¿Cómo que la culpa es de los jóvenes?

Crónica de un periodista de viajes en su visita al mundo de las teorías

Alberto R. RoldánLa Razon

Una de las delicias inherentes a ser periodista de viajes pasa por conocer a una amplia variedad de personas en espacios de tiempo muy reducidos. Conversamos con ellos sobre sus preocupaciones y sus ilusiones, sobre cómo eran las cosas ayer y cómo creen que serán mañana. Semejantes a mosquitos, chupamos con avidez tragos de humanidad concentrada. En el viaje de dos meses que estoy realizando por nuestro bello país, he tenido la oportunidad de conocer a todo tipo de miembros que lo pueblan, desde el norte hasta el sur, desde los pueblos más pequeños hasta las ciudades más ajetreadas.

Una de las conversaciones más habituales en los tiempos que corren pasa por decidir quién tiene la culpa del número desproporcionado de contagios en nuestro país. Quiero compartir varias teorías contigo para que, juntos, lleguemos a una conclusión definitiva.

Durante los primeros días de julio, las culpas se repartían equitativamente a lo largo del espectro político español. Unos culpaban al Gobierno por actuar demasiado tarde y otros culpaban a la oposición por poner trabas a cualquier gestión. Unos culpaban al Ejecutivo en la Moncloa y otros a sus presidentes autonómicos. También quedaban un puñado de fieles que señalaban a los chinos, los rusos, los estadounidenses o incluso a Bill Gates. Incluso conocí a un veterinario en Orense que, mediante complicados esquemas representados en una pizarra blanca, conseguía demostrar que los culpables de este follón eran los gatos, puede que también los perros.

No olvidemos tampoco el acto de lucidez geográfica de nuestra querida ministra, al culpar con una soltura envidiable al clima español.

Los días pasaron con rapidez inusitada entre diversiones y cañas, y culpar a la clase política se volvió un tanto aburrido. La queja perdió fuelle a base de repetirla una y otra vez, o quizá fue la impotencia quien obligó a dirigir la mirada hacia nuevos culpables. Así surgieron con fuerza las mascarillas. Según algunos, se tratan de bozales impuestos por los órganos de poder para mantener el miedo latente en la población y, peor todavía, aumentar las posibilidades de coger cualquier porquería. En esta nueva especie entran aquellos que jamás han puesto el pie en un quirófano, no han visitado Japón y China a lo largo de los últimos diez años y, por descontado, quienes no encendieron la televisión el día que nos aconsejaron lavar o desechar las mascarillas usadas.

Siguen los dardos danzando sobre los toldos de las terrazas, culebreando entre los bares de copas y esquivando los abrazos de amigos. Pese al tambaleo de las mascarillas, surgió la nueva moda de comprarlas decoradas, con pequeños agujeros para colocar un filtro que prácticamente nadie coloca. Quienes las llevan salen al paso afirmando que es horrible la cantidad de mascarillas que está tirando la gente a la basura, hablan de la contaminación y todo lo demás. Acto seguido abren su bolsa de patatas fritas y dejan que el aire se lleve el envoltorio.

La lista parece interminable. Después de un repunte de culpas dirigidas a Bill Gates, sazonado con ladridos contra los inmigrantes que arriban a centenares a nuestras costas, surgió con fuerza una nueva diana en la que estampar los dardos de la sufrida sociedad española: los jóvenes. La primera vez que escuché esta acusación, fue de boca de una tía mía que veranea en Santander, segundos antes de colgarme porque los invitados a la merienda llegaban en una hora y quería descansar porque venía de una comida con amigos y esta noche tenía otra cena. Es agotador, querido. Y tanto tía. Y tanto.

Los jóvenes son desde hace una semana algo parecido a criaturas de Satanás, desbocadas y echando espumarajos de ira por la boca. Ya no tienen padre o madre, mucho menos sentimientos veraces. Su única preocupación real es la fiesta constante, emborracharse hasta perder las pocas neuronas que les quedan vivas y contagiar a millares cada vez. Y es cierto que ayer conversaba con una amiga de 27 años que se lamentaba, al borde de las lágrimas, porque no podía ver a su abuela este verano, algo terrible y doloroso y muy sacrificado, hasta que yo le dije que podría verla si se decidía a no salir de fiesta todos los días y anteponía a su abuela frente a las copas. Mi amiga bizqueó los ojos, confundida, antes de guardar silencio. Luego se maquilló y salió de fiesta hasta las cuatro de la mañana.

Pero, ¿cómo que la culpa es de los jóvenes? Las playas abarrotadas lo desmienten. El estúpido choque de codo antes de sentarse en la mesa a treinta centímetros de distancia lo desmiente. Una boda de 200 personas en la que estuve hace pocas semanas (solo acudí a la ceremonia y por poco me linchan por rarito) y con las medidas de seguridad más flojas que el pulso de Michael J. Fox lo desmiente. Escalofriantes aglomeraciones en cada pueblo cercano a cualquier costa lo desmienten. Las mascarillas de adorno lo desmienten.

El lado positivo, uno de tantos, de ser periodista de viajes, pasa porque podemos observar el mundo con cierta distancia. Observamos, leemos, apuntamos. Y al llegar a casa, reventados por las diecisiete horas de avión o diez de coche, nos sentamos a pensar. Aturdido por la marabunta de teorías, yo solo pienso en el monólogo de Willy el Jardinero en uno de los momentos más brillantes que nos dieron los Simpson:

“No durará. Los hermanos y hermanas son enemigos por naturaleza, como los ingleses y los escoceses, o los galeses y los escoceses, o los japoneses y los escoceses, o los escoceses y otros escoceses… ¡Malditos escoceses, han destrozado Escocia!”