El alma de Córdoba

Un viaje nocturno por la Mezquita - Catedral de la capital de los Omeya es una experiencia única

Primer verano en tiempos de coronavirus. Esperemos que sea también el último. Se hace muy extraño visitar la ciudad de Córdoba y comprobar que apenas hay turistas paseando sus estrechas callejuelas, las terrazas que por lo habitual se hinchan de personas hoy están a medias. Tantos años quejándonos de las mareas humanas entremezcladas con el calor han dado paso a esta triste situación, y para un periodista de viajes enamorado de la ciudad, urge reanimarla. En el viaje que estoy realizando por todo España desde principios de julio, con el objetivo de realzar las bellezas incomparables de nuestra buena tierra, he querido venir hasta aquí y darle mi boca a boca particular que es a través de las palabras.

Crucé el puente romano detrás de Séneca, Góngora y Almanzor, escuchando el suave arrullar del Guadalquivir bajo nuestros pasos. La estatua de la Virgen María vigilaba sin dificultades el paso de la marea baja de los humanos; frente a ella, un hombre le marcaba una bonita melodía con su acordeón. Parece respirar calmada Córdoba a través del río, acostumbrada a los bruscos vaivenes de la Historia. Segura de que esta mala racha también pasará.

Un pincho de tortilla

No es habitual que un ser humano sea capaz de dilucidar el futuro. Por razones como esta se cruza el puente con cierta parsimonia, apenas ojeando los muros exteriores de la milenaria Mezquita - Catedral, y antes de entrar en ella a primera hora de la noche nos dirigimos a saciar los apetitos más básicos. En el bar Santos, un pincho de tortilla y un vasito de salmorejo pueden calmar los rugidos del estómago, templando el cuerpo antes de zambullirnos en una aventura sin parangón espiritual.

La visita nocturna a la Catedral, que bien puede realizarse a las 22 horas o a las 23:30, se titula El alma de Córdoba. Trata de un espectáculo de luces y música paseando entre sus elaboradas columnas, o así fue como me lo vendieron, como un espectáculo acústico y visual, me dijeron, tienes que ir a verlo porque no te decepcionará.

Aunque es cierto que el alma de Córdoba, que es precisamente su edificio más embriagador, va más allá. Cuando se encienden las primeras luces del Patio de los Naranjos y como si hubiesen esperado agazapados todo este rato saltan los olores a azahar y almizcle, recluidos entre estos naranjos desde hace siglos por mediación de algún hechizo inquebrantable. El suelo se tensa bajo los pasos del visitante, antes estuvo reblandecido por el odioso calor. Pero al asomar la noche en Córdoba el calor se disipa, cediendo ante este bullir de aromas que preceden al interior de la Catedral.

Tentación

¿Dónde radica la magia exquisita de esta iglesia que después fue mezquita y después fue Catedral? Algunos piensan que se debe a que desde hace milenios se ha tratado de suelo sagrado, santificado una y otra vez, acostumbrado a sentir sobre su suelo las rodillas de millares de pecadores. Rodillas, frentes, manos, lágrimas. Todas ellas se han posado en los diferentes estratos del suelo de la catedral. Por entre las columnas todavía revolotean sus peticiones y sus cantos de gloria a Dios, hasta llegar al día de hoy, y tanta piedad y tanto amor solo podían resultar en el poderoso núcleo espiritual de Córdoba. Su alma, al fin y al cabo.

Pero cuidado, peligro, nos disponemos a penetrar en los terrenos de la paradoja. Paseando por el interior de la Mezquita - Catedral no pude evitar hinchar el pecho de orgullo, al comprender las delicias de las que es capaz el maravilloso ser humano con nada más que su mente y dos manos, y súbitamente descubrí que este templo dedicado a Dios se me parecía más a un templo dedicado al poder del hombre sobre la piedra y demás elementos de la naturaleza. Ni un soplo de viento corre sin nuestro permiso por este pedazo arrancado al cielo. Y sentí remordimientos al dejarme conquistar por esta vanidad, cuando vi a mi alrededor a decenas de visitantes tan excitados como lo estaba yo, girando la cabeza con velocidad para no perderse un solo detalle de nuestros talentos.

No, me repetía una y otra vez, esta es una obra dedicada a Dios. Exista o no. Pero tras un chasquido de dedos se encendía una luz nueva, iluminando un nuevo milagro de la orfebrería, y una cabeza abocada a las sensaciones como es la mía sentía violentas convulsiones de placer, una convulsión por cada foco encendido.

Alivio

Existe un punto muy concreto de la catedral donde la espiritualidad se confunde con el hombre, y de alguna manera nos sentimos menos culpables por reconocernos tan humanos. Se trata del lugar exacto en donde Abderramán III anunció la creación del Califato de Córdoba, rodeado de su pueblo fiel. Yo había pasado la visita por delante del resto y a paso rápido para no perderme un pellizco de detalles, pero en este momento preferí mezclarme con los visitantes y retrasarme unos metros. Así estaba mejor. Ahora podía imaginar que ellos me tapaban al triunfal califa como pudo ocurrirle a cualquiera en la fecha acordada entre Dios y el destino, e imaginar los olores fue tarea sencilla.

Se mezclaba el sudor de los comerciantes con el aroma áspero de los cuidadores de corceles y camellos. Partículas de arena se colaban tras la mascarilla y el griterío imaginado se hizo ensordecedor. Rodeado de lujo e invocando a su Dios, un mortal clamaba un nuevo paso en el mundo de los humanos. Comprendí que yo no era el primero que sucumbía a las tentaciones de la Mezquita-Catedral y me sentí un poco más reconfortado.

Es en esta misma esquina donde se celebró la primera misa cristiana, tras la conquista de Córdoba a manos de Fernando III el Santo. Y con una rapidez cegadora los olores se transforman, ahora el hierro de las armaduras y el incienso y la sangre seca de la batalla.

Posesión

El alma de Córdoba posee al visitante al bajar la guardia. No hay escapatoria posible. Como un sonámbulo observa el coro tallado en caoba y su cúpula barroca del siglo XVI, sello definitivo de la transformación de la Mezquita en Catedral. Borracho de hermosura mira el altar, incapaz de tragar un sorbo más de esta majestuosidad. Casi se siente aliviado cuando la visita toca su final.

Haciendo eses camina de vuelta a su alojamiento, perdido en esta ciudad única, y si antes se sabía un ciudadano del siglo XXI ahora le acecha la duda. Cada paso le transporta a un siglo, ahora el XI y luego el XVI, vuelta al XIII y salto al XIX. El alma inmortal de Córdoba ha poseído al hombre y ahora puede comprobar que lo que hace eterna a esta ciudad, es precisamente que guarda en su interior cada siglo concentrado.

Es una posesión deliciosa que apenas durará unas horas. Dejará una resaca de fantasía, historia y religiosidad. El visitante ya no será capaz de ver Córdoba con los ojos con que la vio los años anteriores, algún engranaje de su cabeza ha comenzado a girar y no parece haber marcha atrás. Es una visión nueva, exenta de rencores y maldad donde han triunfado la piedad y la esperanza.