Objetivo La India: el país de las maravillas

Tras alcanzar Ulán Bator y dejar atrás a sus compañeros de ‘Chavalería Ligera’ (y a ‘La Merche’), el siguiente paso es llegar al país del contraste y el color

Hoy escribo desde Vientián, capital de Laos. Se augura una noche fresca con las aceras animadas, poco a poco nos va abandonando el calor y la ciudad entera llena bares y terrazas para celebrarlo. Escucho sus risas mientras tecleo. Dentro de unos días caerán las últimas lluvias y las nubes dormirán, otra vez, hasta volverse a despertar en junio, otra vez, gordas y arriesgando con nuevas formas. Hasta dentro de siete meses nadie se preocupará por el monzón, ni de cuándo resguardar sus puestos callejeros del cielo, ni por acordarse de sacar un paraguas antes de salir. Durante los próximos siete meses hará soleado todos los días. Luego el sol querrá su descanso y volverá a llover.

Entré en Laos desde la frontera noroeste con Tailandia, saturado de templos y buscando variedad. Mi itinerario por el país ha pasado por dos ciudades y un pequeño pueblo, nada más, pero lo suficiente como para descubrir nuevas facetas del sudeste asiático, perfiles y gestos que, tanto en Tailandia por las colas de turistas como en Camboya por su espesa capa de tristeza, no pude encontrar. Desde hace varios meses, no veo mi itinerario hasta la India como un único y enorme viaje continuado, sino que procuro distinguir cada país como un pequeño viaje, aislado del resto. Cada frontera que cruzo, la aventura vuelve a empezar. Mi primer destino en Laos fue la ciudad de Luang Prabang, bañándose a las orillas del Mekong, y alcanzarla ya fue una aventura en sí misma. Entramos en el tercer círculo de la aventura: las carreteras resbalan desganadas entre las montañas, curvas cerradas se esconden bajo los brazos hambrientos de la vegetación. A los lados del camino, cada cierto rato, puedo ver desde la ventanilla los camiones y coches que no han tenido tanta suerte como nosotros, volcados o abandonados por doblar alguna curva un poco demasiado rápido. Las medianas más necesarias se retuercen ennegrecidas tras haber cumplido su única función y nuestro conductor maneja como si la carretera fuese de calidad A-1, adelantando en los tramos con menos visibilidad y pisando el acelerador como si estuviera hinchando un balón de fútbol. Se escuchan grititos de terror cuando rozamos un camión de frente, algunos puede que sean míos. Cuando el conductor nos da un descanso, pego la vista a mi ventana y me ahogo en los tonos verdes de la selva, procurando contarlos con escaso éxito. Sigo mirando por la ventana, todavía gritando, y llegamos a Luang Prabang.

Custodiada por las montañas, esta ciudad puede dividirse en tres partes claramente diferenciadas. La primera, más viva que el resto, sería su zona más reciente, decorada con sencillas casas bajas de tejados de chapa y un laberinto de motocicletas cruzándola ajetreado de punta a punta. La segunda, más silenciosa aunque también con más turistas, moja las puntas de los dedos en el agua rápida del Mekong, sus edificios son de madera y con varios pisos, propios de la Indochina francesa y en constante ennegrecimiento por la labor corrosiva de las lluvias. Y la tercera es muy antigua, mucho más que los años que dure la chapa o lleve existiendo el propio concepto de Francia, es eterna, y los monjes la protegen en silencio sin hacer mucho caso de las otras dos partes. Tres ciudades en una, tres épocas obligadas a convivir pese a sus evidentes diferencias, encuentran como nexo el río caudaloso rugiendo intocable, el Mekong, que nace en el Himalaya y ante nada frena su paso hasta desembocar en el Mar de la China Meridional. Conocer esta ciudad es extremadamente cómodo y sencillo: tan solo hace falta agua, dos piernas y curiosidad natural. Entonces bebes agua, callejeas a buen paso entre sus bocacalles más misteriosas y miras, sin parar, hasta saciar a medias esta curiosidad. Por ejemplo, puedes cruzar el puente de bambú de Nam Khan que se construye cada año al terminar la época de lluvias, y reencontrarte en un solitario templo budista al otro lado. Te sientas para beber agua y observas a los monjes barrer, charlar o meditar con la naturalidad que falta en otros templos más suntuosos. Si te atreves y no olvidas el respeto, puedes acercarte tú también a barrer o charlar. Templos, templos. Es curioso que tras haber visitado tantos durante los últimos meses, todavía descubra ligeros cambios en cada uno de los países. En Luang Prabang los hay negros con detalles dorados, por los patios corren hojas y se respira una atmósfera de verdadera paz. Brillan oscuros a la luz del viejo sol. Y más arriba, en el Monte Phousi que corona la ciudad, crece una interminable escalera subiendo en zigzag hasta llevarte al Wat Tham Phou Si, un templo construido en 1804 y con impresionantes vistas de la ciudad. Fue allí donde comprobé mi teoría de las tres ciudades.

El viaje sigue, ahora con destino a un pequeño pueblo bañado por otro río más pequeño. Todo es más pequeño en Vang Vieng, a las orillas del río Nam Song. Las calles son más estrechas, los puestos de comida ofrecen menos variedad, sigue habiendo templos pero menos lustrosos; incluso cuando llueve es más fino, como si las nubes temiesen romper el suelo. Entonces, ¿por qué ir a Vang Vieng? El New Zealand Herald resumió este rincón laosiano con una frase: “Si los jóvenes mandasen en el mundo, éste se parecería a Vang Vieng”. El pueblo tiene su historia. Durante muchos años fue considerado la capital de los mochileros, el punto final definitivo en la ruta hippie entre los años 50 a 70, una ciudad sin ley cuya norma principal era, precisamente, que no había normas. La prostitución era tan habitual como una tarde de domingo. Las drogas, todas, las que más rabia te den, se servían como el menú del día en el bar de nuestro barrio. Las restricciones para estos jóvenes harapientos y melenudos que habían cruzado medio mundo eran nulas. Luego comenzaron a contabilizarse los accidentes y en el año 2011 murieron veintisiete turistas, todos jóvenes y la mayoría bajo la influencia del alcohol o las drogas. Curiosamente, no fueron los estupefacientes la causa directa de los fallecimientos, sino actividades como el “tubbing” (recorrer el río en un donut hinchable), el piragüismo y los saltos mortales desde los acantilados efectuados bajo la influencia de una sustancia u otra. Entonces entraron las regulaciones, comenzaron a cerrarse los garitos, a prohibirse las drogas y a eliminar la prostitución. Ahora, el pueblo es una sombra quejumbrosa de lo que un día fue, aunque esto no significa que siga recibiendo hordas de mochileros todos los días, ni que estos consigan, por debajo de la barra y sin demasiados problemas, cualquier producto que temple sus ansias por innovar. Marihuana, hachís, opio, setas, LSD… Busca y encontrarás.

Cuando salí para tomarme una copa en uno de los locales que siembran como trigo la calle principal, y vi a los jóvenes beber a voces sus brebajes, pensé que si hubiese arrancado los bambúes de los lados y borrado el puesto callejero con las "sai oua" enfriándose bajo las moscas, me había ido tan lejos para aparecer en una juerga universitaria. Entré en el bar y estuve conversando con un grupo de ingleses (el dominio de los británicos en este pueblo roza seriamente el colonialismo), entre los cuales destacaba una muchacha aferrada a su vaso. Hablaba sin parar sobre aventuras y de cómo abrirnos la mente. Media hora después, la encontré vomitando en la entrada del local. Supongo que la aventura se le había atragantado.

Con todo, fue un buen destino para visitar. El pueblo está empezando a practicar un turismo ecológico, alejado de sus viejas costumbres, y los alrededores son fáciles de explorar alquilando una motocicleta por muy bajo precio. No hace falta alejarse demasiado hasta encontrar un caminito de tierra con destino a la selva. Pude pasar un día estupendo ajeno a los voceos en el pueblo, respirando un aire más puro que la neblina verde cubriéndolo disimuladamente. Donde en Viang Vieng reinaba una deliciosa algarabía, por sus alrededores encontré el lado más profundo de Laos, donde las vacas pastan en el recinto del templo y los locales te invitan animados a tomar un trago de licor casero.

Salí tosiendo de Viang Vieng camino a Vientián, capital del país y mi último destino antes de subir en el avión a Calcuta. Había leído en varios blogs de viajes que no es una ciudad especialmente hermosa y la mayoría recomiendan omitirla si viajas a Laos, pero tengo un avión que coger y ver de más nunca estorba. Es cierto que no es una ciudad bonita. Da la impresión de haberse construido con prisas, sin preocuparse demasiado por la armonía entre los edificios: cada uno posee una forma o color diferente al resto, como escupidos aquí y allá en un agujero de la selva. La lluvia ha oscurecido los colores, entre las esquinas se aprecian síntomas de prematura decadencia. Sin embargo, no creo que le falte hermosura. La hermosura, a veces, sale de las paredes. Aquí, en Vientián, ensombrecida por la Gran Estupa, la hermosura se refleja en forma de estas voces que escucho al compás de mi teclear, llenando los bares con sus raciones individuales de felicidad.

Laos será naturaleza bruta, carreteras de curvas y, tan ruidosa como siempre, la alegría que suena del hombre cuando disfruta por vivir. Un destino que espero no estropeemos mientras se abre más al mundo del turismo comercializado.