Lo que no sabías de «Twin Peaks»

De nuevo explorando pasajes oscuros y retorcidos de la psique humana, el director usa su esperado regreso para obligarnos una y otra vez a cuestionarnos qué es lo que estamos viendo

El protagonista, Kyle MacLachlan
El protagonista, Kyle MacLachlan

De nuevo explorando pasajes oscuros y retorcidos de la psique humana, el director usa su esperado regreso para obligarnos una y otra vez a cuestionarnos qué es lo que estamos viendo.

Hoy en día hasta las series más mediocres toman préstamos del universo televisivo de David Lynch. La chica muerta en el centro de la premisa, el recurso habitual a lo grotesco, esa manera de hacernos estremecer mostrándonos los cadáveres enterrados bajo nuestros verdes jardines... Todo eso se ha convertido en lengua común de la ficción televisiva. Por eso, antes de que la tercera temporada de aquel título pionero viera la luz cabía preguntarse, ¿cómo podría Lynch volver a causar en 2017 el tipo de impacto que causó hace 25 años? Ahora que hemos visto la mitad de esos 18 nuevos episodios la pregunta es distinta: ¿cómo pudimos dudar de él? No se parecen a nada de lo que nunca antes se ha había hecho en televisión, y van mucho más allá de lo que las dos temporadas previas nos permitían imaginar.

De nuevo explorando pasajes oscuros y retorcidos de la psique humana, el director usa su esperado regreso para obligarnos una y otra vez a cuestionarnos qué es lo que estamos viendo, y si nuestra capacidad de percepción nos permite lidiar con ello. Eso explica que los espectadores de esta tercera temporada parezcan estar divididos entre quienes ya hace varios episodios que perdieron la paciencia –los índices de audiencia dicen que son mayoría– y quienes disfrutamos como bellacos con la atmósfera tóxica, y nos dejamos arrastrar por las embestidas emocionales y, en general, aceptamos esta nueva encarnación de «Twin Peaks» por lo que es y amamos su empeño por pillarnos a contrapié.

Se te escurre entre los dedos

Desde hace semanas pasa lo mismo: en cuanto crees haberle cogido la medida, se te escurre entre los dedos. Uno nunca sabe qué va a encontrarse en cada nuevo episodio. Puede que según los estándares de Lynch el noveno resultara ser bastante convencional –no habría desentonado como parte de las primeras dos temporadas–, pero es que justo antes el octavo se reveló como algo único y revolucionario, un miasma alucinado de imágenes y sonidos que debe entenderse como el portal más directo a la imaginación del cineasta jamás abierto a través de una pantalla.

Es decir, se hace difícil hablar de «Twin Peaks». Y sin embargo eso no ha impedido a internet llenarse de críticas, «recaps», podcasts y vídeos de YouTube que tratan de analizar la serie aplicándole los mismos criterios que al resto pese a que, decimos, eso sirve de tan poco como intentar explicar con palabras el sabor de un buen tiramisú. Hay que experimentarla de primera mano, y comprobar cómo por un lado la serie va colocando unas cuantas piezas más en el puzle con cada nuevo episodio pero, por otro, éste se hace cada vez más grande. Lynch, en efecto, no tiene prisa en dejarnos ver la imagen que el puzle oculta porque a diferencia de otras ficciones rompecabezas como «Perdidos», desesperadas por dar respuestas, los misterios de «Twin Peaks» no necesariamente fueron creados para que los resolvamos. El objetivo es que los contemplemos, y que cada nueva pregunta que nos hacemos nos empuje un poco más hacia la oscuridad de lo insondable. A un lugar solitario y desconocido, a la intemperie, en medio de la noche.

Dicho esto, tengamos por seguro que todas las piezas acabarán encajando. Fragmentos aparentemente anecdóticos de información revelarán su importancia llegado el momento, y entonces «Twin Peaks» atará todos los cabos sueltos que llevan más de dos décadas deshilachándose en nuestras cabezas. Para entonces habremos experimentado algo realmente especial: a uno de los grandes maestros de la ficción volviendo a poner patas arriba nociones comúnmente aceptadas sobre lo que debería ser la buena televisión, y recordándonos de nuevo que las reglas están para romperse. Disfrutemos de ello ahora que podemos. Es muy probable que ni en el mundo del cine ni en el de la televisión vuelvan a dejarle hacer algo así.