Bardenas Reales: un paisaje de otro mundo

Arcilla y arenisca moldeadas por la erosión del viento y la bravura del agua durante milenios han conformado un destino orínico más propio de otro mundo que de Navarra

  • Es importante aclarar que no se puede hablar de una sola Bardena, sino de tres | J. Castro
    Es importante aclarar que no se puede hablar de una sola Bardena, sino de tres | J. Castro
Navarra.

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22 de mayo de 2019. 13:01h

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Julio Castro.  Navarra. 24/5/2019

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Cuando la naturaleza se siente inspirada, con la seguridad de millones de años como plazo para finalizar su trabajo, es capaz de crear auténticas obras de arte tan singulares como las que se descubren en el extremo sureste de Navarra, en el centro de la depresión del valle del Ebro: una enorme extensión (42.000 hectáreas) de terreno desnudo y descarnado, con una belleza peculiar, no siempre apreciada, que produce sentimientos encontrados y con ese punto mágico, a veces inquietante, que sólo poseen los desiertos. Porque todo lo que aparece en las Bardenas Reales, a un paso de Tudela, es gracias, o por culpa, de la metódica y paciente mano de la erosión, la más artística de las herramientas con las que trabaja la naturaleza: si a un suelo compuesto de arcilla y arenisca lo exponemos a la acción de la lluvia (muy escasa, pero que cuando cae lo hace de forma torrencial) y se le une la fuerza devastadora del «cierzo», el viento típico de la zona, el resultado no es otro que un tapiz de formas sorprendentes, con mesetas de relieve tabular rodeadas de abruptos barrancos y adornadas con cerros solitarios, aquí llamados cabezos, y bautizados con nombres tan originales como Sanchicorrota, Pisquerra o Cortinillas, al que se llega a la cima tras superar 200 escalones. El más famoso de los cabezos es el de Castildetierra, el más fotografiado y el verdadero icono de este parque, muy similar a las ‘Chimeneas de las hadas’ que decoran Capadocia.

Semejante singularidad no podía pasar desapercibida para el séptimo arte y la televisión, tanto que Bardenas Reales se ha convertido en escenario natural para varias películas como ‘El mundo nunca es suficiente’, ‘Airbag’ o ‘Acción mutante’. Ha sido una de las localizaciones elegidas por ‘Juego de Tronos’, en su sexta temporada, cuando Daenerys Targaryen atraviesa con sus dragones y sus tropas el Mar Dothraki. Sin duda, un paisaje fascinante que ha sido considerado Reserva de la Biosfera por la Unesco.

Es importante aclarar que no se puede hablar de una sola Bardena, sino de tres: la Blanca, la más espectacular y conocida; la Negra, llamada así por el tono de su vegetación, y el Plano, una enorme llanura dedicada al cultivo intensivo de cereales. Si bien la Blanca es la más visitada es muy recomendable hacer una incursión en las otras dos y apreciar los grandes contrastes que las diferencian. Un vehículo 4x4 es una buena opción para recorrer la zona de forma rápida y cómoda; pero si de verdad quieren disfrutarlas como es debido, no duden en hacerlo a pie o en bicicleta. Para ello, se han habilitado una serie de rutas con senderos perfectamente señalizados. Otra opción, tan interesante como divertida, es contactar con alguna empresa como Nataven que ofrecen varios recorridos en ‘segway’, un patinete eléctrico, seguro y manejable, con ruedas adaptadas a este agreste paisaje.

Una ciudad, tres culturas

En Tudela (al igual que ocurrió en Toledo), cristianos, musulmanes y judíos compartieron espacio de forma pacífica y ordenada durante cuatro siglos. Pasear por el laberíntico entramado de sus callejuelas, sin un rumbo fijo, es la mejor manera de comprender lo que fue ese ejemplo de tolerancia y mestizaje cultural en una época donde lo que imperaba era la incomprensión. Una manera perfecta de entender que, cuando se quiere, la convivencia es perfectamente posible.

La primera parada debería ser en la plaza de los Fueros, punto de transición entre la antigua ciudad y la moderna. Éste es el centro de reunión habitual de los tudelanos, la «sala de estar» como a ellos les gusta llamarla, el lugar perfecto para conversar, tapear o, simplemente, ver y dejarse ver. Antiguamente, en esta preciosa ágora se celebraban corridas de toros, como atestiguan los motivos taurinos que adornan sus balcones junto a los escudos de los municipios que conforman la Ribera. A pocos pasos, se encuentra el monumento principal de Tudela: la catedral cisterciense de Santa María, levantada a finales del siglo XII sobre los restos de una antigua mezquita. Tres pórticos dan acceso a su interior, pero es aconsejable entrar por la que está situada en la fachada occidental, con mezcla de estilos románico y gótico. Su elemento decorativo más significativo son las ocho arquivoltas apuntadas repletas de figuras talladas en la piedra que narran los premios a los justos, a la izquierda, y los castigos a los pecadores, a la derecha, como sentencia en el juicio que a todos nos aguarda.

Una vez dentro, sorprende su luminosidad y abruma la decoración de alguna de sus capillas, como la de Santa Ana, joya del estilo barroco. A la derecha del altar mayor, casi escondida, aguarda una de las grandes sorpresas de este templo: la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza, con el impresionante sepulcro del canciller Francisco de Villaespesa, una monumental obra de alabastro tallado y policromado. Los amantes de la buena mesa no deben pasar por alto una visita al Mercado de Abastos, donde se venden las mejores verduras ribereñas; todo un despliegue de cogollos, espárragos, alcachofas y ese gran desconocido, el cardo rojo de Corella. Se pueden degustar en todos los bares y restaurantes entre los que destacamos el Mesón Julián (calle de la Merced, 9) y el Treintaitrés, en Capuchinos, 7.

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