Si tuvieses que elegir una isla desierta, sería una de las Cíes

Aventura, naturaleza y soledad son los adjetivos ideales para describir una visita a las islas gallegas más hermosas

No hay otra respuesta posible a la pregunta, en especial a día de hoy. Siempre me resultó extraño que la gente pensara en islas lejanas y chiquitajas, con nada más que cocoteros para jugar al fútbol y destrozarse los dedos, cuando a pocos kilómetros de Vigo contamos con tres islas deliciosas y de fácil acceso sin pruebas PCR, pago de visados o conversaciones incómodas con guardias de aduana. El Caribe, bueno. Es muy bonito pero termina por resultar poco práctico.

Claro que ninguna de las islas está desierta en realidad, la habitan los guardias del Parque Nacional que componen y la Xunta de Galicia permite la entrada a 2.000 visitantes al día, pero no hace falta detenerse en los tecnicismos. Estas islas siguen intactas a la mano del hombre y solo pueden visitarse entre el 15 de mayo y el 15 de septiembre, además de Semana Santa, mientras el resto del año las domina un silencio ensordecedor. Creo que nunca he entendido por qué iba nadie a complicarse con ninguna otra isla teniendo tan a mano un futuro Patrimonio de la Humanidad.

Isla de Monteagudo

También conocida como la Isla Norte o de Arriba. Cuenta con un pequeño embarcadero para permitir a los barcos atracar en ella y un bonito restaurante, muy cerca de dicho embarcadero, facilita calmar al estómago o hacerse con un bocadillo con el que nutrirnos antes de empezar la caminata. Si bien podría dedicarse el día entero a disfrutar de la amabilidad de su Playa de las Figueiras o la Playa de las Margaritas, también sería bueno zambullirse en la maraña de pinos y arbustos achatados que decoran la isla para subir al Alto del Príncipe, 110 metros de pendiente fácil y que aporta las vistas más completas que pueden obtenerse de la isla, además de una visión deliciosa de la próxima Isla del Faro.

Se trata esta de una de las islas más restringidas del archipiélago (no es posible visitar el Monteagudo que la nombra) pero a la vez, aporta al visitante los aromas ideales para imaginarse encerrado entre sus costas. Se barajan los olores delicados de los pinos con el despiadado olor a sal del mar, en una simbiosis ideal de naturaleza enfrentada, hasta que uno de los dos termina por doblegarse al otro, el mar o la tierra que guarda esos pinos. Entonces remontan los olores, zigzaguean por los senderos y pertenecen a la tierra, alcanzan su clímax en el Alto del Príncipe y vuelven a caer, casi aparentando una perdición, de vuelta al mar que parecía haberlos liberado.

Isla do Faro

Hay quien dice que la playa de Rodas que une la Isla de Monteagudo y la Isla do Faro (o del Medio o de Abajo) es la más hermosa de España. Y es cierto que cuesta imaginar que haya ninguna otra igual. Caprichosa e indecisa, se extiende entre ambas islas conformando un espectáculo natural difícil de encontrar no ya en nuestro país, sino en el mundo entero. Cuenta la leyenda que el mismo Julio César quiso descansar una temporada en esta playa, entre conquista y asesinato, encabezando la lista de personajes ilustres que todavía hoy experimentan el placer que supone hundir los pies descalzos entre su arena de 6.000 años.

¿Y qué hacer si se visita? Mientras la marea ande alta, separando ambas islas y anegando por la mitad la playa de Rodas, un paseo nunca está de más. Puede probarse a subir en zigzag hasta el faro que nombra la isla o visitar el Centro de Interpretación de la Naturaleza, para aproximarse desde una perspectiva más técnica a la abundante fauna que puebla las aguas frías de su alrededor y su tierra intacta. Así sabrá el visitante que la mayor colonia de gaviotas patiamarillas del mundo se encuentra aquí, que nutrias y erizos bambolean los cuerpos entre los matorrales, y que de una forma u otra también llegaron pequeños lagartos y lagartijas hasta esta esquirla perdida del paraíso. Mi recomendación, sin dudarlo: reservar en el camping de la isla para disfrutar en ella de una noche inolvidable.

Isla de San Martiño

También conocida como la Isla Sur, se desplaza algo más lejos de las anteriores con una rebeldía enternecedora. Quizá sea esta misma rebeldía la que solo permite visitarla a partir de embarcaciones privadas y pidiendo los permisos pertinentes. Se trata, sin duda alguna, de la más misteriosa de las islas Cíes. La playa de San Martiño, blanco sobre azul, recibe a los afortunados con los brazos estirados como muestra de afecto y completamente vacía si se llega a caer un día de suerte.

Ruinas de viejas edificaciones se inclinan derrotadas entre la naturaleza, a las que solo es posible acceder enfrentándose a matorrales y arbustos porque, como debe ser en toda isla desierta, no existen senderos por los que guiarse. El Muiño do Limpiño casi ha desaparecido, abandonado por los hombres al abrazo de las zarzas, aunque su apariencia frágil, todavía resistiéndose a ceder y coloreada por breves rastrojos de líquenes amarillentos, muestra una estampa arrebatadora y cargada de nostalgia por un pasado que no ha de regresar. Algo parecido ocurre con la fábrica de salazón abandonada en el siglo pasado, que lucha todavía contra la sal corrosiva del mar en su misma costa, aunque apenas quedan unas piedras para señalar que alguna vez estuvo aquí. Visitar sus ruinas aporta sabores especiales a la visita, al reconocer que no deben pasar demasiados años hasta que desaparezca por completo, como si nunca hubiese existido, devolviendo al mar y a la isla el terreno que una vez pudo arrebatarle.