Cuatro escapadas perfectas a una hora de Madrid

Ideales para disfrutar de un fin de semana fuera de la capital, estas cuatro escapadas por sus alrededores son altamente recomendables

Cada fin de semana parece ser el último antes del confinamiento que tanto tenemos. Ya fue el último para 45 zonas de la capital. Por esto hace falta intentar rascar un viaje más, una pequeña escapada a menos de una hora de la ciudad de Madrid con la que disfrutar del fin de semana. Pero aquí entra un punto a favor en nuestro maravilloso país. Basta hacer un círculo sobre el mapa en torno a la capital para encontrar un puñado de pueblos con encanto e historia donde ir a cumplir esta clase de deseos, aunque yo me limitaré a recomendar nada más que cuatro. Mis favoritos.

Real Sitio de San Ildefonso

Al igual que ocurre con la región de Versalles en Francia, la historia de esta población viene de la mano del Palacio Real que todavía hoy puede visitarse. El primer palacio con el que contó fue el de Valsaín, fundado por Enrique IV de Castilla como residencia de caza y hoy ruinas, sustituido en esplendor por el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso. Este precioso edificio de estilo rococó fue mandado construir por Felipe V, primer rey Borbón de España, precisamente siguiendo las directrices del Palacio de Versalles donde nació y se crio hasta adquirir la corona española. Un paseo por sus limpios jardines de corte francés, así como el interior de sus lujosas habitaciones, es el aproximamiento ideal para comenzar una visita.

El Palacio Real de Riofrío, construido por órdenes de la ambiciosa Isabel de Farnesio, encaja a la perfección con la visita al Palacio Real de la Granja. Aunque sea de un estilo más sobrio que el anterior, una visita a sus habitaciones permitirá conocer las intrigas tempranas de la dinastía Borbón y las luchas de poder que llevaron a Carlos III a gobernar España. La Real Fábrica de los Cristales, hoy un museo dedicado a explicar la elaboración del vidrio, tampoco puede faltar en la visita.

Si se buscan unas gotas de campo para condimentar la visita, quizá lo más apropiado sea visitar las lagunas de Peñalara. Esta montaña situada en el interior del Parque Natural de Guadarrama supone una explosión de naturaleza a menos de 80 km de la capital, y sus lagunas parecen dispuestas a recibirnos. La laguna Grande de Peñalara es la más conocida, aunque no por esto dejan de merecer una visita la laguna de los Pájaros y la laguna de los Claveles.

Dónde comer: los nidos de patatas paja rellenos de rabo de toro en la Taberna del Pelón no pueden faltar en la visita.

Los pueblos negros de Guadalajara

El plan ideal para pasar el fin de semana, de viernes a domingo si es posible. Una ruta por los pueblos negros, llamados así por la teja negra que se utiliza para su construcción, supone el recorrido perfecto para conocer el lado más auténtico de Guadalajara. Pero lo mejor sería visitarlos con calma, sin las prisas de la capital, quizá buscando alguna ruta alternativa para hacer por el campo que los rodea, algo así como una pequeña escapada dentro de nuestra escapada.

La primera parada sería Tamajón, bastión de los Mendoza. Siguiendo esta línea, la primera visita del pueblo tendría que ser el Palacio de los Mendoza, construido en el siglo XVI y muestra ideal del poder que la familia ostentó durante los últimos años de Castilla y los primeros de España. Tras hacer una piadosa visita a la sobria ermita de la Virgen de los Enebrales, recomiendo unas horas de paseo por el campo, mitad natural y la otra mitad mágico, en este caso por la Ciudad Encantada de Tamajón. Este parque natural de formaciones rocosas kársticas, de calcáreas y calizas formadas a lo largo de miles de años, es muy parecido a la Ciudad Encantada de Cuenca. El pueblo de Majaelrayo, siguiente parada, supone un éxtasis de la arquitectura negra. Casi tememos no encontrar las casas cuando asoma la noche. Utilizando el agua como punto principal de la visita, es posible pasear por la tranquila localidad observando las fuentes que la motean y los baños de Robledo, conocidos por su agua curativa. Un vistazo a su museo con fotografías de época para conocer la historia de la región es el final perfecto.

A 12 km de Tamajón puede encontrarse uno de los pueblos negros más bonitos, Campillejo, cuya visita consistiría en el simple y lento pasear por sus calles, deleitándonos con sus ladrillos de pizarra, palpando la humedad de sus muros. No nos extrañará que el nombre de esta localidad suena cada vez con más existencia como posible candidato a Patrimonio de la Humanidad. Campillo de Ranas, el último pueblo de esta ruta de fin de semana, no se queda atrás en belleza. Su reloj solar situado en la Plaza Mayor desconcierta al visitante, le arranca del suelo para transportarle a viejos tiempos que pensó que nunca viviría. Sus calles, vigiladas por la iglesia de Santa María Magdalena, hacen de eco en este viaje cargado de fantasía.

La Guardia

En la provincia de Toledo, bajando en dirección a Andalucía por la A-4, este pequeño y encantador pueblo se descubre al visitante cargado de belleza e historia. De una importancia estratégica crucial durante los años de la Reconquista, por sus callejas han paseado reyes conquistadores, caballeros heroicos y hombres santos por igual. Se respira en el suelo, se puede sentir al palparlo con nuestros pies. Es esta explosión de Historia la que permite visitar numerosos monumentos y edificios de importancia en esta localidad que no llega a los 2.500 habitantes.

Lo más recomendable es, si se desea ejercitar las piernas, dejar el coche en el aparcamiento y realizar a pie la totalidad de la visita. La ermita del Santo Niño, situada a 3 kilómetros de la localidad, bien podría ser el primer paseo con que desempolvarnos. Esta bellísima ermita excavada en roca (a semejanza de los edificios en Setenil de las Bodegas), se levanta rodeada por una lóbrega historia. Según cuenta la leyenda, un niño fue sacrificado en este lugar debido a un ritual realizado por judíos a finales del siglo XV, aunque no existen pruebas físicas de ello. La Casa de los Jaenes, de arquitectura barroca y actualmente un museo etnográfico de la zona, tampoco puede faltar en la visita de los amantes de la antropología rural, además de que su fachada y su patio interior conseguirán descubrir uno de los lados más hermosos de la arquitectura rural del siglo XVIII.

A lo largo de su paseo, el visitante podrá comprobar la existencia de las ruinas de una muralla que antaño protegía a la población. Es en este momento cuando podrá percatarse de la importancia estratégica de La Guardia, aquí podrá escuchar el chasquido del acero, el sonido escalofriante de la ropa desgarrada y, en última instancia, un único y potente aullido de victoria. Pero demos la vuelta, busquemos un lado más relajado de la localidad. Podríamos encontrarlo en sus casas cueva, construidas en el interior de la roca y portadoras de un encanto particular. O quizá en las Bodegas Martúe, próximas a la localidad y productoras de un vino de excelente calidad, disfrutando de un divertido recorrido enoturista con cata de vinos incluida.

Dónde comer: algunas de las cuevas pueden alquilarse para reuniones de amigos y, todo quede dicho, gozar de un agradable almuerzo en el interior de una de ellas, a la luz de unas pocas velas, es el plan perfecto.

Chinchón

Uno de los pueblos más encantadores de la Comunidad de Madrid. En este caso no hará falta salir a nuevas tierras para disfrutar de las delicias que los madrileños tienen para mostrar a sus visitantes. Al igual que puede hacerse en La Guardia, la idea más acertada sería aparcar el vehículo en las calles exteriores del pueblo y disfrutar de un primer paseo a la Torre del Reloj junto a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, desde donde se obtienen unas vistas deliciosas de la localidad. Bordear Chinchón, de punta a punta hasta su castillo, sería la segunda parte.

También llamada el Castillo de los Condes, esta fortaleza en ruinas y abierta (algunos días) al público permite conocer una doble faceta de la localidad. En primer lugar, su historial defensivo, rodeado por un profundo foso y todavía convaleciente de las heridas recibidas durante los ataques comuneros en 1520, o el duro asedio de tres días que sufrió durante la conquista napoleónica en 1808. Un segundo plano de la visita puede encontrarse al pasearse por sus estancias interiores, algunas de ellas recubiertas de azulejos y guardando extrañas maquinarias cuyo uso nos sorprenderá: el castillo fue utilizado durante el siglo XX como fábrica de anís (el sabroso anís de Chinchón), hasta su abandono definitivo.

El punto final de la visita se encuentra en la Plaza Mayor que habíamos dejado para el final. Amplia y amable a la luz del sol, se ve salpicada de agradables terrazas donde saborear una cerveza con aceitunas y alegrarse del lado bueno de la vida. En las plantas bajas de numerosos edificios pueden encontrarse pequeños negocios de bollería y panadería, ideales para hacernos con un recuerdo que llevar a casa, un pedazo de Chinchón que guardar con mimo hasta que sea hora de esconderlo en el estómago.

Dónde comer: la Plaza Mayor cuenta con un buen puñado de restaurantes, todos de excelente calidad, en los que probar algunos de los bocados típicos de la región.