». Ante la imposibilidad de plasmarlas en el cine, se inclinaron por la tele, adaptándolas a una televisión única y estatal que se abría a cierta modernidad, limando sus asperezas ideológicas, pero manteniendo su toque amablemente contestatario. Fueron los años de la modernización de la tele con jóvenes presentadores y programas míticos como «Un, dos, tres, responda otra vez», de Chicho Ibáñez, «Planeta Azul», de Rodríguez de la Fuente y la teleserie «Curro Jiménez». Fue el presentador icónico de la España que salía del desarrollismo y entraba, con el magnicidio de Carrero y la muerte de Franco, en la Transición a la Democracia. El día de su muerte no se emitió «Directísimo».

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