España empieza en Cangas de Onís y termina en Covadonga

Un viaje por los cimientos de nuestro país abre los ojos del visitante en la neblina del panorama político actual

Se consideran mitos fundacionales a las leyendas que, nacidas a partir de historias ocurridas muchos años atrás, sirven de base y alimento a los estados que se forman desde las mismas. Un mito fundacional sería, por poner un ejemplo, aquél de Alejandro Magno cuando afirmaba descender del propio Hércules. La sangre divina que aseguraba que fluía por sus venas procuraba que sus súbditos macedonios le temiesen y adorasen a partes iguales, garantizándose que le siguieran hasta los límites del mundo. Al fin y al cabo, no todos los hombres descienden de un dios.

España también se levanta a partir de un mito fundacional. Solo que, en este caso, su base parte de un hecho completamente real, recogido en las sagas de la Historia y de una veracidad incuestionable. Esta es la batalla de Covadonga, donde el noble astur Don Pelayo rechazó en el año 718 el avance musulmán por nuestra península. Todos conocemos la historia. Refugiado en los Picos de Europa con una reducida tropa de 300 guerreros, derrotó en un sonado combate al enorme ejército musulmán, dicen que animado por el aliento de la Virgen de Covadonga. Fue el hito que marcó el comienzo de la Reconquista.

Cangas de Onís, capital asturiana

Tras la victoria, Don Pelayo fue proclamado rey de los astures e instauró su capital en Cangas de Onís. Aquí comenzó España, en esta pequeña localidad asturiana al abrigo de las montañas. El visitante que entre en ella por su calle principal verá colgando del puente romano una enorme cruz de hierro, con los símbolos del alfa y del omega situados a sus costados. Esta es la simbología del principio y del fin, la primera y la última letra del alfabeto griego. Y un escalofrío recorre la espina del español que la observa. Como si esta cruz fuera un presagio, e igual que se cumplió el alfa - el principio - en la bella ciudad, dentro de un puñado de siglos también se cumplirá el omega - el fin -, terminándose en el mismo punto que comenzó la inevitable rueda que dicen los sabios conforma el tiempo.

Es el puente romano. Reconstruido un buen puñado de veces debido a los avatares del tiempo, la última de ellas en torno al siglo XIX, fue el mismo puente que cruzaron las tropas musulmanas en su camino a la derrota. Y el mismo que cruzaron los astures en su regreso de la victoria. Es el puente de la victoria y de la derrota, del principio y del fin. Desde su privilegiada posición cruzando el río Sella, observa con cautela cada visitante que entra en la ciudad.

El aroma a victoria zigzaguea por las callejuelas de Cangas de Onís, tantos años después de la jornada de gloria. Se mezcla con el de los sabrosos quesos, famosos en esta ciudad y colocados con mimo en los escaparates de las tiendas; atraviesa las mareas de turistas que, cámara en mano, buscan atrapar esquirlas de piedra inmortal.

La capilla de la Santa Cruz en Cangas de Onís

Siento una especial predilección por los lugares ricos en magia. En ellos se concentran una serie de creencias y tradiciones muy alejados de las varitas mágicas que lanzan chispazos desde su punta, más cercanos a estos mitos fundacionales de los que te hablo. Son lugares intensos en pasión. Por eso es delicioso, para personas como yo, comprobar que en el punto en que el rey Favila, hijo y sucesor de Don Pelayo, decidió construir un altar a la victoria de su padre, se levantaba muchos años atrás un dolmen neolítico que servía de sepultura y refugio para los habitantes de la región en el tercer milenio antes de Cristo. Es un punto de magia concentrada, y hoy se erige en él la primera edificación cristiana posterior a la conquista musulmana de la península.

Dentro guarda un tesoro, un sencilla cruz de roble con los extremos redondeados, y para todo aquél que haya visto alguna vez la bandera asturiana, será fácil de reconocer. Se trata una réplica de la cruz que Don Pelayo llevó consigo en la batalla de Covadonga - la original la recubrieron de oro y joyas y fue llevada a Oviedo - , limpia y de carácter hosco aunque bondadoso a una misma vez, colgada con la parquedad que su forma requiere en un muro interior de la capilla. Un agujero en el centro del edificio permite echar un vistazo al dolmen sobre el cual fue construida, uniendo las leyendas de una y otra civilización cargadas de espiritualidad bruta, separadas por el espacio aunque situadas en el mismo lugar.

Covadonga, patriotismo tallado en la roca

En un tiempo en que el concepto de patriotismo ha sido politizado por uno y otro lado, tergiversado, corrompido y comercializado, es necesario remontar a los orígenes para escapar a posibles engaños. Solo a partir de nuestros propios ojos podremos comprender con claridad. En Covadonga, que es la cuna de la patria.

Patriotismo es la piedra que la sustenta. El hierro que la forjó, el fuego que la alimenta. Es la esperanza que la empuja y el viento que la rodea. Esta idea pura y sin edulcorar del patriotismo es la única que debemos tener en cuenta, a mi parecer, lejos de las opiniones que quieran colar terceras voces en nuestros oídos, y este ideal en bruto se encuentra aquí, tallado en su santuario de piedra por manos más resistentes que las nuestras. Visitar Covadonga no trata de izquierdas ni de derechas, tampoco de cristianos, ateos o musulmanes. Nada de eso. Conceptos tan antiguos como los que maneja van más allá de las modas que rigen nuestro tiempo.

La estatua de Don Pelayo, situada en el límite del abismo que enmarca el Monte Auseva, vigila con la espada desenvainada los límites de España, donde el principio y el fin se encuentran. Dentro de la iglesia se esparcen los olores del incienso, otro aroma antiguo y sempiterno, envolviendo en un cálido abrazo el cuerpo de cada visitante para embriagarlo con las historias que tiene por contar. Son tantas. Tan heroicas y llenas de sufrimiento.

Animo al visitante a que se deje empujar por estos olores y sensaciones, desde el santuario hasta la iglesia, pasando por delante de la estatua de Don Pelayo y admirando el salvaje paisaje asturiano que la rodea. Quizás aquí encuentre la respuesta a cuestiones que ciertos líderes pretenden ocultar.

La ruta de senderismo por excelencia

La guinda que remata este extraordinario viaje de historia y patria se encuentra en los lagos de Covadonga, a doce kilómetros del santuario. Las paredes de las montañas que los rodean todavía aguantan el eco de la batalla que fundó nuestro país. Durante los meses de verano, existen dos formas de acceder a ellos para realizar una de las mejores rutas de senderismo que los Picos de Europa pueden ofrecer: en coche particular, siempre que se suba antes de las 8:30 de la mañana; o en autobús, cuyo billete debe reservarse con anterioridad en la página web de Alsa, sin importar el horario. El resto del año se puede visitar en coche particular sin ningún problema.

No quiero desvelarte la belleza de este paraje por miedo a mancharlo con palabras innecesarias. Te recomiendo guardar un bocadillo en la mochila, calzar las botas adecuadas y descubrirlo por ti mismo. Es el último descubrimiento que Covadonga permite de España, el de su naturaleza limpia, resistente y clara. Ya libre de los límites que marcan cualquier comienzo.