En Mogarraz encontré un pueblo salmantino sin contaminar

En el punto exacto en que la Sierra de Francia transforma sus bosques en pequeños matorrales de jara y encina, se esconde esta localidad, dueña de un encanto particular

Cuadros de los habitantes de Mogarraz en la Iglesia Parroquial.
Cuadros de los habitantes de Mogarraz en la Iglesia Parroquial.Alfonso Masoliver

Método infalible para viajar: dejarnos un día o dos para buscar una aventura. Las guías de viajes se cierran y nos dejamos guiar por nada más que un nombre, una dirección, quizá nos haya dicho ese nombre un local de la zona o lo hayamos oído de pasada a algún conocido. En cualquier caso, un día o dos de aventura son suficientes para saciar nuestro apetito.

Subiendo la Autovía de la Plata desde Sevilla hasta Gijón, casi a medio camino, en Béjar, quise tomar un desvío en dirección oeste. Reconozco que no tenía ni idea de qué encontraría. Sí sabía que de continuar por la carretera en aquella dirección llegaría hasta Ciudad Rodrigo y después a Portugal pero no hacía falta irse tan lejos para buscar una sorpresa. Un único pueblo bastaría para asombrarme y darme la vuelta. En este caso ni siquiera buscaba un nombre, la carretera se extendía como una pasta oscura dispuesta para las ruedas de mi coche, y pasados 45 minutos de trayecto me encontré con un cartel que señalaba el pueblo de Mogarraz. Había oído hablar de él por ser Bien de Interés Cultural desde 1998 y me dije, por qué no, aquí me quedo.

Una visita a la inversa

Me llamaron la atención unos pintorescos cuadros, representando diferentes rostros colgados en el exterior de las casas. Pincelados en tonos cenicientos, representaban a hombres, ancianos, mujeres y jóvenes observando con minucia los vehículos de la carretera. Miraban mi coche con especial atención. Esos ojos misteriosos se aparecen rodeados de un hechizo sin edad, como si siempre hubiesen estado allí estampados y no quisieran irse. Aparqué el coche, bajé, me zambullí en las callejuelas de piedra bajo la mirada atenta de los ojos. Una sensación excitante recorrió mi cuerpo. Cada esquina la decoraba un rostro nuevo, con la mirada penetrante estudiando mis pasos, mirando de arriba abajo mi ropa, mis gestos, juzgando para bien o para mal las intenciones que me dirigían.

Cada rostro está colocado en la casa en la que vivía. FOTO: Alfonso Masoliver

Casi parecía que Mogarraz esconde algún tipo de imán, dispuesto a atraer visitantes como yo, con la única intención de estudiarnos a nosotros. Sí, por qué no. Más que visitar Mogarraz, Mogarraz nos visita a nosotros desde sus cuadros. Envolviéndonos con sus ojos y sus costumbres y su misticismo inquebrantable.

No tardé en aprender que las imágenes corresponden a las fotografías del DNI de casi 800 habitantes del pueblo, tomadas en el otoño de 1967 por el entonces alcalde de la ciudad, Alejandro Martín Criado. “Ellos se han muerto y nosotros seguimos aquí”, me confiesa una anciana sentada en su banco. “Pero luego nos moriremos nosotros y ellos seguirán aquí”. Cada imagen ha sido colgada en la casa que habitó cada rostro en la década de los 60, esta idea del pintor salmantino Florencio Maíllo es la que ha otorgado nuevos ojos a la localidad, pupilas cargadas con todo tipo de sensaciones, sagacidad, curiosidad, recelo, simpatía, desidia, diversión. Desnudan al visitante sin bajarse de su pared. Pintados en óleo mezclado con cera caliente de abejas, resiste sin inmutarse los golpes de la lluvia y del tiempo.

De judíos a cristianos y vuelta a empezar

Se acumulan las experiencias al caminar entre las callejuelas sinuosas de Mogarraz, aprisionan el pecho y lo moldean con intensidad. Descubrí que había tradiciones más arcaicas que estos cuadros, más complicadas de destapar. Se aprecia en su entorno los inicios de esta región, repoblada por órdenes del rey Alfonso IX de León, y que durante los primeros años contó con un amplio número de pobladores franceses. De ahí los nombres geográficos que la rodean en la Sierra de Francia, el río de Francia y la Peña de Francia.

Una tradición judía, innegable al palpar los edificios, también se resiste a desaparecer del ambiente. Mogarraz se trata de una de las primeras juderías conversas al cristianismo, previa a la expulsión de los judíos en 1492, aunque es evidente que la localidad no abandona sus raíces. Diferentes estrellas de David talladas en la piedra de sus casas y la Cruz de los Judíos situada junto a la ermita del Humilladero, conjuntamente con este aire cargado de espiritualidad arcaica que se respira, son señales evidentes de este pasado.

Decenas de estrafalarios dibujos de este estilo decoran las calles de la localidad de Mogarraz. FOTO: Alfonso Masoliver

Pasado, paso a paso lo encontramos. Una pequeña tienda de antigüedades conocida como Tu Librería de Siempre, en la calle Miguel Ángel Maillo, sumerge al visitante en los detalles del pasado, salimos de la grandilocuencia de los ojos y sus cuadros para indagar en esquinas más diminutas. Aquí una cajetilla de tabaco de principios del siglo pasado. Allí un raro ejemplar de este o aquél libro que llevaba buscando varios meses. Escondido en esta estantería, podrás creerlo, un premio Antena de Oro de 1965. En el umbral de la tienda pasamos de recorrer largas zancadas del pasado, rascando las paredes en busca de las estrellas, leyendo como en un juego los años de construcción de las casas - algunas de ellas, tan atrás como el siglo XVII - para recorrer la Historia con pasitos cortos, de un sabor delicioso.

Qué ver en Mogarraz

Supongo que el ejercicio de visitar Mogarraz debe ser parecido al que nos lleve a encontrarlo. Controlados por los hilos de la localidad. Como una marioneta, doblando cada esquina sin pensarlo. Solo así encontraremos pequeños carteles informativos explicando las tradiciones de la localidad, en especial los dedicados a textiles bordados con delicadeza a lo largo de generaciones. Imágenes incomprensibles, curvas y cargadas de creatividad, abren aún más la puerta de sus misterios. Es que Mogarraz, este pequeño pueblo encajado en la serranía de Francia, todavía guarda muchos secretos por descifrar.

En el Museo Etnográfico “La Casa de las Artesanías” podríamos destapar alguno de ellos. No encontraremos las hazañas de importantes guerreros, ni nos sorprenderá conocer que un Premio Nobel nació en esta localidad. Creo que la importancia de Mogarraz y sus alrededores va más allá de los gestos estrambóticos. En el museo se conocerá más íntimamente el oficio de sus zapateros y tratadores de cuero, la tradición del bordado de textiles, las diferentes vestimentas que se elaboraron durante siglos. Imagínate que habría sido de los Nobel y los grandes guerreros sin localidades como Mogarraz. Caminando descalzos y desnudos, nadie habría confiado en ellos.

FOTO: Alfonso Masoliver

Más detalles a destapar. El camino del agua trata de un recorrido circular de 9 km que empieza y acaba en Mogarraz, atravesando también el valle del río Milanos y parte de Monforte de la Sierra. A mitad de camino encontraremos el mirador ideal para observar la localización del pueblo en su valle. Del valle a las calles, de las calles a la plaza mayor, desde la plaza mayor hasta Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de las Nieves. De lo grande a lo pequeño, España confluye de una forma u otra en Mogarraz y sus tradiciones intocables.

El hilo invisible tira de los ojos en los cuadros para atravesar la carne del visitante, lo impulsa hacia calles sin salida, entre los balcones centenarios. No veremos aquí manchas de influencia externa a su pequeño mundo, la suya se trata de una cultura todavía sin edulcorar, y es esta pureza cultural lo que vuelve Mogarraz tan valioso. No es sencillo encontrar hoy por hoy una localidad fiel a sí misma, libre de tiendas de souvenirs y oleadas de turistas ocultando sus misterios. Mogarraz se vale por sí misma para esconder sus secretos. Solo el visitante que se deje empujar por ellos alcanzará a conocerlos.