Descubre el verdadero origen de los mejores perfumes franceses

El secreto último de los perfumes franceses habría que encontrarlo en el antiguo Egipto: en los templos dedicados a los dioses de Amón y Osiris

Sacerdotes de Amón ofrecen esencias a su dios, en un grabado del Templo de Luxor.
Sacerdotes de Amón ofrecen esencias a su dios, en un grabado del Templo de Luxor. FOTO: rottonara pixabay

Cuando pensamos en la palabra perfume, rápidamente nos viene a la mente alguna expresión francesa o un gesto remilgado, quizá consigamos escuchar los susurros de París durante las tardes de otoño. No en vano llamaron a la corte de Luis XV “la cour parfumée”, debido a las ingentes cantidades de aromas que se aplicaban en lugar de bañarse regularmente. Y la historia del perfume es una que acompaña a la humanidad, no desde el siglo XVII sino mucho antes, decenas de siglos antes de que naciera Jesucristo. Para remontarnos a sus orígenes deberíamos olvidar Francia, al menos por un momento.

Si buscásemos los mejores perfumes de la Historia, de una calidad exquisita, imposibles de mejorar ni por los más habilidosos artesanos indios, tendríamos que viajar al antiguo Egipto. O, en su defecto, a la ciudad de Asuán, al sur del actual Egipto, para perdernos entre sus calles bulliciosas hasta encontrar el aroma perfecto.

Bálsamos para las momias y las reinas de leyenda

Cuenta la historia que la vez que Julio César acudió a Egipto para conocer a la famosa reina Cleopatra, la faraona mandó a un esclavo nubio para recogerle del puerto de Alejandría. Sin adornos ni alabanzas. Y por si fuera poco, el dictator romano tuvo que esperar durante horas hasta ser recibido por Cleopatra, lo cual supuso una clara ofensa para el poderoso señor. Pero fíjese el lector que cuando finalmente se encontraron, el enfado de Julio César se disipó como el viento de marzo, de un plumazo, y entre asustado y maravillado se vio por primera vez indefenso al encontrarse con la belleza legendaria de Cleopatra. Apareció casi desnuda y untada con todo tipo de perfumes y bálsamos afrodisiacos, nublando así los cinco sentidos y la voluntad férrea del romano.

Grabado en la tumba de Ramsés IV. El faraón ofrece incienso al dios Amón. Junto con las esencias perfumadas, el incienso era un bien altamente codiciado por la nobleza del antiguo Egipto.
Grabado en la tumba de Ramsés IV. El faraón ofrece incienso al dios Amón. Junto con las esencias perfumadas, el incienso era un bien altamente codiciado por la nobleza del antiguo Egipto. FOTO: Alfonso Masoliver

Pero el uso de perfumes no fue invención de la faraona. Comenzaron a utilizarse en el antiguo Egipto hasta 3.000 años antes del encuentro entre César y Cleopatra, durante los primeros años de la momificación. Los difuntos que ostentaron grandes poderes en vida eran momificados y perfumados con lujosos perfumes, cuyo método de elaboración difería en gran medida del actual. Por ejemplo, mientras las aguas de colonia y perfumes que hoy encontraríamos en cualquier centro comercial guardan nada más que un 4% y 20% de esencia, respectivamente, los perfumes del antiguo Egipto - que en adelante llamaremos esencias - eran puros en un 100%. Bastaría con diluir una sola gota en un vaso de agua para perfumar todas las habitaciones de la casa. Y todavía pueden encontrarse estos manjares olfativos en la ciudad de Asuán, si uno sabe encontrarlos y no se deja engañar por los timadores de calle.

No eran solo los difuntos quienes disfrutaban de sus ventajas, por supuesto. Las mujeres también se bañaban en esencias día tras día hasta eliminar su olor corporal, pues es bien sabido que los magníficos aromas tenían a la vez un efecto relajante y afrodisiaco. Además de ser utilizados por sus médicos, como veremos más adelante.

¿Quién copió a quién?

El legado de las esencias egipcias sobrevive hoy gracias a los textos de numerosos templos y papiros conservados. En las paredes del Deir el-Bahari (el Templo del Norte) en Luxor, pueden observarse diversos relieves explicando cómo se trajeron los primeros inciensos y nuevas esencias desde Somalia, por orden de la faraona Hatshepsut. Enormes barcazas surcaron el río Nilo cargadas de los aromas más complejos y excitantes que nuestras mentes puedan imaginar. Claro que también son numerosos los templos donde se explica la elaboración de esencias, ya fuera para ofrecer a los dioses, refrescar a los difuntos o multiplicar la belleza de las mujeres. Las recetas de las esencias más antiguas y exquisitas del mundo están allí, al descubierto para quien sepa descifrar las complejas imágenes de los jeroglíficos. El ejemplo más claro lo podemos encontrar en las paredes del templo ptolomaico de Edfu, dedicado al dios Horus.

El faraón Ptolomeo IV ofrece esencias a la diosa Neftis, en el Templo de Filé.
El faraón Ptolomeo IV ofrece esencias a la diosa Neftis, en el Templo de Filé. FOTO: Alfonso Masoliver

De entre las esencias habituales en el antiguo Egipto, existen tres a destacar. Son las de papiro, loto y mirra. Las dos primeras utilizadas por mujeres, por lo general mezcladas para multiplicar su efecto, mientras la mirra era por excelencia la esencia de los varones. Repito que no hablamos de perfumes, estos vienen complementados con altas dosis de etanol. Porque podríamos abrir un bote de esencias egipcias y dejarlo a la sombra, en un lugar fresco durante dos mil años, así, abierto, y al regresar veinte siglos después uno descubriría que apenas se ha evaporado. Buena calidad, como dicen aquí. Calidad excelente, habibi. Una gota a cada lado del cuello, otras dos en las muñecas y la última en la nuca. Y los hombres, si lo desean, también pueden colocarse sendas gotas tras las rodillas.

Durante los últimos años de esplendor egipcio, las recetas menos protegidas de sus esencias se extendieron hasta Roma y Oriente Medio. Con la llegada de la religión musulmana a Arabia en el siglo VII, las esencias se convirtieron en un rasgo común de su acicalada cultura, y lento pero constante su útil uso fue propagándose por un mundo donde, como es lógico, una ducha refrescante no era lo habitual. Y ya saltamos uno, diez, quince siglos hasta aterrizar en la pomposa corte parisina frente a los zapatos de tacón rojo de Luis XV. Los franceses son ahora los reyes del perfume, Europa entera busca la manera de comprar sus valiosos frascos. Pero ojo, cuidado, alerta de Historia, ya han pasado los años dorados de las esencias y, como suele ocurrir con cualquier producto, el afán francés por innovar terminó estropeando un producto que era inmejorable en sus inicios.

Receta de esencias en el Templo de Edfú, dedicado al dios Horus. Tras el hallazgo de la piedra de la Roseta, los franceses pudieron descifrar los jeroglíficos para elaborar sus propios perfumes.
Receta de esencias en el Templo de Edfú, dedicado al dios Horus. Tras el hallazgo de la piedra de la Roseta, los franceses pudieron descifrar los jeroglíficos para elaborar sus propios perfumes. FOTO: Alfonso Masoliver

No sería hasta que se dieran las expediciones de Napoleón Bonaparte en Egipto a finales del siglo XVIII, y tras el descubrimiento de la piedra de la Roseta en 1799, cuando los perfumes franceses - ya muy populares en su sociedad - se catapultaron. Tampoco fue casualidad. Napoleón era un apasionado de la cultura egipcia, admirador acérrimo de Julio César y sus aventuras, y fue al conseguir esta valiosa piedra granodiorita- con textos escritos en griego antiguo, demótico y jeroglíficos - cuando se pudieron traducir las suculentas recetas que escondían las imágenes de los templos.

Esencias multiusos

Sin embargo el uso de esencias en el país del Nilo, tanto antaño como ahora, no se limitaba a los difuntos y los poderosos. Se creó una compleja cultura en torno a los olores, hasta el punto de que fueron (y son) utilizados habitualmente con fines espirituales y medicinales. Lo llaman aromaterapia y se trata de un método de medicina alternativa, en ocasiones tan efectivo como la acupuntura china o el yoga indio. Además de las tres esencias principales ya mencionadas (papiro, loto y mirra), uno podría encontrar en la ciudad de Asuán esencias de comino negro para las flatulencias y los dolores de estómago, sándalo muy espeso para masajear los miembros y aliviar la carga muscular, menta para aplicar en las sienes y diluir el dolor de cabeza. Incluso aceites de ajo para consumir y mejorar la circulación sanguínea.

La joya de la corona en las curas egipcias con esencias puede encontrarse en el Papiro Ebers. 110 páginas de recetas y métodos utilizados por los médicos egipcios, redactadas en el siglo XVI antes de Cristo, desvelan que ya entonces se utilizaban determinados olores para aliviar los dolores de los pacientes, o incluso sanarlos completamente.

Frascos con esencias en la tienda Essence of Life Al Fayed, en Asuán.
Frascos con esencias en la tienda Essence of Life Al Fayed, en Asuán. FOTO: Alfonso Masoliver

Escribo estas líneas en Asuán, tres horas después de haber ido de visita a Essence of Life Al Fayed, una tienda especializada en la venta de esencias egipcias. Los aromas revolotean desde el momento exacto en que se cruza el umbral de la puerta y, si el visitante tuviera suerte, podría recibir un masaje con sándalo para relajar su espalda dolorida tras el largo viaje. Aunque resulta asombroso observar cómo una sola gota de esencia de jazmín, densa, cae perezosa hasta el fondo de un vaso de agua; de una forma parecida a la magia, como harían los viejos alquimistas, ese agua inodora se transforma rápidamente en una explosión de olores que embriagan y despejan la mente a una misma vez.

Claro que no hace falta acudir a esta tienda en concreto, las hay a puñados por toda la ciudad. Si el lector tuviera lo oportunidad de visitar este fantástico país que es Egipto, sin embargo, debería acudir hasta Asuán para hacerse con unos mililitros de las valiosas esencias a un precio excelente. En El Cairo se encuentran por igual, aunque más caras y de peor calidad.

Ahora sabemos el secreto definitivo de los perfumes franceses, y la apasionante historia de las esencias en el reino más enigmático de la Antigüedad. Una de dioses y reyes, vivos y muertos. Y su olor es eterno. Tanto como las tumbas, tan duraderos como sus templos.