Los piratas no se atreven a entrar en Santander

Un galeón de siglos pasados ha venido a fondear en su bahía

Galeones españoles en la batalla de Gibraltar en 1607
Galeones españoles en la batalla de Gibraltar en 1607

Subido en uno de los pequeños barcos que pasean turistas por la bahía de Santander, escucho a una chiquilla, no llegará a los siete años, preguntar con dulce inocencia a su padre: “¿Lo habrán traído por el mar?”. El progenitor, visiblemente molesto por la simpleza de su hija, contesta: “¿Cómo iban a hacerlo? Sería imposible navegar eso”. Es su énfasis, tan seguro de la respuesta, lo que ha atraído mi atención. Busco con ojillos ansiosos el punto que señala un dedo minúsculo de la niña, allá en dirección al paseo marítimo de la ciudad y, podrá creerlo el lector, abandono mi faceta soñadora para concordar efusivamente con el hombre. Debe ser imposible navegar eso.

Hablamos de 50 metros de eslora, una manga de 10 metros con otros 3 de calado y 37 metros de calado aéreo, ni más, ni menos. 930 metros cuadrados de persuasión y belicismo, dirigidos en exclusiva a hacer del Imperio español uno de los más grandes de la Historia. En la bahía de Santander ha atracado un galeón y mi mente tararea sus ideas confundida.

El galeón español en la Carrera de las Indias

Claro que hubo un breve periodo de tiempo, duró en torno a los tres siglos, en que cualquiera que hubiese escuchado la respuesta del padre no habría podido evitar que se le escapase una risotada. ¿Cómo no iba a navegar? Hoy en día se nos antoja imposible comprender tantas cuerdas y las velas inmensas, el frágil crujido de la madera sobre el mar espumoso; ni siquiera tenían radares para saber dónde se escondían los arrecifes más peligrosos. Retrocedemos en el pensamiento. Hoy, lo arcaico, aquello que pasó de moda a mediados del siglo XVIII, se nos antoja tan complicado de manejar como un smartphone al corsario Amaro Pargo. Qué exquisita lección de humildad para nosotros.

No parece tarea sencilla descifrar el entramado de cuerdas que recorren el galeón. FOTO: Alfonso Masoliver

Lo cierto es que, sin este amasijo de ideas descabelladas que compuso a los galeones españoles y sus tripulantes, los nostálgicos de nuestro Imperio perdido ni siquiera tendrían razones para lamentarse. Fueron ellos, carne y velamen curtidos, quienes protegieron y transportaron a lo largo de tres siglos la mercancía procedente de las colonias españolas, en lo que se ha considerado una de las rutas comerciales más exitosas de la Historia. Tan solo tres de las flotas que circulaban por la conocida como Carrera de las Indias, fueron capturadas o hundidas por las potencias enemigas. Dos de ellas a mano de los envidiosos británicos y una tercera por mediación de los holandeses, durante la Guerra de Flandes.

Aunque el negocio tenía truco. Los mercaderes asentados en Filipinas y las Américas españolas solo podían, por golpe de ley, comerciar con puertos españoles. Y estaban obligados a pagar el conocido “quinto real” como impuesto por sus ganancias.

Este vaivén de preciados productos (especias, oro, plata, cacao...) codiciados por las potencias menos afortunadas, derivó en una retahíla de ataques contra los navíos españoles - algunos liderados por nombres tan sonados como Francis Drake - que obligó a crear un tipo de navío que aunase la capacidad de carga de la nao portuguesa y la maniobrabilidad de las carabelas. Serviría como barco de transporte tanto como defensivo, en ocasiones llegando a unirse 30 de ellos en cada expedición, semejantes a ciudades ambulantes delimitadas por la disciplina, la adicción al mar y, como no, alguna que otra imprecación marinera.

Una imagen cedida por el fotógrafo Ale Mallado muestra al galeón Andalucía, réplica del navío del siglo XVII, llegando al muelle 84 del río Hudson en agosto de 2013, en Nueva York (EE. UU. ).

Caos entre los piratas al divisar los galeones, dominio español sobre las aguas caprichosas del Atlántico. No sería hasta el humillante siglo XVIII, con la pérdida de tantas colonias de ultramar, los continuos huracanes y la censura inquisitorial de los libros de territorios protestantes acerca de nuevos avances en tecnología naviera (o de cualquier tema en general) cuando los galeones españoles se retrasaron en la competición armamentística de Europa y la Carrera de las Indias desapareció del mapa.

Una visita al galeón Andalucía

Pero todavía queda un galeón cercenando las olas del mundo. Un lobo solitario desprovisto de colmillos. Sin mercancía que transportar ni bandera por la que morder otras quillas. Hoy está anclado en la capital cántabra y allí seguirá hasta el 15 de septiembre, cuando sus velas vuelvan a hincharse y le lleven a Coruña. Porque es evidente que navega, fui a visitarlo tras las dudas de la niña y lo hace sin problemas, siempre olfateando las ristras de viento, apenas ayudado por un motor cuando el mar amenaza con calma chicha.

Ha navegado hasta Shanghai, Sri Lanka, Djibouti, Haifa, Estambul, Malta, Puerto Rico, Jacksonville y Nueva York. ¿Cómo no iba a navegar?, querría decir ahora al padre de la cría. ¡Si siempre ha navegado!

Así se ve desde uno de los cañones del galeón la bahía de Santander. FOTO: Alfonso Masoliver

Abre su interior al visitante con un orgullo inesperado. Después de tres años de investigación en los principales archivos históricos y navales de nuestro país, seis meses de diseño y diecisiete de construcción por mediación de la Fundación Nao Victoria, esta criatura con casco de fibra de vidrio, recubierta con madera de pino e iroko, fue botada en Punta Umbría en noviembre del 2009. Por el momento descansa en Santander, impregnada con el alma de sus antecesores, todavía con el ojo atento por si algún pirata se atreviese a fondear en la bahía. En su interior se reproducen con exactitud deliciosa los detalles de un galeón de la época, camarote del capitán y cañones de banda incluidos, también serpentean sobre el visitante los laberintos de cuerdas recias dedicados a abrir las velas. Diferentes bolas de cañón parecen esperar con impaciencia hasta ser disparadas, las hamacas se balancean al compás en la bodega.

Puedes ir a visitarlo por seis euros la entrada e imaginarte con el disfraz que más te convenga. Quizá seas un almirante de alta cuna, oteando el horizonte y liderado por la ambición; un dulce marinero, fregando y cincelando y murmurando historias de sirenas; un soldado de la marina, recto, muy serio, con la mano siempre próxima al cañón templado. Solo el disfraz de pirata está cogido, ya que, según me dijeron los tripulantes del galeón Andalucía, todas las noches deben montar guardia para salvarse de los abordajes que muchos borrachos procuran realizar cuando atracan en cualquier puerto.

Pero incluso ellos retroceden con rapidez al ordenarlo el galeón. Cruje el mástil, cabecea la proa, cien cañones fantasma retumban en la mente del borracho antes de impulsarle lejos de la cubierta. Aquí viene su aviso: si eres pirata, corre lejos de Santander, no salgas al mar todavía. El galeón ha despertado y es él quien te vigila.