Mauritania

Cómo sobrevivir al tren más peligroso del mundo

Poco más de veinte horas de viaje, más de la mitad de ellas sumido en una ruidosa oscuridad, suponen una prueba de “hierro” para cualquier viajero que se diga veterano

Pasajero en el tren del hierro (Mauritania)
Pasajero en el tren del hierro (Mauritania)Ignacio Garicano

Un pensamiento macabro invade al viajero cuando cruza el Sáhara en el tren del hierro, que atraviesa 710 kilómetros de arena y caos desde Zuérate hasta la ciudad costera de Nuadibú (Mauritania). Rodeado por el estruendo y acorralado en las tinieblas, tragando a bocanadas el polvo de metal que penetra hasta los rincones más tiernos de los pulmones, aferrado al viento y temeroso de caer de los vagones, uno diría que este tren se trata en realidad de una barca de Caronte contemporánea que le transporta derecho al infierno. No hay marcha atrás. Si saltásemos del vagón, nos ahogaríamos en la arena sin fondo, en el agua en llamas. Solo un viaje al infierno y sin retorno podría venir acompañado de crujidos y chirridos de este tipo. Porque este no es un viaje de placer. El regusto insistente a metal, como si nos sangraran la nariz, los ojos y la boca, acentúa la horrible sensación. A nuestro alrededor se esconde lo que es desconocido y lo que, por mediación inamovible de la noche, seguirá siendo desconocido una vez lo crucemos, como una laguna Estigia elaborada por el delirio creador de los dioses y cuyo significado es demasiado complejo para que nuestra mareada cabecita lo pueda comprender.

Polvo, estruendo, oscuridad y nada más. La locura transitoria está servida. Hay veces que el tren sale a las cuatro de la tarde, o a las cinco, o a las siete. O a las nueve, o a las diez de la noche. Suelen salir tres trenes al día, pero también puede ser que salgan sólo dos. El tren de hierro sale de la estación cuando le viene en gana. Nadie da órdenes a una criatura como ésta. Nadie la controla. Incluso el maquinista parece acelerar y frenar con un deje de respeto hacia lo que es superior a él.

Doscientos vagones conforman el tren más largo del mundo.
Doscientos vagones conforman el tren más largo del mundo.Ignacio Garicano

Construida por una sociedad francesa en 1961 y traspasada en propiedad a la Sociedad Nacional Industrial Minera de Mauritania en 1963, esta es la vía ferroviaria más peligrosa del planeta. Cuatro o cinco veces al año descarrilan un puñado de sus doscientos vagones (son 3 kilómetros de tren en total, siendo así el tren más largo del mundo) y el desafortunado que escoja el momento equivocado en el vagón equivocado se verá lanzado sin remedio a la mustia arena, con un resultado incierto. No es un viaje de placer. Es un viaje de estruendo y polvo que se adhiere a la piel (sin importar cuantas capas de ropa lleves) y que encharca los ojos con lágrimas de hierro. Aunque, mirando el lado positivo, después de un viaje en el tren del hierro no te hará falta volver a comer lentejas hasta el año que viene.

Es perjudicial para la salud

Debes aceptar que te vas a encharcar en polvo, debes asumir la superioridad del vagón, debes comprender que el frío va a atravesarte los huesos, debes normalizar las sacudidas del tren, debes dejar de contar las horas, debes resignarte, debes entregarte al tren con un estoicismo que enorgullecería a Marco Aurelio y apretar fuerte los dientes. Como individuo que ha sobrevivido a bombardeos y que ha malvivido durante meses como vagabundo (con las consiguientes palizas de crueles individuos que esto acarrea), entre otras experiencias que fortalecen el espíritu y recortan como pago los años de vida, puedo decir sin miedo a exagerar que el tren del hierro fue una de las experiencias más duras que he soportado. Aunque sólo durase 20 horas.

A los lados del recorrido pueden verse los vagones que descarrilaron en trayectos anteriores. Durante las horas nocturnas, si brilla la luna, se perciben sus sombras confundidas con la vasta inmensidad del Sáhara. Retorcidos por el calor, oxidados por las ocasionales lluvias de verano, son enterrados lentamente por la arena que no perdona. Es una visión desalentadora para el viajero que ya está subido en los vagones y que no tiene posibilidad de redimirse porque el tren de Caronte solo hace dos paradas en sus 710 kilómetros de recorrido: la primera, en la nada; la segunda, en la nada también.

Pese a que no supera los 60 kilómetros por hora (o eso dicen), desde dentro parece más rápido. Será por los tambaleos y los frenazos que vuelven aún más difícil mantener el equilibrio. Será por el miedo que altera los sentidos y radicaliza nuestras sensaciones. Pero tiene algo de placer caminar sobre el hierro en polvo y recién extraído de la mina de Zuérate, algo de arcaico y de primitivo. Si escarbas lo suficiente para hacerte un hueco donde dormir, notarás que el hierro está húmedo y tibio, como una cuna incómoda con vistas a agradar. Tiene algo de grandioso saber que en los 200 vagones que acompañan tu marcha se transportan en torno a 2,2 millones de euros de hierro con un destino incierto. Te acompañan en su estado puro las vigas de los edificios que sostendrán a puñados enteros de la humanidad, los barrotes de millones de camas donde estallarán amores y desaires, las proporciones de las aleaciones que impulsarán a coches, aviones, barcos… incluso te acompaña el hierro que regresará al desierto, atado sin remedio a su destino circular, convertido esta vez en las endebles vías que hoy cruza el tren del hierro con su chirrido atronador.

Vagones abandonados junto al monumento de Ben-Amira.
Vagones abandonados junto al monumento de Ben-Amira.Alfonso Masoliver

Viajar en el tren del hierro es perjudicial para la salud. Tanto hierro en el estómago y los pulmones debe pasar factura a quienes se ven obligados a coger este tren, no como un aventura vista desde una perspectiva europea, sino como una necesidad vista desde la perspectiva mauritana, cuando muchos de ellos no tienen un transporte mejor para llegar a la costa desde el desierto. Sin embargo, es cierto que nadie que haya viajado en él puede decir nunca más que “pasó una mala noche”, si vamos a compararla con esta; y es cierto que reporta una sensación de victoria al que consigue bajar vivo de él.

El equipo requerido

  • Pantalones largos de montaña
  • Calcetines y botas de montaña
  • Camiseta térmica de manga larga
  • Camiseta
  • Cortavientos
  • Turbante
  • Mascarilla
  • Tapones para los oídos
  • Gafas de ventisca
  • Saco de dormir
  • Una pala (fundamental para cavar un cómodo agujero donde refugiarnos)
  • Tres litros de agua por persona
  • Azúcares e hidratos

Todo este material servirá para hacer más ameno el viaje, aunque conozco a uno que fue en pantalones cortos y gafas de sol y que sobrevivió. Ligeramente trastocado de la cabeza, pero sobrevivió. Sorprendentemente. ¡Es increíble de lo que somos capaces los seres humanos para arrancarle a la vida una sacudida de nuevas emociones!