Ricky Gervais, frente a su propio abismo

El cómico británico acaba de estrenar «After Life», en Netflix, en la que reflexiona sobre el dolor de la pérdida y sobre su propia imagen pública.

  • Ricky Gervais y su compañera de reparto Kerry Godliman
    Ricky Gervais y su compañera de reparto Kerry Godliman
Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

16 de marzo de 2019. 23:46h

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Nando Salvà.  Barcelona. 16/3/2019

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Hubo un tiempo, no hace tanto, en el que Ricky Gervais era un cómico apreciado. En la pasada década, tras el éxito de sus series «The Office» y «Extras», se le consideraba una de las mentes más brillantes del mundo del humor. Pero no tardó en empezar a caernos gordo y no se puede decir que no se lo buscara. Con su nueva ficción televisiva Gervais hurga en la imagen que tenemos de él y, en parte gracias a las dosis de aflicción que maneja en el proceso, alcanza niveles de hondura nunca antes vistos en su trabajo.

«After Life» toca algunos temas que no tienen ninguna gracia. La depresión. La pena. El suicidio. De hecho, quizá ni siquiera sea razonable considerarla una comedia. «Un buen día es cuando no tengo ganas de disparar a la gente al azar y luego apuntar el arma hacia mí mismo», opina Tony, su protagonista, un redactor en un semanario de pueblo que, tras la muerte de su esposa a causa del cáncer, pierde las ganas de vivir; pasa las tardes bebiendo y viendo vídeos de la fallecida. Se suicidaría de no ser porque, si lo hiciera, no habría nadie para alimentar a su perro. «Si pudieras abrir latas», le dice al pastor alemán, «yo ya estaría muerto».

Por eso decide que, como no tiene nada que perder, simplemente dirá lo que piensa en todo momento, y eso significa ser agresivamente desagradable con el prójimo. Dicho de otro modo, «After Life» incluye chistes típicamente gervaisianos sobre pedofilia, olor corporal y senilidad. «Me gusta asesinar a niños gordos como tú», le dice Tony a un chaval; a otro lo agrede de forma más expeditiva, con un puñetazo en la boca. Asimismo, la serie está llena de momentos realmente tristes, como ese en el que, mientras el protagonista permanece en un sofá noqueado por la heroína, alguien le vacía la cartera. En general, el retrato de la depresión y la desolación que la serie ofrece es rotundamente efectivo.

Todo el mundo sufre

El objetivo, en todo caso, no es hacernos polvo. A medida que su trabajo en el periódico lo pone en contacto con las inanes historias de otras personas –un hombre que insiste en que la mancha de humedad que tiene en la pared se parece a Kenneth Branagh, una mujer que hace arroz con leche con su leche materna– Tony comprende que todo el mundo sufre. Y eso hace que se sienta menos solo. Mientras lo contempla, es cierto, «After Life» cae frecuentemente en la cursilería y el sentimentalismo más tosco. En parte, porque los personajes que rodean al protagonista son amables caricaturas cuya función principal es escupir discursos sobre lo bonitos que son el amor, la amistad y la bondad.

No vamos a descubrir ahora que Gervais se maneja mejor en el ámbito de la ruindad que en el de la ternura. En su capacidad para la misantropía, y para cabrear a amplios sectores de la sociedad con una sola frase, no tiene rival. Lo que hace de «After Life» su serie más meditabunda es que en ella, camuflada tras toda esa sensiblería, hay una inconfundible autocrítica. A través de ella, Gervais demuestra haber llegado a una conclusión que igual hasta le cambia la vida: que seas ingenioso a la hora de insultar a los demás no te hace mejor que ellos. Que seas ofensivo no significa necesariamente que tengas razón.

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