"El gran Masturbador"

Cuadro de la semana: El gran masturbador

Una de las obras más conocidas de Salvador Dalí muestra al público sus fobias de la niñez, la complicada relación con su padre y sus primeros pasos de amor hacia Gala

A los veintisiete años, recién llegado a París, realicé, en colaboración con Buñuel, dos películas que han pasado a la historia: Un perro andaluz y La Edad de Oro. Después, Buñuel trabajó solo y dirigió otras dos películas, con lo que me hizo el inestimable servicio de revelar al público a quién se debía el aspecto genial y a quién el aspecto primario de Un perro andaluz y La Edad de Oro”. Con estas dos frases resumió Salvador Dalí en su diario su talento cinematográfico, acompañando el elogio con una sutil crítica al talento del cineasta español Luis Buñuel. Veintisiete años tenía el genio cuando colaboró con uno de los artistas más importantes del cine europeo, y todavía le quedó tiempo para colocarse por encima.

Quizá sea esta la manera adecuada de aproximarse a una de las obras más emblemáticas del pintor, El gran masturbador, antes de decidirnos a acercarnos al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía para estudiar los trazos de su pincel. Dirigiéndonos en primer lugar al conjunto de actos y de ilusiones que empujaron la arrolladora personalidad de Dalí hasta el lienzo en blanco, indagando como sabuesos, olfateando el aroma de los colores, hasta comprender qué pretende expresar con su elaborada simbología en esta obra. Todos conocemos más o menos su composición. De una cabeza sin boca surge una mujer de rasgos rectos, los labios de la mujer se aproximan soñolientos a la entrepierna de un hombre sin brazos ni pecho. Las rodillas del hombre misterioso se ven manchadas de sangre y pequeños detalles, aquí unas conchas, allí un saltamontes cubierto de hormigas, acullá unas piedras, consiguen sumar colores e ideas hasta conformar una obra maestra.

Luis Buñuel con Dalí, en la playa

Fobias de la niñez

El cuadro lo pintó en 1929, inmediatamente después de sus colaboraciones con Buñuel, y fue presentado en París junto con Los primeros días de primavera, entre otros. Y puede apreciarse la influencia de El perro andaluz en el enorme saltamontes que permanece posado en el lienzo, cubierto con una pequeña marabunta de hormigas que parecen salir de su abdomen. Las hormigas pueden simbolizar la corrupción, sí, una corrupción del cuerpo y de los propios pensamientos, y cuando Dalí buscó un elemento que pudiera simbolizarla no dudó en echar mano de los recursos cinematográficos que ya había utilizado con Buñuel; mientras el saltamontes se trata de una criatura a la que Dalí temía cuando era chiquillo.

Antes de preguntarnos por qué sintió el pintor esta necesidad de expresar la corrupción a partir de un elemento tan gráfico y desagradable, deberemos saber que El gran masturbador se trata de un cuadro marcado por las fobias y obsesiones que Dalí llevaba arrastrando desde los años de su niñez. Desde que su padre - en extremo autoritario - había conseguido inculcar en el pintor un sentimiento de fobia hacia las mujeres, un visceral rechazo hacia el sexo femenino marcado por el temor a contraer sífilis, que convirtió al joven en un onanista de manual. La relación entre Dalí y su padre fue siempre una tensa, hasta el punto de que tuvieron una fuerte discusión por la exposición de este cuadro en la Galería Goemans de París, pero los complejos sexuales del pintor consiguieron romperse el verano en que conoció a Gala, Gala Gradiva, su Helena de Troya, Santa Helena, Gala Galatea Plácida, el amor de su vida, musa suya y del surrealismo entero. Precisamente el verano en que pintó El gran masturbador.

El gran Masturbador.Salvador DalíMuseo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Podría decirse de esta obra que se trata de un paso hacia adelante. Dalí luchó hasta la extenuación contra una serie de temores que habían sido arraigados en su mente desde la niñez y luego conoció a Gala en Cadaqués, dio largos paseos con ella, recuperó el valor, pintó esta obra magistral, pudo perder algunos gramos de miedo y, tras divorciarse Gala de su marido de entonces, disfrutó de 48 años de matrimonio con su musa. La obra resulta en el comienzo de todo esto. Es un paso adelante, una despedida. Una gruesa línea que delimita dos etapas en la vida de Dalí.

Simbología de la obra

La enorme cabeza tumbada, con la nariz afilada apoyada contra el suelo, resulta sencilla de reconocer. No es otro que el propio Salvador Dalí, que se inspiró en una roca del cabo de Reus, o quizá en una estrambótica imagen de El Jardín de las Delicias, para dar forma a su nariz, sus cejas y su coronilla. Los ojos cerrados de Dalí han llegado a relacionarse con la ceguera de Edipo - en el mito griego, el héroe se arranca los ojos tras conocer que su esposa es en realidad su madre - en clara relación con los malos tratos de su padre hacia su madre. Y así se suceden las referencias a su padre. Bajo el saltamontes pueden verse dos figuras besándose, un hombre con los contornos bien definidos y una mujer parecida a un espectro: se piensa que el hombre es su padre y la mujer, su madre, fallecida años antes de que Dalí pintara el cuadro.

Las fantasías orales vienen condicionadas por los temores del pintor a la castración, el sífilis y la impotencia. Mientras la figura de la mujer, que se imagina se trata de Gala aunque no se parezca a ella, se aproxima tentadora a los testículos del hombre sin pecho ni tronco, el miembro puede verse flácido, salpicado de sangre. Conjuntamente con el anzuelo del que cuelga una triste lombriz, señala una clara referencia a sus temores, todavía por superar. Por otro lado se suceden las referencias fálicas en el abdomen del saltamontes, en el león con la lengua fuera y las venas azules que parecen trepar desde la esquina inferior derecha.

«La persistencia de la memoria». Sobre estas líneas, uno de sus cuadros más emblemáticos, pintado en 1931, y que se encuentra en el Moma neoyorquino

Mientras las piedras y pequeñas conchas diseminadas a lo largo del cuadro pueden haber sido inspiradas en las que Dalí encontró durante sus paseos por las playas de Cadaqués, cabe a destacar una curiosidad sobre la cabeza tumbada: en su obra La persistencia de la Memoria, puede apreciarse con absoluta claridad una forma en extremo parecida, precisamente en la figura de dicho cuadro que representa al pintor.

El gran masturbador de Dalí se encuentra bien lejos de la interpretación inmoral que pueda darse a partir de su título. Además de ser una obra exquisita, asombrosamente ideada por un joven de 25 años, trata de una lucha interna y apoteósica entre los deseos de la juventud, los impulsos naturales de la sensualidad y del amor, contra los traumas de la niñez, las fobias, el peso abrumador del yugo paterno. Dalí se abrió al mundo en la brevedad de su lienzo y, quizá, nos tendió una mano para ayudarnos a superar nuestros miedos más viscerales. Podemos considerarlo otro motivo para agradecer al pintor catalán su deliciosa genialidad.