Visita a Lisboa en 2 días, para viajeros experimentados

Si consigue mantenerse cierta disciplina, la fantasía del viajero puede volar por dos días enteros sobre la apasionante capital lusa, conociendo al detalle sus cuatro zonas más características

La Praça do Comercio.
La Praça do Comercio.Alfonso Masoliver

Baixa y Avenida

La capital lusa se extiende bendecida por un sinnúmero de cafeterías especializadas en algunos de los dulces más exquisitos de Europa. Todo recorrido por la ciudad debe comenzar por un desayuno consistente, cargado de azúcares para disponer la caminata en ciernes. Aunque bastaría con merodear por los locales próximos a nuestro alojamiento, uno de ellos sobresale por obligación sobre el resto. De renombre indiscutible goza la Confeitaria Nacional, situada en la transitada Praça da Figuerira; su selección de dulces resulta orgiástica al paladar, a los más piadosos les traerá sabores de pecado. Comienza con las cartucheras llenas el paseo, siempre cuesta abajo, hacia la desembocadura del Tajo, utilizando la Rua da Prata como calle principal a seguir. Las visitas en esta zona consistirán en breves incursiones a sus laterales, despiadadas con la cámara en la mano, y el viajero descubrirá, cada vez que sus pasos vuelvan a llevarle a esta arteria principal, que pedacitos de la ciudad andan contaminando sus pensamientos, en mayor medida por cada incursión realizada.

Al amante de los museos le derrochará el placer por las pupilas de visitar el Museo de las Sociedades de Geografía y el Museo Nacional de Etnología, sendos refugios de excelentes muestras del pasado aventurero portugués, casi tan rico y variado como el español. En sus salas se concentran pequeños núcleos de países lejanos, aparentemente inaccesibles desde Europa, donde queda patente la influencia que estos marcaron en Portugal, y viceversa.

Una de las mejores vistas que pueden obtenerse de la ciudad serán desde el Elevador de Santa Justa. Aunque no se trate del punto más elevado de Lisboa, y sus panorámicas estén por debajo de otras que se narrarán más adelante, resulta interesante subir sus 32 metros en ascensor, deleitándonos con el entresijo de hierros que la conforman. El viajero acertaría de encontrarle parecido con la Torre Eiffel, ya que su constructor se trató de un ferviente seguidor de Alexandre Eiffel. Y ocurre desde su privilegiado mirador que nuestros ojos resbalan hasta chocar contra una iglesia en ruinas, alta, desprovista de tejado, que no debería hallarse en una ciudad tan cuidada como lo es Lisboa.

El techo del Convento do Carmo se derrumbó durante el terremoto de 1755. FOTO: Alfonso Masoliver

Montaraces haremos una incursión para conocerla antes de regresar a la Rua da Prata, rebuscamos una historia lateral entre los restos góticos que sobreviven en el Convento do Carmo. Se trata de un bello y desolador recuerdo del terremoto que asoló la ciudad en 1755, cuando dicho templo se encontraba abarrotado de fieles y su techo se derrumbó sobre ellos. Aporta a la visita un toque lóbrego, con aromas a fatalidad. Casi pareceríamos estar en una de las iglesias abandonadas del este europeo. Además de su triste historia. Pero afilando los ojos se encontrará su verdadero propósito, este recuerdo, una negativa feroz a olvidar los sucesos que hicieron de Lisboa una de las ciudades más resistentes de Europa.

Una última parada en esta zona, después de haber prestado la debida atención a la Iglesia de Santo Domingo, sería la archiconocida Praça do Comercio, antigua localización del Palacio Real y el punto exacto en que el rey Carlos I y su hijo Luis fueron asesinados por activistas republicanos en 1908. El Arco da Rua Augusta y la colosal estatua de José I adornan la plaza con imponencia.

Alfama

Tras dedicar la mañana a pasear con precisión milimétrica, conviene ablandar los músculos y relajarse. Dejar volar cuerpo e imaginación por las historias que la ciudad quiera contarnos. Si se pasea la Alfama un día de viento, el aire traerá entre las callejas aromas breves a sueño de primavera, a flores abiertas, a tierra húmeda y lluvia en las suelas. Maravillarán al visitante los pequeños jardines que parecen escapar de sus parcelas, coloreados de un verde rabioso durante las estaciones frescas y vigilados por las casas revestidas con variopintos azulejos.

Uno de los mayores atractivos de la Alfama son, sin duda alguna, sus casas de azulejos. FOTO: Marinwib pixabay

Casi me resisto a señalar un destino concreto. Quizá convenga una visita al recinto amurallado del Castillo de San Jorge, pasear por encima de los muros y mantener el equilibrio de alguna manera. La panorámica de la ciudad, cuya intención original fue puramente militar (los cañones que todavía reposan contra las almenas hacen de prueba viva), trata ahora de puro vicio, un vicio inmaculado para quienes persigan la fotografía ideal del horizonte lisboeta. Bajando de la muralla, el zigzagueo hechizado de las calles podrá llevar los pasos del viajero a la Iglesia de Santa Lucía, hoy propiedad de la Orden de Malta. Sus jardines aterrazados también pueden aportar excelentes vistas, aunque haría falta subir unas estrechas escaleras para llegar a la bonita terraza del Bar Terraço de Santa Luzia. Música excelente, cócteles excelentes, vistas excelentes, ambiente excelente. Es casi un deber disfrutar de una copa, antes de volver a castigar los pies.

Llama a continuación, como último destino de la Alfama y con un silbido irresistible, la Iglesia de San Vicente de Fora. Nombrada así en honor al santo patrón de la ciudad y a su localización, fuera (fora) de las murallas. En su interior se barajan los panales de mármol italiano tallado, poesía en piedra, color intenso, y las tumbas de los reyes portugueses que pertenecieron a la dinastía Braganza. Un panteón digno de dioses pero poblado por reyes en su justa medida.

Barrio Alto y Estrela

Tan complaciente en cuestiones culturales como el resto de la ciudad, aunque no daría tiempo a verlo todo en dos días. Hará falta dejar abierta la puerta a la dulce tentación lisboeta, apuntando los detalles que nos perdimos para una visita futura. Sería necesario dar muestras de una increíble fuerza de voluntad, al caminar junto al Palacio de São Bento, la Basílica da Estrela, tantos y tantas esquirlas de belleza que no tendremos tiempo de agarrar con una sola mano.

Barrio Alto a la luz del día ofrece algunas de las míticas imágenes de tranvías lisboetas. FOTO: Nextvoyage pixabay

Porque esta es la zona a la que se dirige un viajero cuando cae a plomo la noche en Lisboa. Aquí parece vivir la oscuridad con mayor comodidad. Restaurantes exquisitos, amplias zonas de bares para disfrutar, diversión en general, enmarcan esta parte del viaje. Tres restaurantes para saciar el apetito que abrió la caminata del día: Páteo, A Cevicheria y Aqui Há Peixe.

Tras esto queda conocer la faceta nocturna de la ciudad. Es tan amable, dispuesta a saciar los gustos que cada uno busque durante la noche. Si bien el barrio de Chiado destaca como animada zona de bares, acusado por su pasado intelectual a través de las múltiples estatuas de literatos que la pueblan en constante celebración, no se quedan atrás otras calles. La Tasca do Chico significa una parada excelente para refrescarse con una cerveza, aunque bastaría un paseo para disfrutar como si fuera un juego, saltando de bar en bar hasta que llame la madrugada. A los más animados les llama más insistente que la madrugada, que la mañana y, si te descuidas, de la tarde también, The Arcadia, uno de los mejores clubes nocturnos de la ciudad.

Belém

Último destino en este recorrido atareado, y se completará su embrujo en la mañana de la partida. Un retoque final, cargado de belleza renacentista e historia portuguesa. Nuestra primera vista al Monumento a los Descubrimientos descorrerá el velo que esconde el pasado explorador de los marinos portugueses. Fue levantado en 1960 para conmemorar el quinto centenario tras la muerte de Enrique el Navegante, y a lo largo de su estructura pueden conocerse los personajes más ilustres de esta época apasionante. También puede subirse a la parte superior para obtener unas vistas únicas de la desembocadura del Tajo.

Vista de la cúpula del Monasterio de los Jerónimos desde su claustro. FOTO: Alfonso Masoliver

La Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos quizá sean sus edificios más representativos. La primera fue construida por el legendario Manuel I como bastión defensivo, entre 1515 y 1520, pero rápidamente pasó a convertirse en el símbolo de la expansión portuguesa en el Atlántico. Su simbología se asemeja a la de la Torre del Oro en Sevilla. Demuestra poder por sus cuatro costados, riqueza sin límites, afán aventurero, ansias de zarpar. El Monasterio de los Jerónimos, de estilo manuelino al igual que la famosa torre, hace de cementerio para algunos de los personajes más importantes de la Historia portuguesa. Su claustro reporta una calma necesaria tras el vaivén de sensaciones que se llevan sucediendo en los últimos días y merece la pena una visita con tiempo, el suficiente para contar uno a uno los detalles casi ocultos que, pizca a pizca, componen la grandiosidad de esta obra de mármol, azulejo y teja.

El Jardín Botánico de Ajuda sería el paletazo final en el lienzo de la visita. Hasta 5.000 especies de plantas traídas desde África, Asia, Europa y América crecen sin aparente cuidado, devorándose las unas a las otras y extendiendo agradables zonas de sombra. Se trata de un nuevo viaje dentro del que ya nos encontramos, un viaje en el tiempo por los hombres que trajeron sus hojas hasta aquí. Y otro más visible, un viaje en el espacio, porque ocurrirán momentos en que no sepamos si paseamos por la selva inescrutable de Guinea, el cauce virgen del Amazonas o un bonito jardín, situado en la impresionante (y siempre única) ciudad encantada de Lisboa.