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Ciervos domesticados y el edificio de madera más grande del mundo confluyen en Nara

Nara es un núcleo concentrado de historia medieval y budista japonesa. Construida a principios del siglo VIII, la ciudad alberga templos con mil doscientos años de antigüedad y una manada de 1.200 ciervos paseando por sus parques. Esto la convierte en uno de los destinos favoritos para visitar en Japón.

Detalles, ciervos domesticados y el edificio de madera más grande del mundo están en la ciudad japonesa.
Detalles, ciervos domesticados y el edificio de madera más grande del mundo están en la ciudad japonesa.Alfonso Masoliver Sagardoy

Detalles

Japón siempre ha sido un país aparte entre los demás. Durante los primeros años de la Edad Media, cuando los europeos todavía batallábamos entre nosotros en busca de una identidad que nos definiese, ellos ya habían estructurado su sociedad de manera impoluta. Mientras los primeros textos en castellano se transcribían en San Millán de la Cogolla, ellos ya escribían largas obras y poemas delicados. Una de la ciudades que marcó los comienzos del país nipón fue Nara, su primera capital permanente a lo largo del siglo VIII. Aquí se forjaron los cimientos del Japón que marcó los años siguientes.

Cerezos en flor se abren en los montes circundantes a Nara
Cerezos en flor se abren en los montes circundantes a Naralarazon

Esta ciudad todavía se mantiene como uno de los mejores ejemplos de belleza estética japonesa, ampliamente promovida por la dinastía Nara, hasta el punto de haberse obligado por ley, durante dicho periodo, a reformar los tejados y columnas de las casas más ostentosas. Es Nara un canto sempiterno al detalle que todavía se mantiene afinado. Dado que la mayoría de sus edificios datan de los siglos VII y VIII, poco ha cambiado en lo fundamental de esta ciudad, nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998. Ya desde el periodo Edo (1603 – 1868), es un destino codiciado por los turistas de Japón, y más recientemente, de todo el mundo. Las tiendas de fude (pinceles japoneses) y figuras cuidadosamente talladas, encajadas junto a los impresionantes templos de madera, dan fe de ello.

El edificio de madera más grande del mundo

Aunque los templos centenarios siembran el largo y ancho de la delicada ciudad, los más deslumbrantes se encuentran agrupados en el Parque de Nara, que probablemente sea uno de los jardines más mágicos del mundo. Además de albergar el Museo Nacional de Nara, con hermosas representaciones de arte budista que pasan por toda la historia japonesa, el parque es hogar de los mejores santuarios del país. Entre ellos destaca el Tōdai-ji, el templo oriental. Pese a que varios incendios lo han llevado a sufrir continuas reparaciones, disminuyéndolo un 33% de su tamaño original, este hermoso edificio del año 745 sigue siendo la construcción de madera más grande del mundo.

Templo Tōdai-ji en el Parque de Nara.
Templo Tōdai-ji en el Parque de Nara.larazon

Almendros y áreas de césped suave rodean el Tōdai-ji, como si todos los días fuesen primavera. Embadurnados de tantos mitos y leyendas y tradiciones, los japoneses han recreado en el Parque de Nara un cuento propio que vivir por sí mismos, unos minutos a la semana para soportar los ajetreos de la vida diaria. Los ruidos de los coches no llegan a penetrar en el lugar sagrado, que durante siglos fue uno de los más importantes focos de peregrinación budista en las islas japonesas. Aunque hace falta pagar para entrar en cada uno de los templos, en algunos merece la pena hacerlo, eso y mucho más. Porque el edificio de madera más grande del mundo también guarda celosamente, en su pabellón principal, el buda de bronce más grande del mundo. Este coloso de 15 metros de altura requirió de una buena dosis de derroche para su construcción. Cuenta la leyenda, probablemente exagerada, que se precisó de la mitad de la población de Japón en el 751 para construirlo. Se llega incluso a afirmar, y esto es más creíble porque se dispone de numerosos documentos confirmándolo, que se gastaron en su construcción casi todas las reservas que se tenían de bronce en el país, llevándolo al borde de la bancarrota.

Ciervos domesticados

Pero no es el edificio de madera más grande del mundo el elemento que distingue este parque de fantasía, tampoco el buda colosal. Son los ciervos sika. Sí, pequeños ciervos, brincando despreocupadamente entre los turistas. Este pequeño ejemplar que no llega más allá de la cintura ha encontrado un lugar de remanso en la ciudad de los humanos, y hasta 1.200 se pasean por los jardines. Otorgan al parque un aroma a cuento inolvidable, al compás con los fines estéticos que ya se perseguían durante la baja Edad Media. Durante siglos fueron considerados animales sagrados, y matarlos estaba castigado con la pena de muerte hasta principios del siglo XVIII. Incluso ahora está terminantemente prohibido hacerles daño alguno, y prueba de ello es un hombre que fue condenado en el 2010 a seis meses de prisión por matar a uno con una ballesta.

Un pequeño ciervo sika cotilleando en la conversación.
Un pequeño ciervo sika cotilleando en la conversación.Alfonso Masoliver Sagardoy

Cuenta la leyenda que uno de los cuatro dioses del Santuario Kasuga, Takemikazuchi, dios del trueno y primer luchador mitológico de sumo, visitó la tierra a lomos de un ciervo blanco. Desde entonces y hasta finalizar la Segunda Guerra Mundial, los ciervos fueron considerados criaturas sagradas en Japón. Pese a que ya han sido despojados de su estatus divino, siguen siendo un tesoro nacional para los japoneses. En el parque de Nara se venden galletas hechas especialmente para alimentar a los ciervos, y aunque durante el año 2017 fueron heridas 164 personas mientras les daban de comer, hecha con cuidado esta experiencia se convierte en una fundamental para quienes tienen la oportunidad de visitar Japón. Y si la visita se hace durante los meses de primavera, el efecto de fantasía es absoluto: 1.700 almendros en flor se unen a la asombrosa vista de los cervatillos, y ya no sabemos si estamos en Japón, cabalgando sin fronteras por los límites de nuestros sueños, o participando de tapadillo en una película del Estudio Ghibli.