El Castillo de Montalbán: fantasía o realidad (I)

Antes de conocer las leyendas que rodean a esta imponente fortaleza, conoce con detalle los elementos que enmarcaron su apasionante historia

Cuando el visitante aparca su vehículo a cien metros del Castillo de Montalbán, nada más que verá un pequeño murete que precede a la muralla principal, así, ruinosos ambos porque el tiempo y la falta de piedad han terminado por desmenuzarlos. Siguen en pie, desde luego, pero no de manera semejante a los castillos reformados que acostumbramos a ver en otros viajes, bien reconstruidos y casi tan limpios que parece que nunca se derramó sangre en ellos. Aquí hace falta andarse con ojo. Un paso en falso y el resbalón será fatal, una flecha rapaz lanzada desde el escondrijo de cualquier saetera añadirá nuestra sangre a la colección de sus muros. No verá el visitante carteles grandilocuentes, ni carreteras asfaltadas, ni siquiera la clásica taquilla para comprar las entradas. El castillo viste de manera idéntica a la que hacía siglos atrás, cuando el todopoderoso Álvaro de Luna merodeaba sus habitaciones, son piedra y cal y barro sus ropajes, quizá algo deslustrados por la edad.

Es tan extensa la Historia que decora como harían las joyas a este monstruoso ejemplo de estrategia hecha piedra, tan importante para la región de Toledo y para España en su conjunto, que he querido desglosar su visita en dos artículos diferenciados, porque lo merece, porque su sangre lo ha pagado. Los periodistas de viajes no somos como los influencers (sin ánimo de ofender), no pedimos plata a cambio de promoción. Nuestro precio es la sangre y el Castillo de Montalbán ha pagado una cantidad tan desorbitada, que este artículo irá dirigido a su historia y un segundo a sus apasionantes leyendas. Puede leerse el segundo artículo pinchando aquí. Del lector dependerá qué faceta prefiere conocer del castillo: una de fantasía u otra de realidad.

Una alcazaba musulmana con futuro

Engañé al lector cuando dije que se trataba de un castillo. Me he dejado arrastrar por esta moda odiosa de simplificar los conceptos que no deben simplificarse. ¿Cómo podría decirse que se trata de un castillo o cualquier concepto sencillo este edificio cuyos muros, algunos de ellos al menos, llevan en pie 1.100 años? Volveré a intentarlo y esta vez procuraré ser sincero. Los muros no son chatos porque alcanzan la desorbitada medida de 18 metros de altura, son tan altos como una nube, y este edificio que mantiene su honor incluso en ruinas fue una alcazaba musulmana antes de ser una fortaleza cristiana, jamás fue castillo. Una alcazaba, se piensa que construida en torno al año 932, donde el invasor musulmán podía dominar los pasos del codiciado río Tajo.

Con la toma de Toledo en 1085 por mediación de Alfonso VI de Castilla, la alcazaba hubo de ser abandonada al victorioso. Aunque no por esto perdió su importancia. Debemos entender que la posición del Castillo de Montalbán (así se llama popularmente), al igual que el resto de fortalezas que se extienden como una alfombra en el salón por la orilla del Tajo, consistía en una marca ideal sobre el terreno. Una chincheta colocada con ferocidad inusitada sobre el mapa que defendería el territorio de Montalbán de posibles contraataques musulmanes y, lo que venía a ser más peligroso, posibles ambiciones caballerescas de nobles cristianos.

Pasó de manos de forma parecida a los cromos en el colegio. Alfonso VIII de Castilla la cedió en 1209 a Alfonso Téllez y este amplió sus murallas para prevenirse de los posibles ataques almohades; en 1216 fue entregada a la Orden de Monfragüe, posteriormente fusionada con la Orden del Temple, y la fortaleza fue posesión templaria durante 87 años, hasta 1221. Fueron ellos quienes construyeron este muro adelantado que creíamos chiquitajo al bajar del coche, que en realidad supone cinco metros de piedra compacta e irreductible. También fueron ellos quienes, debido a una odiosa epidemia de cucarachas que asoló los pueblos de la región hasta hacerse insoportable, prendieron fuego a todas las localidades afectadas y reunieron a sus habitantes en un único lugar, que hoy conocemos como la Puebla de Montalbán.

Como en el juego de la Oca Loca, y tiro porque me toca. “Todo lo que veis”, comenta desde las murallas Óscar Luengo, historiador y guía de la fortaleza, “y más allá del horizonte, perteneció al temple durante esta época”. Se refiere a cientos de kilómetros de llanos, riachuelos, colinas, pueblos. Todo esto fue de la Orden. Luego una mano poderosa empujó a los caballeros de su territorio y lo regaló a Alfonso Fernández Coronel, enemigo acérrimo de Pedro I el Cruel, hasta que dicho monarca castellano acabó con él e hizo suya la fortaleza. Volverá a manos de los Coronel por mediación de una de sus hijas. En 1409 pertenecerá a Fernando I de Aragón. Entre 1437 y 1453 será de Álvaro de Luna, hasta que Juan Pacheco consiguió hacer rodar su prodigiosa cabeza para hacerse con la fortaleza mediante tretas y políticas matrimoniales. Sus últimos propietarios serían los duques de Osuna, desde 1562 hasta la actualidad.

Estrategia hecha piedra

No hace falta decir que la función de una fortaleza era puramente bélica. No sería posible encontrar en estas a reyes rodeados de cortes fastuosas, ni se escucharía el tañido de los laúdes resbalar por las murallas. Los olores de una fortaleza eran más ásperos que los de un asado, se masticaba el sabor metálico del acero. Es por esta razón que cada detalle del Castillo de Montalbán fue diseñado en exclusiva para la guerra. Un foso empedrado de cinco metros recibía con la forma de una sonrisa maliciosa al visitante no deseado, enmarcando el lado sur de la fortaleza mientras el arroyo del Torcón se encargaba de proteger su cara norte. Desde el arroyo hasta la fortaleza hacía falta subir un muro natural, casi vertical, que ningún hombre vivo era capaz de culminar.

Tras el foso, un antemuro o falsabraga construido por los templarios (este mismo que nos pareció pequeño) continuaba el recibimiento. Estampadas en él y diseminadas por el resto de esquinas de la fortaleza, 141 saeteras escupían flechas certeras hasta agotarse las mejillas. Pueden verse en lo alto de las albarranas que ordenó construir Alfonso Fernández Coronel, muy parecidas a las de la muralla de Talavera, también mirando en dirección a la entrada principal y encasilladas en las murallas, donde quiera que se apoye el visitante en un descuido. Tan sagaz era la construcción de la fortaleza que incluso contaba con saeteras falsas, cegadas desde dentro pero de apariencia mortífera para el atacante, todo con el fin de confundirle y causarle mayor temor.

Pero el nombre del terror es la buhedera. Se trata de nada más que un pequeño agujero situado en lo alto de las albarranas, de aspecto inocente y por el que se lanzaba agua hirviendo, arena ardiendo para colarla entre los resquicios de la ropa y heces, humanas o animales, que hacían resbalar a los atacantes para concederles la muerte más deshonrosa. Haría falta visitar la fortaleza y comprobar la colocación de sus entradas, situadas en los laterales para dificultar la carrera de los arietes colina abajo, para comprender hasta qué punto se trataba esta de una obra de arte. Un arte peculiar, de una belleza temible y poco común. Es el arte de la guerra hecho piedra, calculado al detalle por mentes más astutas que las nuestras.

Una historia real

Ahora solo falta decir por qué es gracias a este castillo que los Reyes Católicos gobernaron, Colón llegó a América, los Austrias levantaron un imperio y casi, casi nosotros hablamos español. Se debe a una historia que solo podemos comprender ahora, al conocer su exquisita construcción y su importancia sobre el terreno. Haría falta remontarse hasta julio de 1420, cuando el infante don Enrique de Aragón perpetró un golpe en Tordesillas contra el joven monarca Juan II de Castilla, padre de la archiconocida Isabel la Católica.

El infante de Aragón era más ambicioso que un mono con un sonajero, aunque algo despistado. Después de efectuar el golpe y desposar a Juan II (que por entonces tenía 15 añitos) con su hermana María en Ávila, el infante se asustó, esa es la palabra, se asustó cuando le llegaron noticias de que su hermano el rey de Aragón - y padre de Fernando el Católico - había reunido a sus huestes en Olmedo para poner fin a las imprudencias que maquinaba. Galopó con sus fieles y el monarca prisionero a Talavera de la Reina. Allí ocurrió lo inesperado. Aprovechando un despiste de sus captores durante una cacería, Juan II de Castilla y un joven Álvaro de Luna escaparon de su cautiverio y se refugiaron en una fortaleza inexpugnable y fiel a la corona cuyo nombre ya conocemos: el Castillo de Montalbán.

Enfurecido contra todos y consigo mismo, el infante vio próxima su derrota y se precipitó con sus ejércitos a la fortaleza para ponerle sitio. Hablamos del mes de noviembre. La situación era en extremo delicada para todos, incluido Juan II que no veía la forma de escapar de esta ratonera en que se había metido. Vino a salvarle la fortaleza, precisamente. Una pequeña puerta lateral, cuya posición desconocían los golpistas, sirvió para sacar a un mensajero y enviarlo al rey aragonés, con la intención de informarle de su posición y pedirle auxilio. Es esta puerta chiquita de no más de dos metros que podemos encontrar en Montalbán, algo enterrada por los deslices de la edad y carcomida por las humedades, construida siglos atrás con fines extraños a este evento, la razón por la cual Juan II mantuvo la corona con todos los sucesos que vinieron después. Al oír que su hermano llegaba con refuerzos, el infante don Enrique levantó el sitio en diciembre y emprendió una lastimera huida a Ocaña. También acudieron en ayuda del rey castellano las hermandades de Villa Real, cuya fidelidad a la corona les valió el título de ciudad. Sí, así es. Ciudad Real debe su nombre al Castillo de Montalbán, a esa puerta.

Esta es la realidad de la fortaleza que pasta con suaves bocados en los campos de Montalbán. Pasa de página para conocer sus leyendas.