Los secretos que Cáceres nos quiere enseñar

Un recorrido por el casco histórico de la ciudad, merecido Patrimonio de la Humanidad, arranca sensaciones al visitante desprevenido

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Hay secretos que no consigo descubrir. No importa cuán afilado tenga el sexto sentido que me permite descifrar sensaciones mediante el simple acto de respirar, de nada sirve que mi imaginación se emborrache y conduzca su cuadriga con las riendas sueltas y los corceles salvajes. Hay misterios que se me escapan entre las manos, se lanzan a volar. Zigzaguean por el entramado de piedra y buscan cobijo en los palacios de Cáceres. Pero lejos de desagradarme, esta sensación me excita, es innovadora en un mundo donde basta teclear unas palabras mal escritas para que Google las corrija y te descifre cualquier misterio.

Estos secretos los esconden los palacios del casco histórico de Cáceres, en la Casa de los Saavedra, la Casa de los Solís, la Casa de los Marqueses de Torreorgaz, la Casa de Carvajal, el Palacio de Mayoralgo y el Palacio de Hernando de Ovando. Son susurros de cada una de estas familias, siglos de tradición recogida en las paredes ocultas al visitante. Nosotros solo podemos verlas desde fuera, estudiar sus escudos, rascar la piedra y mirar bajo las uñas si se ha enganchado alguna brizna de sus secretos. Pero está bien así. No queremos destaparlos todavía. Nos espera con impaciencia el lado visible de la ciudad.

Al otro lado de la muralla

Tras cruzar el Arco de la Estrella, sopla una brizna de viento en las mejillas del viajero. Algo parecido a una ráfaga de energía que nos levanta con la punta de los dedos, nos zarandea como olfateando nuestras intenciones y vuelve a depositarnos en un suelo nuevo, transportado desde el medievo hasta este punto exacto, bajo nuestros pies. Es la magia de viajar: bastan dos zancadas para volar, a ras de suelo junto con los secretos, y conseguimos mezclarnos con ellos en la piedra que vigila cada ciudad.

Retablo de la Concatedral de Santa María. FOTO: Alfonso Masoliver

El viento de la Historia nos empuja con suavidad hacia la Concatedral de Santa María. Se trata de otra frontera más, esta vez partimos del mundo físico para sumergirnos en lo espiritual, en esta misma Concatedral, hogar de mil murmullos de piedad y donde apenas un rosetón de tonos púrpuras permite entrar bocados de sol sin pagar entrada. El resto merodea entre la fantasía y la realidad. Un delicioso retablo del siglo XVI, tallado en madera de cedro y pino sin policromar, dedica las manos de los artistas Roque Balduque y Guillen Ferrant a la Virgen de la Asunción. El suelo esconde, desgastados, los escudos de cada noble enterrado en su tierra sagrada. Subiendo la escalera de caracol que lleva al campanario podemos obtener una vista prodigiosa de la ciudad. Con las palomas se adivinan los secretos corriendo a sus escondites, subiendo y bajado los tejados.

Desde Santiago hasta Cádiz, desde Toledo hasta Tarragona, en cualquiera de las ciudades históricas y capaces de robar cualquier aliento que merodean por nuestro país, nunca encontré una que albergase tal densidad de misterios como las calles viejas de Cáceres, Patrimonio de la Humanidad. Pequeño, apiñado, con muchas cuestas, abarrotado de piedra y asfalto, el casco histórico de las 22 torres asalta con sorpresas desde cada una de sus esquinas. ¿No quieres creerlo? Busca la Iglesia de San Francisco Javier, olfatea con atención por el camino. Agudiza el oído en la Plaza de las Veletas, escurre tus ojos en el barrio judío de San Antonio. Yo solo lamento tener que limitar su hermosura a la frontera de mis palabras.

Dos museos para profundizar

Dos museos se hacen imprescindibles en cualquier visita a Cáceres. El primero, es evidente, el Museo Provincial. Porque al final, ¿qué es Cáceres? La tierra que escuchó el primer llanto acongojado de un buen puñado de conquistadores, antes de templar su valor con los instrumentos del acero y del calor tropical. Es tierra de frontera, y a la tierra de frontera la moldea una hermosura terrible, aliñada con sangre, sudor y grandes paladas de devoción. Amor por la tierra, recogido en las salas de un museo. Desde el neolítico hasta hoy, ese amor ha cobrado nuevas formas, obligado a moldearse para sobrevivir bajo la mano de los romanos primero y de los musulmanes más adelante.

Palacio de las Veletas, sede del Museo Provincial de Cáceres. FOTO: Zarateman Creative Commons

Es un amor polimorfo, sin final aparente. Contagia al visitante con una sensación embriagadora. Una a una se nos presentan sus capas por las salas del museo, en formas sencillas de cerámica y elaborados vestidos regionales. Quién lo diría, incluso la máscara de Carantoñas - espíritu que representa el mal - muestra un parecido asombroso con las máscaras de los rituales africanos. ¿A qué se debe esta coincidencia?

Allá va. Otro secreto que se nos escapa.

Tras salir del Museo Provincial, es fácil encontrar la Casa Museo Árabe Yussuf al Burch. Se trata de una réplica de una vivienda musulmana durante la ocupación medieval de la ciudad. Allí está el pequeño pozo para beber agua fresca cuando el calor arrecia a media tarde. Aquí los cuencos, moldeados con cuidado en las mañanas ociosas. Acullá los azulejos, azul sobre blanco y blanco sobre cielo, protegiendo y deleitando al visitante a una misma vez. En este museo te lanzo un reto: busca cuántos detalles de su vida cotidiana se parecen a nuestra vida diaria en la actualidad. Quizá te sorprenda cuando te falten dedos de la mano para contarlos.

Una ciudad de cine

Parece evidente que en el mundo audiovisual del cine se busquen escenarios encantadores, capaces de engatusar a los ojos clavados en la pantalla. Por esta razón no debería extrañarnos saber que Cáceres haya sido utilizado de forma habitual como escenario para el cine y la televisión. Los fanáticos de la exitosa serie de Juego de Tronos podrán reconocer Desembarco del Rey en el Arco de la Estrella, la Plaza de Santa María y la Cuesta de la Compañía. Por aquí vivieron los Lannister las horas más bajas de su difícil reinado.

Sigue este balanceo constante entre fantasía y realidad, de nuevo en la Plaza de Santa María al descubrirnos en el escenario de La Catedral del Mar. En la Plaza de San Mateo encontramos momentos estelares de la serie de Isabel; cuchicheamos con la Celestina en el Castillo Arguijuela.

Los adictos a las series españolas reconocerán la Iglesia de San Francisco Javier. FOTO: Alfonso Masoliver

En un plato aparte entraría dónde comer en esta ciudad misteriosa y - aquí levanto los brazos con expresión triunfal - este secreto puedo decírtelo. Ya sea en cualquiera de los bares de su Plaza Mayor, a las puertas del casco histórico, si se busca gastronomía local con una calidad razonable al precio; o el Restaurante Atrio de Toño Pérez y José Polo, en la Plaza de San Mateo y galardonado con dos estrellas Michelin.

Este artículo es un primer beso de Cáceres, apenas el roce con que entrever lo que muestra al otro lado de su espeso cortinaje. Pero incluso las palabras tienen un límite que solo podrá mitigar la realidad, este límite que llega con el final del reportaje. Vuelve a Cáceres, deja que te rodeen juguetones sus secretos. Pero no intentes cogerlos. Ya te aviso, son resbaladizos, se te colarán entre los dedos.