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«Merlí»: la serie que los jóvenes necesitaban

  • Imagen del profesor Merlí (Francesc Orella) en el aula donde imparte clases
    Imagen del profesor Merlí (Francesc Orella) en el aula donde imparte clases

Tiempo de lectura 4 min.

25 de diciembre de 2017. 23:14h

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Cecilia García 25/12/2017

Desde el 18 de septiembre de este año un buen número de espectadores catalanes, sobre todo los más jóvenes, respiran un aroma de nostalgia ante la tercera y última temporada de «Merlí», que en TV3 sigue cosechando unos sobresalientes datos de audiencia –más aún si se tiene en cuenta que se emite en una cadena autonómica–, ya que está promediando un 17,8 por ciento de cuota de pantalla y 479.000 espectadores. Cada vez está más cerca el desenlace, aunque, como el resto de los españoles, los profesores y estudiantes del instituto Àngel Guimerà, se cogen vacaciones hasta su próxima emisión el 8 de enero. Más allá de los fríos datos de audiencia, la serie ha traspasado la pequeña pantalla para convertirse en un fenómeno social. Tenía a su favor que era una producción destinada a los adolescentes, una franja de edad que los canales generalistas –a pesar de que se vive los mejores tiempos de la ficción nacional tanto en términos cualitativos como cuantivativos– tienen abandonado desde aquellos tiempos de «Al salir de clase», «Compañeros» y «Física o química». De ahí que este público se esté decantando por la oferta de las plataformas de «streaming» Netflix y HBO que ofrecen títulos con los que se sienten identificados como «Stranger Things» y «Juego de tronos», respectivamente.

Conflictos y filósofos

«Merlí» no ha descubierto la pólvora. Simplemente ha creado una demanda incluso antes de que los espectadores supiesen que necesitaran una serie de estas características. Deudora de «El club de los poetas muertos» (1989), se ha modernizado para contar la realidad actual de los adolescentes y también del profesorado. Pero también tiene un «capitán», Merlí, un profesor de filosofía heterodoxo que se enfrenta a un aula de alumnos a vueltas con sus conflictos internos, generacionales y sociales. Que en una televisión, salvo que no sea en un programa cultural, se pronuncien los nombres de Sócrates, Schopenhauer, Hume o Nietzsche ya es un hito, más aún si se aplica al día a día, como si Merlí fuese Jostein Gaarder, el autor de «El mundo de Sofía». Para potenciar la empatía del espectador cada uno de los alumnos –Oksana, Pol, Marc, Iván, Joan y Bruno, entre otros–, encarna un prototipo: el conflictivo, el repetidor, el chico amable y simpático, el enamoradizo, el estudioso y tímido... Seguramente cuando los estudiantes catalanes lleguen a sus aulas mirarán alrededor y pondrán parecidas etiquetas a sus compañeros. Falta saber cuál se cuelga cada uno de ellos, pero eso es otra historia.

Desde el inicio de la tercera temporada, el espectador ya ha percibido unos sentimientos que sobrevuelan: la añoranza, la pérdida y la incertidumbre. Van a acabar su etapa en el instituto, en el que más y el que menos ha encontrado su sitio, y están expectantes por buscar su nueva ubicación social, y también su identidad, en la universidad. En esta tercera entrega han seguido hablando de filósofos. En esta ocasión de algunos –un favor que le hacen a la audiencia– que han sido vitales para entender los procesos políticos y sociales del siglo XX como Karl Marx, Hannah Arendt y Albert Camus. El intelecto convive con sus hormonas, que están encabritadas y no hay manera de embridar. Así, se suceden las escenas de sexo, que no está ni bien ni mal, la cuestión es cómo se presentan y si aportan algo a la trama. En ocasiones sirven para que avancen, ya que las acrobacias sexuales realizadas con más o menos fortuna propician que, durante o tras el coito, se intuya la trastienda de los personajes. Sucede en alguna ocasión, menos de las que se desearía.

A pesar de su éxito, o precisamente por ello, la ficción tampoco ha estado exenta de polémica. En octubre, la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona tiraron de las orejas a la productora y a la cadena porque entre el alumnado de «Merlí» no estaban presentes los emigrantes, cuando en las aulas la tasa de inmigración está en el 25 por ciento. Y algo que consideraban peor: los residentes extranjeros que aparecen en la serie traían consigo el estigma de la marginalidad, ya que eran bandas latinas y mafias chinas. Así, Lola López, la comisionada de Inmigración, Interculturalidad y Diversidad del consistorio propuso al responsable de la cadena pública, Vicent Sanchís, un debate sobre «diversidad cultural». Ahí se quedó la polémica.

¿Que prepara TV3 tras «Merlí»? Según los medios catalanes «Benvinguts a la familia», una ficción sobre las estructuras familiares actuales que se acoge al género del «thriller». Y, de nuevo, los jóvenes se quedan huérfanos de series.

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