La Isla de Ayer y la Isla de Mañana: existe un lugar donde podemos ver el futuro

Uno de los focos estratégicos durante la Guerra Fría desafía también nuestra lógica sobre el tiempo

Vista aérea de las Islas Diómedes.
Vista aérea de las Islas Diómedes.Ira Block

Este asunto de poder ver el futuro nos ha dado para un puñado de películas de ficción. Debe ser terrible ver el futuro, muy incómodo, y no creo posible que nuestra frágil mente humana fuera capaz de aguantar la presión que el Universo ejerce sobre nosotros en ocasiones del estilo, tal y como aseguraba Doc Brown. Pero podríamos probar, a ver si sobrevivimos, salir de las carreteras y caminar cientos de kilómetros a través del hielo, atravesando bosques y llanuras tan llanas que parecen densas, y luego aparecer en dos islas cuya importancia durante la Guerra Fría no pasó de largo a las grandes potencias implicadas. El escenario parece el planeta Tierra que todos conocemos pero el hielo, los riscos escarpados, los paisajes desolados sin un solo ser humano que pueda indicarnos el camino a seguir, toda esta visión que se repite una y otra vez hasta el infinito parece el escenario perfecto donde podremos estirar y manosear el tiempo hasta dominarlo a nuestro antojo.

Cómo llegar

Si el lector piensa que llegar al único lugar del mundo donde podemos ver el futuro sería sencillo, anda muy equivocado. Este tipo de aventuras son sumamente peligrosas y solitarias, dignas de grabar una saga de películas, y solo los viajeros más experimentados y temerarios serían capaces de llegar hasta aquí. Porque no podrían llegar a las Islas Diómedes en barco ni en coche ni en tren ni en bicicleta, aquí empiezan las complicaciones. Hoy somos más flojitos que antes. El estrecho de Bering lo cruzaron hace veinte mil años nuestros antepasados asiáticos para conquistar el continente americano, un paso detrás de otro y resbaladizo sobre la fina capa de hielo que se forma durante los meses más fríos, pero hoy no parece que el hielo sea lo suficientemente firme y los enormes icebergs que flotan desde el Polo Norte resultan terribles para cualquier buque que se atreva a acercarse a las Islas Diómedes.

La última autopista de Rusia, la carretera de los Huesos que termina en la ciudad helada de Magadán, se queda dos mil kilómetros corta para llegar al estrecho de Bering. En el lado norteamericano tampoco lo tenemos más fácil. La carretera termina en la localidad de Fairbanks y sería necesario aplanar 850 kilómetros de asfalto para tocar el estrecho con la punta de los dedos. El único lugar del mundo donde podemos ver el futuro parece absolutamente aislado, está guarnecido para que los torpes humanos no andemos trasteando con las herramientas de Dios.

Sello conmemorativo del viaje de Bering.
Sello conmemorativo del viaje de Bering.Elena Masiutkinadreamstime

Dato curioso número 74 sobre las Islas Diómedes: en 1988, durante los últimos años de la Guerra Fría, la nadadora estadounidense Lynne Cox nadó de una isla a la otra para suavizar las tensiones entre Estados Unidos y el bloque soviético.

¿Cómo llegar? Cuando el intrépido y absolutamente genial Vitus Jonassen Bering (marino danés al servicio de Rusia y cuyo nombre inspiró el del estrecho de Bering, el Mar de Bering, la isla de Bering, el glaciar de Bering y el puente de tierra de Bering) redescubrió las famosas islas el 26 de agosto de 1728, día de San Diómedes, la vida de un puñado de marineros no valía lo que un saco de maíz y nadie se preocupó demasiado por que se lanzara con un barco por esas aguas turbulentas. Pero hoy resulta casi imposible encontrar un marino que quiera intentarlo. La única opción que queda es un helicóptero, si el tiempo acompaña y conocemos a los contactos adecuados. De lo contrario jamás podremos ver el futuro.

El Muro de Hielo

Cuando hablamos de las Islas Diómedes recuperamos la ilusión de los viejos exploradores. Todavía quedan pedazos de tierra prácticamente desconocidos, sumamente peligrosos para la piel y para los huesos, regiones cargadas de misterio que los poderosos prefieren tener alejadas del público convencional. Todos conocemos el Muro de Berlín que los soviéticos levantaron durante la Guerra Fría, pero pocos recuerdan el Muro de Hielo que separaba las dos Islas Diómedes. Porque la isla de mayor tamaño, Diómedes Mayor (conocida como Imaqliq por los pueblos yupiks) pertenece a Rusia; mientras la isla de menor tamaño, Diómedes Menor (conocida como Inaliq por los pueblos yupiks) pertenece a Estados Unidos. Ambas están separadas por una distancia despreciable, hasta el punto de que podría cruzarse caminando de una isla a otra durante los meses de invierno cuando el agua se congela. Si hubiera ocurrido que la Guerra Fría estalló y se convirtió en un conflicto real, entonces a los soldados de uno y otro bando les habría bastado un fusil para dispararse entre ellos desde las Islas Diómedes.

Imagen del mar de Béring (Lejano Oriente Ruso)
Imagen del mar de Béring (Lejano Oriente Ruso)

Los rusos desalojaron Diómedes Mayor mientras que los estadounidenses permitieron que se quedaran en Diómedes Menor poco más de un centenar de habitantes, los antiguos yupiks que se aferran con verdadera desesperación a su minúsculo y mágico pedazo de tierra. El drama de la recolocación de los yupiks de Diómedes Mayor se asemeja de alguna manera al drama del Muro de Berlín (y por eso recibe el nombre del Muro de Hielo, entre otras razones) porque los habitantes de ambas islas eran familiares entre sí, y los rusos les echaron de allí, adiós muy buenas, hasta nunca. Si en Berlín hacía falta cruzar muros y torres de guardias y alambradas y campos de minas, las víctimas del Muro de Hielo habrían tenido que cruzar un mar y dos mil kilómetros de hielo y osos polares y montañas hasta reencontrarse. Ahora hablan de hacer un puente que conecte las islas con tierra firme pero las víctimas del Muro de Hielo ya hace años que murieron.

¿Y por qué puede verse el futuro?

Imagino que un lector espabilado ya lo habrá descifrado. La línea internacional del cambio de fecha cruza el finísimo espacio que separa ambas islas y, pese a que las horas de luz de sol son prácticamente idénticas, entre Diómedes Mayor (GMT+12) y Diómedes Menor (GMT-9) hay 21 horas de diferencia. Eso significa que un jueves a las 10 de la mañana en Diómedes Menor, son las 7 de la mañana del viernes en Diógenes Mayor. Un detalle muy ingenioso por parte de quienes idearon nuestro horario, aunque un auténtico follón para los yupiks que deben tener un cacao de tres pares de calcetines. Entonces si cogiésemos y fuésemos a Diómedes Menor después de luchar contra viento y marea, y cogiéramos unos prismáticos para mirar a Diógenes Mayor, técnicamente, y literalmente también, estaríamos viendo el futuro. Y por esta razón se conocen con el sobrenombre de la Isla de Mañana y la Isla de Ayer. Porque los humanos somos una panda de soñadores asesinos, genios dementes y nostálgicos del tiempo que se nos arrebata fugaz.