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Amberes: la ciudad del brillante no tiene puentes

La ciudad belga regala al viajero una rica cultura que nace de la fusión de civilizaciones, épocas y mundos

  • La gran estatua de Bravo en Amberes
    La gran estatua de Bravo, el valiente amberino que, según cuenta la leyenda, logró terminar con la dictadura del gigante del Escalda / Dreamstime

Tiempo de lectura 4 min.

27 de abril de 2018. 07:56h

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Maica Rivera Amberes. 27/4/2018

La ciudad se alza en el inicio del estuario del Escalda, río europeo que cruza Bélgica y divide, entre otras, la tierra amberina. Allí, donde comienzan las aguas dulces a intercambiarse con las saladas del mar del Norte, se sitúa la que fue considerada en el siglo XV la urbe más hermosa del mundo: Amberes.

Quizás la brisa que emerge de esa mezcla de «corrientes» sea lo que impregna el aire de una seductora ambigüedad y elegancia. Antwerpen –en neerlandés– es actualmente un destino de interés arquitectónico, histórico y cultural, lugar entre lo medieval y contemporáneo que despierta fascinación allá donde se pose la mirada.

La imagen de Amberes más conocida por el viajero es su imponente catedral gótica, no en vano se trata de la de mayor tamaño de Bélgica. Pero, visualmente, lo más extraordinario que la caracteriza es un horizonte de aguas fluviales sin puentes, pues las aguas del río Escalda se atraviesan por debajo de la tierra... para que en la superficie nada perturbe su armonía ni belleza.

Está constatado que Amberes ya existía como núcleo urbano en los siglos II y III d.C. y que la habitaron galos romanizados por el Imperio Romano. Desde sus orígenes, la cultura de la urbe es una fusión de civilizaciones, épocas y mundos. Hoy es medieval-contemporánea, aunque antaño se caracterizó por ser galo-románica.

Durante los siglos XV, XVI y XVII Amberes se posicionó en el mapa como punto de encuentro entre artistas, ideas y riquezas atraídos todos por su próspero puerto y la ubicación del mismo en el corazón de Europa. Era la conocida Edad de Oro de Flandes en la que se desarrolló una nueva mentalidad, la del hombre emprendedor e innovador que comienza a viajar por el mundo.

En ese periodo Amberes adquirió la diversidad y carácter abierto que define a los pueblos que acogen a viajeros y, con ellos, sus costumbres y usos. Era, entre otras cosas, una gran metrópoli medieval, nudo de comunicaciones y enclave comercial. En ella los judíos desarrollaron la industria del diamante hasta convertirla en la producción principal de la ciudad.

Peculiar arquitectura

Uno de los símbolos de la sorprendente arquitectura de Amberes es la antigua plaza del mercado medieval, Grote Markt. En su centro, una fuente representa al centurión Silvio Brabo a punto de lanzar la mano del gigante Antígono para acabar con su avasalladora petición, pues, según cuenta una antigua leyenda, exigía un pago para cruzar el río...

Muy cerca, en el interior de la conocida catedral de Nuestra Señora, la luz que filtran las majestuosas vidrieras ilumina obras de Rubens. Es como si la piedra admirara al lienzo y éste le rindiera tributo por la construcción de tan sublime belleza... El tañer de las campanas recuerda que la torre es el edificio de más altura en Amberes. Su sonido puede escucharse a kilómetros de distancia...

Abrazando la catedral se abre un laberinto de callejuelas. Calles góticas, edificios gremiales y el barroco de Rubens –reflejado en diversos detalles que aluden a su persona– hacen de Amberes un lugar mágico y único.

El recorrido por la ciudad nos lleva la Estación Central, Antwerpen-Centraal, una de las estaciones ferroviarias más hermosas del mundo que deslumbra gracias a la gran cubierta del vestíbulo. Sus 44 metros de altura terminan en una descomunal cúpula de hierro y vidrio que no deja indiferente a nadie. Otro lugar emblemático es la catedral laica que en todo su conjunto representa la pasión para la que muchos vivimos: viajar. Su suelo evoca partidas de ajedrez mezcladas con libros... El mármol asemeja un tablero de juego y el edificio exige que meditemos si hacia donde nos dirigimos es un lugar seguro.

La estación, cercana al barrio de los Diamantes, se erige como templo que abre puertas a otras épocas y otros mundos. Calles y escaparates conviven con los diamantes, aunque no pueden competir con el placer que siente el viajero al caminar sin rumbo por aquí. A cada paso, tours turísticos narran en diferentes idiomas cómo Rubens se dejó «pagar» con diamantes en bruto... Hoy día, Amberes es uno de los centros de tallado de brillantes más importantes del orbe, concentrando el 85% de la producción mundial.

Los sonidos de la ciudad y su denso tráfico, con tranvías y bicis incluidas, envuelven un aire frío impregnado de aroma a chocolate, deleite para el olfato y el gusto. Plazas, museos y personas que se cruzan... Todos estamos de tránsito en este mundo. En mi andar, llego al río Escalda... Debido a la ausencia de puentes ofrece un paisaje singular y único.

El túnel de Santa Ana

Para llegar a la otra orilla de Amberes existe un pasaje peatonal subterráneo: el túnel de Santa Ana. Pocos ríos disponen de uno. El de Amberes está a 31 metros bajo el lecho del agua y la manera de descender hasta él es un ascensor o unas escaleras mecánicas de madera de los años 30. El pasillo en forma de tubo está revestido de azulejos blancos. Se necesitan diez minutos para llegar al final del mismo, pero allí el tiempo es distinto. Al salir, el aire aleja los pensamientos que la «presión» del agua ha removido. En el exterior aparece otra perspectiva de Amberes que, armoniosa, une lo medieval y contemporáneo en un elegante «skyline». Desde la orilla izquierda todo es distinto. Comienza la puesta de sol. Los rayos se esconden detrás del horizonte y las luces se encienden lentamente...

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