Una escapada sin fisuras por los alrededores de Bilbao

Desde el pueblo ballenero de Bermeo hasta el rincón de Ea, pasando por la famosa ola de Mundaca

Ya hemos leído las noticias de la mañana, el coronavirus vuelve a cobrar fuerza por el este peninsular y zonas del norte. Retornan los temores y se rumorea que un nuevo confinamiento está por caer. ¿Nos quedaremos sin vacaciones de verano? ¿Nos confinarán durante las vacaciones? Las próximas semanas nos darán la respuesta pero hasta entonces, siempre luchando por prevenir posibles contagios no deseados, el mejor destino que podemos buscar para burlar al COVID-19 son las pequeñas poblaciones donde se garanticen distancias de seguridad y las medidas sanitarias.

En la ruta que me está llevando a recorrer la costa ibérica, desde Vigo hasta Vigo - y que no sé si podré terminar - tenía pensado hacer parada en Bilbao. Visitar el Guggenheim, atiborrarme a deliciosos pintxos y pasear pos sus calles ajetreadas parecía una buena idea. Pero vista la situación, giré el volante del coche en el momento adecuado y pude visitar las localidades más próximas a la capital vasca. Todas ella portadoras de un aroma encantador que arrastra el mar hasta fundirse con los bosques. Esta es, quizás, la mejor escapada sin fisuras que pueda hacerse por los alrededores de Bilbao.

Bermeo

Calurosa durante los meses de verano, enmarcada por ariscos acantilados y con una población que roza los 17.000 habitantes, este pueblo vizcaíno se yergue como uno de los rincones más hermosos que visitar en el País Vasco. Todavía se respira, por sus calles más próximas al puerto, una sensación de años pasados, cuando grandes balleneros se embarcaban rumbo al furioso Atlántico durante meses enteros y arriesgando cada día un pedazo de vida. Era esta una lucha encarnizada entre hombre y mar, que siempre terminaba con dolorosas pérdidas por ambos lados. El barco ballenero Aita Guria, fondeado en el puerto, fue construido en acuerdo con los planos del siglo XVII y hoy constituye el museo de la pesca de la ballena más útil de España. Una visita a sus crujientes camarotes es indispensable para comprender, no solo la historia que rodea Bermeo, sino toda la costa del norte en general, desde Coruña hasta San Sebastián.

¿Y qué resquicios de esperanza buscaban los balleneros antes de lanzarse a la peligrosa aventura? ¿Qué dios podía estar a la altura de su valor? En localidades de este estilo, una pequeña ermita recogida en un tranquilo valle, alejada de todo ruido y peligro, no encajaría con la férrea personalidad de los pescadores. Hizo falta construir una ermita al pie de los acantilados, certera frente a la brutalidad del mar, de piedra resistente y temeraria, desde donde las oraciones llegaran más rápidamente a los valientes balleneros que acuchillaban las olas. Es la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Un bastión de fe ganando terreno al mar embravecido, a la que solo se puede acceder a través de un sinuoso camino - que los espectadores de la exitosa serie de Juego de Tronos reconocerán como parte del escenario de Rocadragón - y reservando con antelación a través de su página web.

Aquí el viento sopla con más intensidad de lo habitual, empujado por el mar, como si quisieran derribar el último amarre de los balleneros. Todavía sigue en pie y visitarlo, con la mente abierta y los ojos entrecerrados para esquivar la sal, es una experiencia sobrecogedora que solo el norte español puede mostrarnos.

Mundaca

Camino de Mundaca es necesario desviarse unos kilómetros para encontrar el local ideal en que saciar el apetito. Es el Asador Cannon, situado en el kilómetro 31 de la BI-631. Además de una excelente oferta de pescados y mariscos, su carta cuenta con uno de los mejores chuletones de buey que he tenido el placer de saborear en mi breve existencia. Tierno como la mantequilla, sabroso como la hierba fresca que lo engordó en el prado. Desde su terraza pueden obtenerse unas vistas incomparables de la bahía de Bermeo, precediendo con su descaro encantador el mar palpitante.

Famosa en todo el mundo del surf es la ola de Mundaca, solo apta para expertos en la materia. Y los que busquen experiencias más calmadas no tienen más que pasear por el amable pueblo, deleitándose con las viejas casonas que enmarcan el puerto y buscando la terraza perfecta para degustar un vermú.

Ea

Primero hablaré de la belleza del pueblo. Atravesado por una cicatriz de agua salada que se extiende a lo largo de varios cientos de metros durante la marea alta, escondido entre los montes vascos y coloreado por un verde ensordecedor, podría ser una de las localidades más bellas de Vizcaya. Esto es innegable, su belleza. El mirador situado a pie de mar aporta una visión espectacular de su entorno costero.

Pero es inevitable, incluso para el ojo despistado, contar y encontrar las pintadas en los muros, los carteles en los balcones, los mensajes de las paredes, las banderas en las ventanas. Aviso al lector de que la ideología de esta pequeña localidad queda demostrada a partir de estos detalles y más de uno podría sentirse incómodo al descubrirla.