De Bilbao a Pontevedra en bici

La crisis sanitaria está haciendo que cada vez sean más los que optan por desplazarse en bicicleta. Si le ha picado el gusanillo, no lo dude, es el momento de atreverse también a viajar con ella. Antes de lanzarse, es importante planificar bien la ruta, siendo consciente no sólo de los kilómetros que puede recorrer y de los días que uno dispone, sino sobre todo del desnivel. No vale frenar las ganas de viajar en bici porque la distancia entre un alojamiento y otro sea considerable. Siempre hay alternativas, bien sea pernoctando en un hostal de gasolinera o alejándose de su siguiente etapa. La última que hicimos precisamente el verano pasado partió de Bilbao con destino Pontevedra. Teníamos días para poder hacer una ruta tranquila, por lo que antes de lanzarnos analizamos qué queríamos hacer en cada sitio. En esta ocasión, optamos por ir hasta Bilbao en tren, una opción que sería de lo más cómoda, si no fuera porque a estas alturas seguimos encontrándonos, aunque cada vez menos, con algún revisor que pone pegas a un bulto considerable. Con lo fácil que sería cobrar 5 euros por poder ir con la bici sin tanto trajín. Tras el primer envite, tuvimos suerte con el segundo revisor, que además, fue muy amable. En esta ocasión, optamos por dejar «aparcadas» las bicis y disfrutar dos días de la ciudad, sus tapas y de dos museos en los que nunca habíamos estado, el de Bellas Artes, cuya colección permanente merece la pena visitar, y uno en el centro cultural gratuito que nos recomendaron en el alojamiento: el Azkuna Zentroa, anteriormente Alhóndiga Bilbao.

Al día siguiente, con el fin de evitar el tráfico que ya sufrimos en otra escapada, optamos por coger el cercanías. Nos bajamos en la estación Musques-Muskiz. En este caso, por cierto, ni una pega para poder ir con la bici. Como nuestra idea era disfrutar los primeros días de algo de playa optamos por hacer paradas a menos kilómetros, algo que compensamos en las siguientes etapas. Así que nos fuimos a unos 50 kilómetros: a Santoña, donde pudimos disfrutar de la playa de Berria y de los múltiples manjares (no solo anchoas) que ofrece Cantabria. Al día siguiente nos encaminamos a Suances donde llegamos por un camino ciclable que bordea la ría. Son aproximadamente 70 kilómetros, y fáciles de recorrer. Allí, uno puede disfrutar de la playa de La Tablía (una pequeña cala), la de La Concha, que están en entorno más urbano o la de Los Locos, entre otras muchas. Esta última la dejamos para otra vez que vayamos en coche.

El destino de nuestra tercera etapa era Ribadedeva, a unos 50 km. Nos despedíamos de Cantabria para redescubrir Asturias. El mal tiempo no impidió disfrutar de este pequeño pueblo. Al día siguiente llegamos a Colunga recorriendo una ruta que permite disfrutar de la hermosa playa de Vega, en Ribadesella. Eso sí, lo pagas en la subida, con la bici al hombro porque para continuar la ruta hay que subir una empinada montaña con cancelas para que nos pase el ganado. En Colunga sí podemos decir que fue de los sitios donde mejor cenamos. Recorrer 70 km abre el apetito, pero es que aún recordamos las vieras, la cecina y el arroz que cenamos, con un precio que merece la pena. Eso sí, también hacía mucho calor en el restaurante. Ahora bien, como este año lo recomendable es optar mejor por la terraza, adelante la hora de la cena o ármese de paciencia porque todos los locales estaban, al menos el pasado verano, a rebosar.

En la quinta etapa, con destino Candás, erramos en el trayecto. Y pese a ser 60 kilómetros fue quizá el día más duro. El día no empezó bien; me caí en una rotonda a dos por hora por un agujero que había en la carretera. Tras curar las heridas y arreglar el manillar de la bici, el día no iba a mejorar. En Gijón nos fiamos de Google Maps, mal hecho, y acabamos atravesando el Parque de Carbones de Aboño por entrar por la parte del puerto de El Musel. Es peligroso ir en bici por el volumen de camiones y el aire que uno respira. Nos asustamos. Fueron los peores 10-15 km de toda la ruta. Al llegar a Candás, en el alojamiento no nos pusieron ninguna pega pese a estar cubiertos literalmente de hollín. Tras la más que nunca necesaria ducha, pudimos ir a la playa (con una pierna y un brazo lleno de moratones, arañazos y vendas) y tapear junto al puerto. Y lo peor... había una ruta bien hermosa que partía de Gijón según nos dijeron nada más llegar.

Al día siguiente llegamos a Ballota, a unos 64 km. Habíamos estado en otra ocasión, pero únicamente de pasada. Esta vez pudimos disfrutar, pese al mal tiempo, de sus imponentes acantilados. Ese día borró el mal recuerdo del día anterior. Ballota es sin duda parada obligatoria.

De allí fuimos a Tapia de Casariego, donde nos alojamos en un hostal de gasolinera porque no quedaban alojamientos en el pueblo. Comimos bien, pero el emplazamiento no era el más acertado. Al día siguiente teníamos que llegar a Villalba, tierra gallega y unos 85 kilómetros de ruta. Fue una etapa muy dura, de hecho parte del puerto lo subimos a pie de lo empinado que era. Eso sí, una vez allí, el hostal estaba muy bien. En la novena etapa acabamos en Lavacolla, cerca del Aeropuerto de Santiago de Compostela. Fue la etapa más larga, más de 90 km, porque no encontramos al planificar la ruta ningún alojamiento económico disponible y dado que íbamos a pernoctar en un sitio no de lo más bonito, pues mejor ir cansados. Aunque no pensamos que nos fuera a «jarrear». Al día siguiente pese a estar literalmente machacados volvimos a la bici para hacer la última etapa: Pontevedra, una de las ciudades que, al menos para nosotros, tiene más encanto de Galicia. Sin embargo, a poco de empezar nos topamos con una carrera de rallies, ya que no podíamos pasar optamos por participar como público y volver después a Santiago, donde otra vez un tren nos ayudó a llegar a nuestro destino.