Opinión

Volver a viajar supone regresar a la vieja normalidad

Hizo falta salir de España para encontrar un país con coronavirus y mascarillas pero sin nuevas normalidades

Catedral de Alexander Nevski.
Catedral de Alexander Nevski.Alfonso Masoliver

Tras ocho meses sin coger un vuelo por causa del coronavirus, pareció un sueño cuando el avión de Air Bulgaria comenzó el descenso, en el momento exacto en que atardecía, en ese momento fantástico del día en que una mano vengativa parece prender el cielo de tonos morados, dorados y anaranjados, utilizando las nubes como leños. Recogiendo mi maleta del portaequipajes, me sentí, por primera vez en ocho meses, de vuelta en la vieja normalidad. La mía, cuando los aviones eran algo habitual. Cuando cambiar euros o cualquier otra moneda era rutina, ordinaria pero encarnizada a la hora de jugarla. Igual que las nubes ardiendo, quise pensar que la vieja normalidad era puro fuego, uno tan violento que se hacía casi imposible de controlar.

Los primeros edificios que van del aeropuerto de Sofía hasta el centro de la ciudad se ven altos por encima de los árboles, con la pintura fea y desconchada. En ellos se despliegan cientos de tendederos, sacudidos por un viento fino. Verlos fue un momento fugaz, apenas perceptible desde la ventanilla del taxi. Un recordatorio de la nueva normalidad, un último chillido que lanzó antes de que la abandonase. Quiso mostrarme con su vulgar sinceridad que estos edificios de apariencia vetusta y la pintura raída, que fueron levantados durante el dominio soviético de la ciudad pero han sido los primeros en arrugarse como producto de su pésima calidad, son un posible futuro; algo a lo que, quizá, haría bien en acostumbrarme.

Quise darle la espalda. Y el taxi se zambulló en un juego de luces y sombras, silbando por calles cada vez más anchas, más limpias, mejor decoradas con pequeños escaparates en la penumbra. Los edificios feos se hundieron en la tierra, en algún punto a partir de la Universidad de Sofía se encuentran con una barrera imposible de franquear y quedan atrás. Inútiles, debilitados. Sin poder para molestarme. Un juego de luces y sombras porque Sofía no es París, no se le ocurriría presentarse como la Ciudad de las Luces. Sofía es una capital de frontera, zarandeada por macedonios y griegos y romanos y bizantinos y otomanos, y como capital de frontera flota en un purgatorio donde todo lo tibio se encuentra, luces y sombras, frío y calor, edificios de fantasía y los abandonados. En ella chocan sin remedio los colores de lo nuevo contra lo viejo, no cabe una queja, y de alguna manera consiguen fundirse. Sofía los acoge sin recelos entre sus inmensos brazos templados. Tal y como hacía nuestro mundo en la vieja normalidad.

La Rotonda de San Jorge es el edificio más antiguo de Sofía (siglo III) y se encuentra en el patio interior del Palacio Presidencial.
La Rotonda de San Jorge es el edificio más antiguo de Sofía (siglo III) y se encuentra en el patio interior del Palacio Presidencial.Alfonso Masoliver

Quizá algún lector pueda recordar esos tiempos, en apariencia lejanos. Lo habitual era encontrar las terrazas atestadas de gente fumando, cáscaras de gambas pisoteadas en el suelo bajo la barra del bar, discusiones políticas tan acaloradas como una final de fútbol. Luego cerraron los bares, limpiaron las cáscaras de gambas, cerraron las terrazas, prohibieron fumar, el fútbol se olvidó, la política empujó a odiar lo tibio y quiso vomitar todo lo bueno que había construido. Resulta espantosa, esta nueva normalidad que nadie parece querer pero que tantos luchan por implantarla. Quizá por esto me resulte Sofía tan natural en su tibieza, porque aquí se fuma en las terrazas y nadie parece más desgraciado de lo habitual. Los borrachos de los parques aguantan con paciencia a que los perros de las señoras adineradas dejen de ladrarles, los jóvenes se sientan en los bancos, beben cerveza, ríen hasta reventar. Parece una obra de teatro pero resulta deliciosamente natural.

Cuando la noche cae en Sofía, cae a plomo. Da la impresión de que acabaron las indiferencias y los músculos del español, los míos, se tensan pensando que ahora será cuando surja la nueva normalidad. Esta que resulta extrema como la noche, que arrasa con olas de frío cada callejuela. Y es cierto que todas las tardes a las ocho en punto, desde hace cien días, decenas o cientos o miles de búlgaros (dependiendo del día) se sitúan frente al Palacio de Justicia para protestar contra el Gobierno corrupto que les ha tocado. No dudé en acercarme a ellos para escucharlos gritar y maldecir en su intrincado idioma, arrancarme de las manos alguna fotografía escandalosa, cualquier cosa, tocar las bocinas de sus coches. Era patético ver al español en aquél momento, husmeando como un sabueso la madriguera del conejo en busca de los pedazos de odio a los que ya parece haberse acostumbrado. Los de la nueva normalidad. Mira ansioso el español, que soy yo y no otro, con los ojos saliéndose de sus órbitas y temblándole las manos por la excitación, como un yonqui de la violencia que camina buscando su dosis nocturna.

Estatua del rey Samuel.
Estatua del rey Samuel.Alfonso Masoliver

¡Qué decepción le resultó descubrir que incluso entonces se mantenía la vieja normalidad, aquella mundana, al ver a doscientas personas cogidas de la mano y cantando una hermosa canción! ¡Qué tristes le resultaron las estrofas que no comprendía, envueltas con una tibieza extraordinaria!

Pero el cuerpo no tarda en ajustarse a la vieja normalidad. Aunque todavía se cubre la boca con la mascarilla, consigue sentirse más desenvuelto, y a la mañana siguiente reúne el valor para salir a la calle. Brilla un sol insoportable y limpio por encima de las iglesias ortodoxas, restallando el color dorado sobre sus cúpulas. El español sabe que dentro de ellas conseguirá sumergirse sin remedio en la vieja normalidad. Entra en la Catedral de Sveta-Nedelya y compra dos velas para encender como ofrenda frente a la imagen de Santo Domingo. Lo hace presa de una manía que ardía en deseos por recuperar, una que formaba parte de sus ritos arcaicos y apenas mantuvo a flote en algunas catedrales españolas, cuando allá donde viajaba ofrecía incienso o velas o flores a los dioses del lugar. Este español es víctima de una estúpida superstición, que le empuja a pensar que son las deidades más poderosas de cada ciudad a quienes debe pedir protección durante sus viajes.

Aspira fuerte un olor poco habitual en la nueva normalidad, a cada minuto más mitigada. En las iglesias de Sofía se aferra uno a los olores que deambulaban por los templos españoles hasta hace pocos años. Intentaré explicarlos por si alguno los olvidó.

Interior de la Catedral de Alexander Nevski.
Interior de la Catedral de Alexander Nevski.Alfonso Masoliver

El primer olor, fácil de reconocer, es el incienso. Serpentea con agilidad sobre los suelos de azulejo, se arrodilla frente a los santos, hace tirabuzones y vuelve a culebrear, y cuando encuentra una víctima penetra profundo en sus pulmones. Sale más calmado para buscar una esquina del templo donde pueda reposar.

Tras el incienso se adivina un aroma de las velas, a cera grasienta y alicaída, a mecha crepitando, a oración por pronunciar, son velas sencillas que aportan un olor absurdo de recordar porque no han sido perfumadas con olores complejos. Son templadas, como todo en esta ciudad. Templadas arden. Templadas se secarán. Su humo asciende moribundo hacia las cúpulas y se retuerce en el último tramo de la subida. Este humo es precisamente el culpable del penúltimo aroma de la Catedral, el único que también tiene color porque es el olor de las pinturas ennegrecidas y casi ocultas al visitante. Esta fragancia, diferente con cada color, ya no puede encontrarse en la nueva normalidad del español porque todas las velas de los templos son eléctricas y los turistas se molestan con el incienso. Resulta apabullante que las pinturas puedan respirarse en Sofía, que el azul celeste sea diferente al dorado ensordecedor, el rojo encarnado al verde suave que contornea la túnica de San Pedro.

Una cruz en la frente, otra entre los labios, otra en el pecho y la última sobre el suelo. Oraciones atropelladas a los santos, de apariencia enfurecida. Velas que vienen y van, lágrimas secadas rápidamente con el dorso de una manga. Espavientos frente a los grabados de la Virgen que carga al Niño en brazos. Pasos apresurados que entran en la Catedral y susurran un puñado de ruegos al oído de cualquier sacerdote. Afuera parlotean, se suben y bajan la mascarilla nerviosos porque hoy es el primer día que su gobierno obliga a llevarla en todos los espacios públicos. Ellos conforman el último olor, que es el más tibio e intenso posible. El español derrotado, que soy yo, solo espera con todas sus fuerzas que resistan sin miedo frente a esta fea, mezquina, odiable, cansina, vulgar, humillante, cobarde, insultante y vergonzosa nueva normalidad.