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Así es Dublín

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Tiempo de lectura 4 min.

23 de octubre de 2018. 11:02h

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Maica Rivera 23/10/2018

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Verdes montañas, azules aguas del Mar de Irlanda e inolvidables imágenes urbanas hacen de Dublín un destino de viaje que se convierte en un imborrable recuerdo. Al recorrer la ciudad desaparece su “pequeñez” ante la vida que en ella palpita. Dublín late y con su latido conquista al viajero.

Unas pinceladas para situar Dublín

Capital de la República de Irlanda, Dublín es actualmente la urbe más poblada de la isla de Irlanda. La ciudad se encuentra situada en la desembocadura del río Liffey, bordeada por una cadena montañosa hacia el sur y rodeada de tierras de cultivo al norte y al oeste. Impera en ella un clima marítimo con inviernos suaves y veranos frescos, con largos días de verano y días cortos de invierno. Su otoño es lluvioso y, en su primavera, el verde de la naturaleza explosiona recordando que Dublín es el corazón de Isla Esmeralda y que su belleza nació hace más de mil años. Aunque los primeros celtas llegaron a la isla alrededor del 1600 a.C , Dublín no fue fundada por ellos, sino por vikingos en el siglo noveno.

Su arquitectura georgiana

La arquitectura en Dublin se distingue del resto de las capitales europeas por el principal material de construcción que utiliza: el ladrillo. Durante el siglo XVIII la ciudad tuvo un rápido crecimiento y las murallas medievales dieron paso a nuevas edificaciones de estilo georgiano a ambos lados del citado río que la divide. En los dos siglos que siguieron, la agitación política tuvo como resultado poca inversión en arquitectura. Se limitaron a preservar las casas, calles y plazas ya levantadas, creando con ello ese toque genuino de ciudad de otro tiempo que hoy es su sello.

Otra característica del paisaje urbano de Dublín son sus coloridas puertas de madera rompiendo la monotonía visual de las fachadas de las casas. En las avenidas y barrios del centro las viviendas con entradas rojas, violetas, azules, amarillas, rosas y todas las tonalidades imaginadas, no dejan lugar a dudas de que se está paseando por la capital de la República de Irlanda.

“Céad míle fáilte”

En la letra de la canción inspirada en la popular estatua de Molly Malone, adquiere sentido un dicho irlandés: “Nunca dejes que la verdad arruine una buena historia”. No se ha podido constatar que Molly Malone existiera y sin embargo es una de las historias más contadas. En la cultura irlandesa, narrar historias es algo que se aprende desde la infancia. Durante generaciones han contado relatos para recordar hechos, para no olvidar, e incluso para evadir la realidad. Por ello han convertido en una costumbre recibir al viajero con una buena historia: la de Dublín.

Céad míle fáilte” es la expresión gaélica, o “City of a Thousand Welcomes”: la ciudad de las mil bienvenidas. Es una iniciativa en la que ciudadanos dublineses –de manera gratuita– reciben a turistas que lo solicitan para, tomando un café o cerveza, conversar acerca de Dublín y todo lo que ofrece. Son ellos y sus palabras el máximo aliciente que tiene la ciudad para el viajero que la conoce: su hospitalidad.

Así es Dublín

Dublín no posee grandes monumentos que se consideren iconos. Es la urbe, en sí misma, el mayor “imperdible” monumento.

Para percibir su esencia es necesario vagar sin rumbo ni prisa, dejándose llevar por la música de sus artistas callejeros, adentrarse en sus estrechos callejones sin miedo, descubrir en su arquitectura historias que se mezclan con cuentos, cruzar sus puentes, observar su cielo, pisar sus adoquinadas calles generando un sonido de pasos inquietos, indagar en sus galerías de arte, impregnarse de su amigable atmósfera, respirar su aire que asemeja a un soplo de aire fresco, leer en los letreros de sus calles el nombre de literatos y músicos que en ella nacieron... En apenas treinta minutos a pie se podría atravesar su centro, pero si lo hiciéramos así, dejaríamos de vagar, de adentrarnos, de descubrir, de cruzar, de observar, de pisar, de indagar, de impregnarnos, de respirar, de leer..., dejaríamos de ver. Dublín no se merece eso.

Una vez percibida, para conocerla es necesario perderse en ella en un pasear sin destino ni tiempo. Descansar en Phoenix Park, emocionarse con su arte urbano en localizaciones como Love Lane, llorar en su cárcel transformada en museo de Kilmainham Goal, visitar la biblioteca del Trinity College, admirar la Catedral de San Patricio...

Así es Dublín, una ciudad que es en sí misma el mayor imperdible monumento para el viaje

Con la colaboración de Fáilte Ireland

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