Arcos de la Frontera, una fantasía blanca en la época musulmana

Antes de adentrarnos en las bellezas cristianas de la ciudad gaditana, jugamos a la arqueología mientras buscamos los restos de lo que un día fue capital de taifa

Arco de la Plaza del Cabildo, en Arcos de la Frontera.
Arco de la Plaza del Cabildo, en Arcos de la Frontera.Alfonso Masoliver

El año es 1252. Arkos se ha transformado con el paso de los años bajo el dominio musulmán en una ciudad próspera, abierta al comercio, hermosa, lisonjeada con flores perfumadas cada mañana. El bullicio de las calles la embarga de emoción. Observa entrar a los mercaderes con las ánforas pulidas y repletas de deliciosos líquidos, los niños juegan por sus calles de piedra lisa con infantil actitud. Toda blanca, se siente muy orgullosa por brillar, pero es todavía más, ha conseguido después de años de luchas convertirse en capital de taifa, la taifa de Arcos. No ostenta tanto poder como la de Córdoba o Granada pero es una taifa al fin y al cabo. Una taifa chiquita pero muy hermosa.

La mezquita desaparecida

El visitante accede a este pedazo de historia, mitad cal blanca y la otra mitad imaginación, a través de las estrechas callejuelas que amenazan con raspar su preciado coche. El sufrido proceso de los viajes en el tiempo podría desintegrar nuestro vehículo, Marty, es preciso estabilizar el condensador de fluzo. Pero lo lograremos. Cuesta arriba por el casco histórico de la ciudad consigue aparcar en la Plaza del Cabildo y respira aliviado. Una primera ojeada pasa junto al excelente mirador de esta misma plaza, en el paisaje que la rodea con tonos amarillentos y glaucos. Mirando hasta el punto donde el horizonte y su compañero azul se enredan, la visión podría haber sido sacada de cualquier periodo de tiempo, año cero, facilitando al visitante la tarea de recordar a la ciudad cuando fue capital de un reino.

Losa datada en la época musulmana de Arcos. Algunos expertos afirman que la imagen representa el Árbol de la Vida. FOTO: Alfonso Masoliver

Pero hoy propongo una nueva forma de ver Arcos de la Frontera. Dejemos de lado la belleza que le fue añadida tras la conquista cristiana de la ciudad, en 1253 por mediación de la espada de Alfonso X, y rasquemos la piedra como harían los arqueólogos, con la vista puesta en pequeños detalles casi invisibles entre sus cimientos, esquinas concretas, que permitan descubrir el velo y mostrar otro rostro de la ciudad. Con los ojos puestos en la impresionante Básilica Menor de Santa María de la Asunción, comprendemos que se encuentra en el punto más elevado de la localidad, una zona excelente para edificar cualquier edificio religioso. No sorprende descubrir que aquí se asentaba una mezquita años atrás, y que donde ahora repican las campanas con pasión arrobadora, antaño llamaba el reflexivo imán a la oración.

En el lado izquierdo de su fachada obtenemos la pista más fiable. Un gran bloque de piedra lleva grabada la imagen de un árbol muy frondoso. Las opiniones de los expertos otorgan diferentes significados a este último reducto de la mezquita, algunos consideran que se trata de una representación de lo femenino (el sustento) y lo masculino (lo fálico) aunque la mayoría señalan este grabado como el Árbol de la Vida. Sus ramas simbolizan el cielo, el tronco significa la vida terrenal y las raíces representarían la muerte.

El círculo Sufí

Un pequeño círculo formado por 12 piedras rojas y 12 piedras blancas se sitúa también en un lateral de la Basílica. Otro misterio, pequeño. Años atrás se encontraba en el interior del recinto religioso y se dice que en su interior se exorcizaba a los niños antes del bautismo, pero su origen se remonta tan atrás como la época musulmana. Entonces también se le otorgaba una simbología sagrada. Pequeñas marcas que representan diversas constelaciones hacen suponer a los expertos que se trata de una construcción Sufí. Los sufis pertenecen a una rama del islam conocida por su inmersión en el plano más místico de dicha religión, siendo muy habituales sus seguidores durante el medievo.

El círculo Sufí. FOTO: Alfonso Masoliver

Nadie sabe con exactitud qué uso se daba a esta piedra. Para algunos se trata de un centro de energía espiritual y para otros, una muesca más de la presencia musulmana en la ciudad. Aunque resulta muy interesante conocer que fue utilizado para prácticas tanto musulmanas como cristianas.

El barrio judío

Resulta delicioso observar cómo en cada ciudad que adquirió importancia durante el medievo, es posible encontrar un barrio judío. Cáceres tiene uno, y Toledo y Córdoba y también Arcos de la Frontera. En la ciudad gaditana es de calles estrechas, los balcones casi alcanzan a besarse. Hoy pueden verse mantillas colgadas, cada una de un color, meciéndose entre los bocados de viento que logran deslizarse hasta aquí.

Poco queda ya de la esencia que conformó esta judería. Se sabe que existió por crónicas de la época, y que se puede acceder a ella a través del ahora conocido como Callejón de las Monjas. Su sinagoga, al igual que ocurrió con la mezquita musulmana, fue sustituida por un edificio cristiano, en este caso la Capilla de la Misericordia.

Así se ve el barrio judío en la actualidad. FOTO: Alfonso Masoliver

Aunque el aspecto más interesante en lo que respecta a la influencia judía en la ciudad viene del aliento de una leyenda. Se dice que fue uno de los nietos de Noé, el mítico rey Brigo, quien fundó la ciudad de Arcos muchos milenios antes de que ningún musulmán se pensase aparecer. Entre las ciudades que se dice fundó en Iberia, también se encuentra Talavera de la Reina.

El jardín Andalusí

Un último paseo por la resaca musulmana en la ciudad, antes de lanzarnos a conocer su lado cristiano y su desarrollo a comienzos del siglo XX. Este pequeño refugio de calma está moteado por el suave arrullo del agua y un relajante compás de árboles cuidados. Se puede entrar de forma gratuita a través del Palacio del Mayorazgo, un edificio rico en Historia donde se celebran numerosas exposiciones de arte y cuyo patio es a su vez el más antiguo de la ciudad.

Merece la pena deleitarse con una belleza más longeva que ninguno de nosotros y sentirnos muy pequeños mientras la paseamos. Aunque el efecto no termina realmente hasta que encontremos el restaurante Aljibe, delicioso en su preparación de platos marroquíes. Aquí termina el hechizo, directo en el paladar, y nuestra aventura arqueológica por Arcos de la Frontera alcanza su acto más placentero.