"Russian Doll": morir mil veces para poder vivir un poco mejor

La serie de Netflix es una original mezcla de comedia negra, investigación filosófica y estudio psicológico.

Dado que «Russian Doll» es una de esas series capaces de obsesionar al espectador y arrojarlo a una búsqueda obstinada de pistas –en el interior de sus escenas, en páginas web– sobre lo que realmente está sucediendo, y que por tanto agradece segundos y terceros visionados, no está de más hablar de ella incluso seis meses después de su estreno. Arranca mostrándonos a su protagonista, Nadia (Natasha Lyonne), mirándose en el espejo de un baño mientras la puerta es golpeada desde fuera. Es su 36º cumpleaños y sus amigos le han organizado una fiesta en un amplio apartamento del neoyorquino East Village. El alcohol, la comida y la energía sexual fluyen libremente, y Nadia se mueve por el lugar abrazándose, saludando y drogándose. Luego se marcha del lugar acompañada de un profesor francamente desagradable. Y luego es atropellada por un automóvil y muere.

Pero después de eso la vemos despertarse en la misma fiesta de cumpleaños, de pie frente al mismo espejo. Y entonces muere de nuevo. Y luego otra vez. Y otra, cayendo a las alcantarillas o desplomándose a bordo de ascensores o víctima de un ataque de abejas o quemándose en una explosión o ahogándose con huesos de pollo. Y, tras cada muerte, de nuevo reaparece en el baño. Inevitablemente esa premisa trae a la mente la de «Atrapado en el tiempo» (1993), pero entre ambas ficciones hay dos distinciones cruciales: la primera es que, a medida que Nadia trata de rastrear los orígenes del fenómeno –¿es consecuencia de las drogas? ¿De un brote psicótico? ¿De una quiebra en el continuo espacio-temporal?–, la serie empieza a funcionar a la manera de un misterio filosófico. Y eso sin dejar de ser muchas otras cosas más a la vez.

La segunda diferencia es que, al contrario que Bill Murray en aquella película, Nadia no concluye cada una de sus resurrecciones yéndose a dormir; ella pierde la vida. Y el ciclo de vida, muerte y renacimiento en el que la mujer está atrapada simboliza casi cualquier cosa que queramos, desde la adicción hasta la enfermedad mental pasando por la mortalidad o el duelo o las vueltas que da la vida o la naturaleza del tiempo mismo.

Horrible infancia

Cuanto más investiga Nadia su situación más se enfrenta a su horrible infancia, y se da cuenta de que está marcada por traumas por los que nunca se ha perdonado. Y una de las mayores virtudes de la serie es que, mientras contempla a su protagonista, no esconde que se trata de una mujer imperfecta y dañada, y no demanda al personaje que sacrifique su inteligencia ni su ingenio ni su mala baba, ni que pida disculpas por ser como es. Su proceso de liberación no exige grandes reparaciones.

¿Somos los seres humanos capaces de cambiar?, se pregunta «Russian Doll». ¿Cómo diablos sucede ese cambio? Sus respuestas a ambas cuestiones son, respectivamente, «sí» y «con mucha dificultad». Y mientras contempla a sus personajes dejarse la piel para lograr pequeñas mejoras personales, la ficción avanza dando vueltas y giros hacia un final tan completo y tan satisfactorio que casi resulta decepcionante saber que, probablemente, tendrá dos temporadas más. Por otra parte, sus primeros ocho episodios son una prueba inequívoca del poder de la recurrencia.