Una ruta por las casonas de indianos en Asturias

Uno de los elementos más conocidos de la historia reciente en Asturias, y el norte de España en general, supone un espectáculo de belleza y sofisticación difíciles de igualar

A mediados del siglo XIX, una verdadera turbamulta de jóvenes españoles emigraron hacia México, Cuba y Argentina en busca de fortuna. Aquellos de familias menos pudientes lo hicieron huyendo de los quintos, un penoso servicio militar de siete años de duración, además de las continuas sequías y periodos de hambruna que asolaban a la población española. Los más acaudalados, por otro lado, buscaban ampliar sus suculentos patrimonios a través del comercio, las plantaciones de tabaco y de cacao, o cualquier negocio fructífero que pudiesen encontrar al otro lado del charco. Estos últimos regresaban años después al hogar, dueños de importantes organizaciones transatlánticas, y en sus viejos pueblos familiares construyeron enormes casonas de estrambóticas formas y colores que todavía hoy pueden verse. Les conocemos como indianos. Dueños de su destino y la fortuna.

90.000 gallegos, 50.000 asturianos, 25.000 cántabros y 30.000 catalanes cruzaron el furioso Atlántico en busca de una vida mejor. Algunos murieron en los naufragios del camino. Otros, jamás regresaron a España. Y de los que volvieron, quedan como mudo recuerdo estas maravillas de la arquitectura norteña.

Castropol y Figueras

Muchas de las casonas que hoy se mantienen en pie siguen perteneciendo a los descendientes de sus constructores, aunque semejantes delicias no podían escapar al negocio de la hostelería, para goce y disfrute de los turistas. En el pequeño pueblo de Figueras, a las orillas de la ría Eo en el límite que separa Galicia de Asturias, el Palacete Peñalba es una de las casonas convertidas en alojamiento hotelero. Un imperdible para los amantes de las buenas vistas y un estilo de vida más decorado y sofisticado. Es posible alojarse aquí por cien euros la noche y, aunque el precio pueda hacer dudar, la experiencia merece la pena. Para quien busque una escapada romántica con su pareja, ya sea con motivo de su aniversario o por amor en general, este es el destino perfecto.

Luarca y Somao

La ruta continúa a lo largo de la costa asturiana, deteniéndose si hace falta para admirar las salvajes vistas que nos aguardan en los acantilados más hermosos de nuestra tierra. Recortados al azar por una mano mayor, delimitan la amplia frontera de agua que separa ese mundo de sueños que perseguían los indianos, y el hogar expectante por su destino. En estas paradas podemos admirar el mar y aspirar el mismo aire fresco que respiraron ellos, cuando sus cabezas burbujeaban con sueños por cumplir. En Luarca destaca la Villa Excelsior, hoy en pleno proceso de reformas y solo visible desde el exterior de su valla. Pero merece la pena estudiar su mágica cúpula cubierta de azulejos verdes, además del espeso jardín decorado con árboles y arbustos traídos de rincones del mundo inimaginables. Un pedazo de aventura se esconde tras sus muros. En Villa La Argentina, por otro lado, sí puede visitarse su interior si se hace como huésped del hotel que conforma en la actualidad. Al igual que el Palacete Peñalba, es un destino ideal para los enamorados.

Las casonas de Somao rozan el misterio. Todas las que quedan en pie son propiedades privadas y no es posible entrar en ellas, pero sus formas, colores e historias impregnan el aire con aromas de fantasía deliciosa para el espectador. La Casa de la Torre, o La Casa Amarilla, recibe este último nombre por estar recubierta en su totalidad por azulejos amarillos, brillando con insistencia bajo el esquivo sol asturiano. Siguiendo su misma calle, puede verse coloreada de ladrillos rosados El Marciel, otro ejemplo de decorada elegancia, o una misteriosa casona sin carteles que señalen su nombre ni su historia. Es en los barrotes de su entrada donde el suspense se aferra al visitante, y el visitante deja la imaginación volar con cada historia que pudo desarrollarse en su increíble capilla de cúpula azulada.

Ribadesella

La calle de Ricardo Cangas, paralela al paseo marítimo de la Playa de Santa Marina, es un verdadero museo en lo que respecta a casonas de indianos. Un museo espectacular, sin réplicas, es puro color y forma. Asomando la cabeza por sus muros, el viajero tiene la sensación de estar visitando el lujoso escenario de El gran Gatsby. Construidas a principios del siglo pasado, en ellas se refleja un estilo modernista inconfundible y suponen un delicioso manjar para la vista.

Merece la pena un lento paseo, envidiando la fortuna de sus primeros propietarios. Y si los ojos no bastan para saciar el apetito, un vermú bien servido en el Hotel Villa Rosario, a la sombra de su espectacular torre de azulejos, saciará también el espíritu y la mente de las sensaciones pertinentes. Para los interesados en profundizar en los estilos, dueños y arquitectos de estas deslumbrantes muestras de riqueza, les recomiendo acudir al centro turístico de la localidad en busca de información, o navegar por la página web de turismo de Ribadesella.

Fundación Archivo de Indianos, Colombres

La última parada en el mundo indiano. La última esquina que debemos visitar antes de regresar al mundo real. En esta casona azul confundiéndose con el cielo, conocida como La Quinta de Guadalupe, el visitante puede encontrar toda la información necesaria sobre la sufrida generación de migrantes asturianos que, lejos de contentarse con las decisiones de la vida, quisieron resistirse a ellas y lanzarse en busca de un destino mejor. ¿Lo consiguieron? Azar, piedad y trabajo duro condicionaron la respuesta.

La Fundación consta de dos partes. Un archivo especializado en inmigración que recoge además la información sobre todas las casas regionales en América; y un museo de tres plantas con objetos, fotografías y cartas relacionados con esta complicada época para la población rural española. Entre ellos se esconden historias de fortuna y desgracia, riqueza y pobreza, vida y muerte, colocadas tras las vitrinas en un equilibro sobrecogedor. Para el turista que no tenga tiempo de deleitarse con todas las casas que enseña esta lista, una visita a la Fundación puede saciarle las ganas de arquitectura indiana hasta que lleguen fechas más propicias.