Castillos, alcázares, fuertes, fortalezas, alcazabas, palacios... aprende a distinguirlos

Es habitual confundir la terminología de cada una de estas brutales muestras de arquitectura del poder

No dejaré de insistir en la importancia que supone saber qué estamos visitando. En numerosas ocasiones, entre las que me incluyo, pecamos de lanzarnos entusiasmados a conocer este u otro lugar del que nos hablaron, esta imagen mágica que nos enseñaron, y allí corremos, cámara en mano para sacar nuestra fotografía particular. Es excitante. Pero pienso que vivimos en una época olvidadiza con los detalles, todavía ansiosa por conocer, sí, aunque demasiado ajetreados para pararnos a adquirir conocimientos de calidad. Esos detalles, estos tecnicismos en ocasiones desdeñados, son los que consiguen envolver en un bonito paquete las nuevas dosis de conocimiento hacia las que corrimos con tanto entusiasmo.

Por esta razón, por qué no, este artículo irá dirigido a los tecnicismos olvidados. Así saldremos beneficiados en un doble sentido: nuestro conocimiento será mayor y haremos más complicado que terceros nos engañen.

Palacios

Según el diccionario del uso del español de María Moliner, un palacio es una “casa grande y lujosa, especialmente cuando sirve de residencia a un soberano o un noble”. También “se emplea el nombre propio de un edificio público gubernamental”, como podría serlo el Palacio de Justicia. El palacio se trata de un edificio casi tan antiguo como el poder, los primeros datan de tan atrás como la Edad Antigua, consiste precisamente de una representación física del poder, no tanto desde un punto de vista militar sino político, también económico. Por esta razón se denomina palacete a algunas mansiones de personajes influyentes.

Los criterios estéticos que sigue un palacio pretenden denostar este poder de riquezas y control político. Serán bellos, graciosamente ornamentados, algo así como elaborados cuadros recreados para el goce y disfrute de un mecenas caprichoso.

El Palacio da Pena quizá sea uno de los mejores ejemplos para comprender qué es un palacio. Construido por órdenes del rey regente de Portugal, Fernando II, resulta en una brusca explosión visual desde lo alto de su peñasco en Sintra. Bastaría un rápido vistazo a sus delicados muros de azulejo, al tono intenso que colorea de rojo y amarillo las zonas libres, para comprender que esta edificación nunca fue construida para aguantar una guerra. Bastarían dos cañonazos bien colocados para derrumbarlo. El Palacio de Invierno en San Petersburgo, el Palacio Real en Madrid, el Palacio de Versalles cerca de París, todos estos son construcciones dirigidas a una alabanza, que es tanto al poder de quien lo habita como del arte que supura. Un palacio es la residencia de una figura de poder, deliciosamente decorada y testigo de algunas de las celebraciones más fastuosas de sus países.

Fortaleza

Si el palacio venía de la mano del poder, una fortaleza siempre se levantó acompañada por las trompetas de la guerra. Una fortaleza necesita de la guerra para su supervivencia, de la misma manera que la guerra necesita de una fortaleza para persistir. Al hablar de una fortaleza como podría ser la situada en San Martín de Montalbán, Toledo, hablamos de la estrategia hecha piedra, de una edificación cuyo fin primero y último es en exclusiva la guerra. No las habitarán importantes reyes ni se celebrarán fiestas entre sus muros, apenas si estarán decoradas. La vida en el interior de una fortaleza era parca, exenta de lujos o glamour, y más acostumbrada al sonido chirriante del acero siendo afilado.

Una fortaleza implica poder, un poder bruto y cruento y temeroso de ver su final. Ya existían en la Edad Antigua. Hechas de piedra apenas sin ensalzar, sencillas en cuanto a adornos se refieren pero, una vez entramos en una de ellas, tremendamente complicadas en cuanto a su defensa; componen laberintos de túneles secretos y saeteras para acabar con el enemigo y murallas casi tan altas como una nube. Murallas. Una fortaleza sin murallas no sería una fortaleza y, si estas son pequeñas y el edificio reducido, se consideraría un fuerte.

Su colocación sobre el terreno venía dada a partir de las situaciones bélicas del momento. Se situaban en pasos fronterizos, regiones revoltosas, zonas de costa. La Fortaleza del Real Felipe en Callao, Perú, es un ejemplo exquisito de fortaleza. Su uso fue militar en exclusiva, dibujada sobre el terreno con la forma de estrella tan habitual en este tipo de construcciones en el siglo XVIII. Los habitantes de las fortalezas no eran juglares, damas delicadas y reyes, sino guerreros, hombres destinados a aguantar la posición de piedra que se les entregó aunque les fuera la vida en ello.

Castillos

Su uso es fundamentalmente residencial, aunque aquí entra el truco: un castillo podía ser utilizado como fortaleza, llegado el momento. Podría decirse que se trataba de una representación de poder tanto económico y social como militar. Su construcción de piedra resistente a los ataques, además de limitados sistemas de defensa colocados en caso de que fuera necesario, permitían transformar este tipo de construcciones dedicadas, estas sí, a la residencia de importantes personajes, en puntos de defensa bélica.

Si la vida nos sorprendiese para transportarnos al medievo y nuestros huesos fueran a parar a un castillo, aquí sí que veríamos juglares y damas y reyes. Rodeados por bonitos adornos que tapaban la piedra desnuda. Un castillo podría considerarse la mezcla ideal entre una fortaleza y un palacio, se trata de un palacio resistente en caso de problemas y, dependiendo del castillo, tirará más hacia uno u otro lado. A los castillos fortificados se les conoce también como alcázar, al igual que ocurre con el Alcázar de Segovia, aunque este término también se utiliza para designar a los palacios musulmanes que más tarde fueron reformados por reyes cristianos. Otra cosa serían las alcazabas musulmanas, básicamente recintos urbanos fortificados.

Ejemplos: el Castillo de Bellver, construido en Palma de Mallorca por orden de Jaime II, fue residencia de reyes (palacio) pero a su vez dirigido a ser prácticamente infranqueable en caso de ataque (fortaleza). Es un castillo fortaleza y cualquier soldado británico que quisiera atravesar sus muros debía pagar su precio en sangre. El Castillo de Butrón en Vizcaya, levantado durante el siglo XIX por el marqués de Cubas, quizá sea la muestra ideal para conocer los castillos dirigidos a un uso más residencial que militar, donde prevalece en mayor medida su diseño estético que sus capacidades defensivas.

Que no te engañen

El lector viajará a sus apasionantes destinos y se encontrará con que llaman fortaleza a los castillos y castillos a los palacios y dirá, Alfonso Masoliver me engañó con su artículo, puede que incluso el guía mismo se lo diga. No desconfíe. En muchas ocasiones, por lo habitual con fines publicitarios, se utilizan los nombres equivocados para dar más importancia a la construcción y atraer así más visitantes. Errores que terminan por trascender a Internet, donde el título equivocado perdura.

Pero ya lo sabemos. Si un rey gobernaba durante un periodo de paz y no tenía nada que temer, reposaba su regio cuerpo en el palacio. Si el rey gustaba de vivir entre lujos pero con límites, si los tiempos eran delicados o era un monarca guerrero, o la guerra arreciaba en sus territorios, se trasladaba rápidamente al castillo. En el caso en que el rey se lanzase a una campaña y quisiera guarnecer a sus tropas, o debía huir de sus castillos y de sus palacios porque los enemigos le cercaban, en ese caso y si le acompañaban los consejeros correctos, galopaba veloz a una fortaleza. Allí es donde más seguro estaría. Los entusiastas de El Señor de los Anillos sabrán ahora por qué el rey Théoden se trasladó de su palacio en Édoras a la fortaleza del Abismo de Helm, cuando las tropas de Saruman se lanzaron sobre el reino de Rohan.