La playa de Cofete es lo más cercano al fin del mundo que nos ofrece este verano

La misteriosa playa de Fuerteventura se presenta como un reto casi inexpugnable

Vista de la playa de Cofete.Ben Khttps://creativecommons.org/licenses/by/2.0/

Quiero encontrar el fin del mundo. O lo que más se le parezca. Busco deshacerme del ruido de la ciudad, no, mejor todavía, quiero olvidar qué se sentía con el ruido, postergar su concepto aunque solo sea durante unas horas. ¿Podría ser? Quiero más, sentir un viento furioso pegando latigazos a mis pies entre la arena, quiero que esa arena se levante y vuele, no sé adónde, solo quiero que vuele, y tumbarme en la arena y volar yo con ella. ¿Es posible?

Busco el fin del mundo. Que tenga un sabor a sal, piedra y arena. ¿Dónde puedo sentir todo esto y sucumbir a las contradicciones? ¿Dónde puedo soñar, en definitiva, sin que nadie me moleste?

El nombre

La respuesta siempre la lleva un nombre. Yo busqué mi nombre entre las playas de España cuando me dije, voy a buscar una playa en España que sea prácticamente inexpugnable, que sea muy larga, mucho, y que ruja en ella un silencio desolador. La busqué protegida por las montañas y sin vegetación, virgen de toda vida, sin un solo decorado que pudiese despistarme. Primero busqué en el norte, luego en el sur y finalmente en las islas, hasta que encontré mi playa del fin del mundo en Fuerteventura, respaldada por la brusca naturaleza majorera. A lo largo de kilómetros de arena dorada y expresando un abandono delicioso, de frente está un mar aparentemente interminable por donde sopla fuerte el viento y detrás, allí están, siempre estuvieron allí agazapadas, las montañas más altas de la isla. Se acercan desnudas de vegetación para rozar el agua con las faldas.

En la Playa de Cofete, el ser humano se hace pequeño, sin excusas. Durante unas pocas horas. Podría utilizar recursos vulgares y comparar su paisaje con el de Marte porque la piedra de la playa es roja y el horizonte parece yermo, tampoco hay verde, ni siquiera una hojita despistada. Pero no es Marte, ni mucho menos. Te he dicho que es el fin del mundo.

Cómo llegar y cómo perderse

No es sencillo llegar al fin del mundo. Para hacerlo habría que buscar primero la península de Jandía y su Parque Natural. Esta es una península de 200 kilómetros cuadrados y precedida por el istmo de La Pared, una franja de seis kilómetros de ancho que separa la parte norte y sur de la isla como preludio a la aventura. Cada vez que atravieso el istmo quiero pensar que a partir de este momento no hay marcha atrás. Y siento los pies temblar de excitación con el suelo, como si ellos mismos supiesen el espectáculo que están a punto de presenciar. La playa está en la parte occidental de la península, que los majoreros llaman barlovento. Y ya conocemos el dicho: a la mar y al viento, una cuarta a barlovento. Una cuarta al barlovento buscando esa mar y ese viento.

Espectacular panorámica de Cofete.plbhttps://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.0/

El camino se complica. Para llegar hasta el fin del mundo no puede utilizarse un vehículo cualquiera, no es recomendable, al menos, y pasados unos pocos kilómetros comienzan los escarceos de la naturaleza. Los pueblos y ciudades desaparecen a la vista como devorados por el color ocre de la tierra, las montañas crecen en grosor y los caminos son hoscos, difíciles de transitar. Es necesario utilizar un vehículo apto para carreteras sin asfaltar y pistas forestales. Hace falta desear perderse en la Playa de Cofete para encontrar el camino que nos lleva a esa perdición maravillosa, y conducir con habilidad testaruda por aquellos senderos libertinos.

A partir de este momento haría falta zigzaguear por la cadena montañosa que separa el barlovento y sotavento de la península, en un camino de 25 kilómetros que se realiza en aproximadamente 50 minutos. 8 kilómetros antes de llegar a Morro Jable aparece el desvío hacia Cofete. Se toma. Dos kilómetros después del desvío se llega al mirador del barranco Agua Oveja. Desde aquí es posible apreciar una primera panorámica de ese fin del mundo del que te hablo. Todavía no has llegado hasta él pero puedes verlo, estudiar con detenimiento su superficie rocosa y planear la mejor manera de conquistarlo. El fin del mundo lo protegen enormes paredes de piedra roja rozando los 800 metros de altura, ligeramente inclinadas como si de un momento a otro no fuesen a resistir su tentación sempiterna para lanzarse de cabeza al agua.

El fin del mundo, mitad real y mitad sueño

Con tozudez podemos perdernos lo suficiente, bajando desde el mirador por un camino estrecho que termina en la pequeña aldea de Cofete, que son un puñado de casas avisándonos. Eh, aquí está el fin del mundo. Ven a verlo.

A partir de este momento caminamos por el hilo fino de un sueño. Cerca de la playa se levanta la misteriosa Villa Winter, construida en los años cuarenta del siglo pasado por un ingeniero alemán. A este rencoroso guardián del fin del mundo le rodean varias leyendas, siendo la más común aquella que trata de que era un espía nazi enviado hasta este extremo inaccesible por alguna razón desconocida. Pero es un sueño. Sopla fuerte el viento en barlovento y la piedra erosionada puede explicártelo, aquí no hay árboles ni arbustos capaces de aguantar los sabores de la libertad bruta: piedra, mar y viento. No hace falta nada más.

Una vez llegados al aparcamiento, la situación obliga a tomar una decisión: ir hacia el norte para llegar al islote situado a 5 kilómetros, o buscar el roque del Morro a poco menos de 3 kilómetros. No se necesitan detalles con encanto, ni se busca lo pulido, aquí todo es escarpado, puntiagudo, real. Justo como esperábamos el fin del mundo. De una belleza roja y ensordecedora machacada por el viento y lo brutal.