Encontré un laboratorio de la naturaleza en el Real Jardín Botánico de Madrid

Un paseo entre los 5.000 ejemplares de árboles y plantas que guarda el Jardín en el Paseo del Pardo contiene grandes dosis de magia y ciencia centenaria

No sabría explicarlo con precisión pero siempre tengo la impresión de que un jardín botánico no reporta las mismas sensaciones que un parque. Parques y jardines botánicos poseen áureas diferentes. Los primeros responden a definiciones de diversión, descanso, familia, amor; los segundos resultan mucho más complejos. En ellos puede apreciarse, observando las hojas de cualquier color imaginable salidas de los cuentos más originales, un residuo de magia arcaica cuyos jardineros riegan y podan con la misma delicadeza que un hechicero inventa un nuevo embrujo. Estos enormes laboratorios de fantasía cuentan en Madrid con el más grande, más variado y asombroso de España: el Real Jardín Botánico.

Dime qué piensas tú al encontrar una dalia en flor, parecida al fuego, purpúrea en los bordes y blancuzca en su parte interior. Una llamarada de vida traída desde México en 1789 y que aún perdura. Pero antes de lanzarnos de cabeza en la piscina de las sensaciones, volvamos atrás para saber por qué existe esta maravillosa esquina de colores en la capital.

Breve historia del Real Jardín Botánico

Podría decirse que el Real Jardín Botánico nació de la simiente que plantó (valga la redundancia) Fernando VI en la Huerta de Migas Calientes, actual Puerta de Hierro, en 1755. Dos mil simientes, para ser exactos. No fue él quien se manchó las manos con la tierra, esto es evidente, pero fueron él y el famoso botánico José Quer quienes seleccionaron este excelente muestrario de plantas traídas de toda España y regiones de Europa, en especial italianas. Tuvo que ser un proceso apasionante. El segundo rey Borbón, apodado “el Prudente” hizo gala de su carácter pausado al comenzar este hermoso proyecto, regalando a España una de sus joyas naturales más hermosas.

Pero son tantas plantas. Tantas esquirlas de belleza diseminadas por el mundo, abiertas de par en par a la espera del hombre que las descubra. Tan tentadoras. No debieron pasar demasiados años hasta que el jardín tuvo que ser trasladado por motivos de espacio, en 1774 por orden de Carlos III, a su emplazamiento actual en el Paseo del Prado. Esa bonita calle madrileña que alberga a su vez el Museo del Prado y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, haciendo gala de una belleza tras otra, casi hasta estallar. Carlos III mató dos pájaros de un tiro junto a su segundo, el Conde de Floridablanca (me encanta cuando los nombres encajan de forma tan deliciosa), al utilizar un viejo descampado, cubierto de malas hierbas y conocido por su feo aspecto, para emplazar una colección botánica que ya cuenta con 5.000 especies de árboles y plantas de todo el mundo.

Aunque la historia del Jardín no escapa a desgracias. Durante los años de la ocupación francesa fue casi abandonado pese a ser considerado como uno de los mejores de Europa, las malas hierbas asfixiaban a los delicados ejemplares traídos de Filipinas o Perú, los setos podados con esmero se desmelenaron hasta mostrar una mal cuidada cabellera. También sufrió sus penurias durante el segundo tercio del siglo XX, hasta que fue cerrado en 1974 para llevarse a cabo importantes reformas. En 1981 volvió a abrir para deleite de los madrileños y del mundo en general, mostrando un aspecto fiel al de sus inicios, con aromas a jardín francés y agradables bancos donde sentarse y leer un libro hasta la hora de cierre.

Qué hacer en el jardín

¿Qué hacer? Es una pregunta peliaguda. ¿Qué harías tú si posases tus pies en el Jardín del Edén, o lo más próximo que tenemos en esta tierra de pecadores? Pasear con las manos echadas a la espalda, aspirar amplias y perfumadas bocanadas, asombrarte con formas inimaginables para el ser humano cotidiano, leer un buen libro, perderse entre los arbustos para huir durante unas horas del estruendo de la ciudad. Evadirte del mundo y encontrar el mundo a una misma vez, renegando de la piedra tallada para regresar a una época más sencilla y natural.

Mi recomendación sería que te limitases a dar ese paseo, con los ojos bien abiertos en busca de misterios. Una de las joyas de la corona que guarda tras sus muros sería la colección de bonsáis, donada por el ex presidente del Gobierno Felipe González Márquez y que se exhibe desde el 2005 en la Terraza de los Laureles. Hasta 61 ejemplares de tejo, sabina negra y albar, alcornoque, encina, acebuche, haya, machuelo, olmo y muchos más han sido reducidos por medio de algún sortilegio (que tiene truco, como todo) para nuestro disfrute. Algunas de las especies traídas de Japón, China y Sudamérica han sido preparadas por importantes maestros japoneses del bonsái, como Saburo Kato y Kimura, no es increíble, hechiceros de la naturaleza han acudido hasta aquí para regalarnos sus conjuros. Solo para nosotros.

La Terraza de los Cuadros, en el desnivel inferior del Jardín, podría considerarse algo así como una enorme estantería verduzca, dividida en pequeñas secciones que delimitan los arbustos de boj, exquisitamente recortados. Aquí se encuentran las plantas ornamentales y aromáticas, las medicinales y las frutales. Toda la bondad que tienen las plantas para regalarnos, ellas tan desinteresadas, se presenta en esta sección del Jardín. Las frutas no se recogen nunca, permitiendo al visitante conocer cada fase de su crecimiento, y un encantador “hotel de insectos” instalado a su lado permite desarrollar con completa naturalidad los procesos de polinización. Quizá sea la zona más didáctica, ya que es aquí donde podremos comprender las propiedades medicinales de numerosos ejemplares, en ocasiones sorprendentes (¿sabías que los dientes de león son un excelente cicatrizante, o que las hojas y flores de malva infusionadas suponen un útil remedio para la fiebre?)

Y cómo olvidar los invernaderos, recipientes de cristal rellenos con todo tipo de recetas. Aquí podremos conocer plantas que no aguantarían el clima madrileño, desérticas o tropicales, helechos o musgos, acuáticas, cuidadas con mucho mimo por los jardineros. Entrar en ellos supone un salto en el tiempo y el espacio, a lugares lejanos que solo pudimos leer en los libros o imaginar en sueños salvajes, y en su interior se respira el profundo olor al verde de las plantas. ¿Conoces el aroma a verde? Es tan fantástica la magia del Jardín que incluso los colores contienen aromas.

Exposiciones temporales

Pero la naturaleza es fugaz, en ocasiones. Caprichosa, también. Dedicamos meses, quizá décadas de paciente espera hasta que una de las plantas se muestre con todo su esplendor y, en el espacio de pocos días, ¡puf! La flor codiciada desaparece sin dejar rastro, como riéndose de nosotros. Semejante a lo que ocurre con la Flor de Arya, que solo crece en el Himalaya una vez cada 400 años.

Las exposiciones temporales en el Jardín imitan esta fugacidad, se muestran durante unos meses y luego desaparecen. Por esta razón es importante visitarlas, antes de que se nos escapen. Mientras escribo este artículo se prepara la exposición Entre Manila y Cantón. Arte botánico de Asia en el Real Jardín; reunirá por primera vez, desde el 12 de septiembre hasta el 8 de diciembre, los dibujos originales de tres expediciones españolas lanzadas entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX: la Comisión de Juan de Cuéllar en Filipinas, la Expedición marítima alrededor del mundo de Alejandro Malaspina y la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna que dirigió Francisco Javier Balmis.

Destellos de botánica se suceden en el Jardín durante las exposiciones. Y si por cualquier razón no puedes acudir a esta, no hay problema. Antes de que queramos darnos cuenta vendrá una nueva exposición para asombrarnos.