Punta Arenas en velero al fin del mundo

Al sur de Chile, en la región de Magallanes, se celebra estos días la cita internacional Velas Latinoamérica 2018, una experiencia única para llegar a los confines de la tierra

  • Punta Arenas en velero al fin del mundo
Punta Arenas (Chile).

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18 de mayo de 2018. 07:30h

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Maica Rivera .  Punta Arenas (Chile). 18/5/2018

La urbe es descrita como el fin del mundo. Así sería si si se piensa en conexión a internet o facilidad para adquirir cierto tipo de productos. Pero la vida, el planeta y el orbe poseen un significado mucho más profundo y, en él, tierra, mar y aire son protagonistas absolutos. Son los tres elementos que reinan sin lugar a dudas en esta ciudad.

Con esa perspectiva, Punta Arenas no sería el fin, sino un principio, un acceso a la Antártida, la última superficie de la Tierra en ser descubierta por el hombre y, por ello, un lugar que despierta los sueños de los viajeros más atrevidos. Se considere como se considere, la ciudad desprende cierta magia y romanticismo que atrapan al visitante, pues al igual que toda Chile, es tierra de marinos... Y el mar siempre ha seducido a la humanidad.

La región de Magallanes –una de las quince provincias de Chile–, de la que es capital Punta Arenas, alberga y protege maravillas naturales como el parque nacional Torres del Paine, la isla Tierra de Fuego o el estrecho de Magallanes, la única ruta marítima segura antes de la construcción del canal de Panamá para el paso entre los océanos Pacífico y Atlántico.

Por todos los tesoros que Chile encierra se dice que en ella se observan fenómenos que no existen en ningún otro país, y que su geografía, en la que conviven glaciares con volcanes, cordilleras y desierto, curtió el alma chilena dotándola de firmeza e independencia. «...Chile es una isla frente al océano Pacífico y su cordillera una gran ola que no llega a romper nunca». Es en Punta Arenas y en toda la zona magallánica donde se refleja la dureza climatológica de la superficie llamada «fin del mundo». En ella, los doscientos años de la Armada de Chile darían para escribir un libro.

Grandes Veleros

Los Grandes Veleros, todos buques escuela, navegan conjuntamente durante meses tomando sus decisiones bajo el concepto de la «independencia» marina: el mar es autárquito de la tierra y como ley la seguridad es la única. Un ejemplo de ello en esta tercera edición –se celebra cada cuatro años– ha sido la suspensión de bordear el Cabo de Hornos. El riesgo de daño a las naves debido a la existencia de fuertes vientos y oleaje, unido a la presencia de icebergs, les ha hecho cambiar la ruta. Accedieron al Puerto de Punta Arenas a través del Estrecho de Magallanes.

Las aguas que separan América de la Antártica y a la vez unen los océanos Pacífico y Atlántico son muy peligrosas para las embarcaciones de vela, pero en ellas, Chile, el país más cercano a la Antártica, y dentro de ésta a la zona llamada Polo Sur –no explorada hasta el 1911–, ha formado a su marina. En parecidas situaciones, es decir, ante imprevistos, se extraen de las experiencias enseñanzas para futuros marinos. Es el objetivo del evento en sí mismo, intercambio de conocimientos, de culturas y de trabajo en equipo. Por ello, entre puerto y puerto, se intercambia la tripulación de los buques: oficiales, alumnos y cocineros conviven aportando todo tipo de información, adquiriendo así gran sentido e importancia a esta conmemoración de los primeros actos de independencia en Sudamérica.

La Esmeralda: buque escuela

El puerto, en la distancia, asemeja la imagen de otra época, otro tiempo, otro mundo. Resaltan en el cielo gris de Punta Arenas los mástiles y las velas plegadas que indican el reposo de los navíos; las banderas orgullosas revelan la procedencia de remotos lugares del mundo. La escasa luz de la ciudad, la interminable lluvia y el frío, envuelven la escena enmarcando cada detalle y haciendo del momento un recuerdo inolvidable y único. El mar en Chile es tan impredecible que el buque escuela es como un templo para el chileno marino. En él se enseña a surcar los mares como hacían los antiguos; en él se sueña y en él se doma el temor a nosotros mismos.

En el tramo que une el muelle con el barco, la tripulación, mediante una cadena humana repone productos alimenticios de mano en mano hasta llegar a las cocinas. Nada detiene su ritmo. El paso, estrecho, no lo parece cuando me dirijo hacia el interior de La Esmeralda. Es como si los marinos me hubieran cedido por unas horas el privilegio de no necesitar mucho y, entre ellos, y al igual que ellos, sin vacilar camino. En su interior, un largo pasillo y camarotes. La altura del techo provoca que inevitablemente se acelere el pulso. La madera transpira, huele a mares y océanos. Se percibe intenso sentimiento de devoción a este mundo en los gestos, en los ojos, en cada detalle de aquellos con los que me cruzo. Subo y bajo escalones que, por su pequeña superficie, son un desafío. El buque tiene más de 70 años, décadas de navegación en las que se ha impregnado del mar y de su hechizo.

Ya en cubierta, y desde el puente de mando, miro al horizonte. Golpea la fuerza del viento, el movimiento del oleaje y el impacto del agua que cae. Emocionada, Mundo, percibo que antaño en este barco muchos salieron a a explorarte, a conquistarte... desafiando creencias y peligros. Ahora mismo, Mundo, no escribo sólo por mí, sino por todos los viajeros que atravesaron tus océanos y mares, por todos aquellos aventureros a los que tentaste y por los soñadores a los que te entregaste... Sin ellos hoy tú no habrías existido. Por todos ellos a Punta Arenas he venido.

Encuentro de varias naciones

Chile es amante del mar al que tiene gran respeto y compañero inseparable de los marineros. Quizás por ello, junto con la Armada Argentina en 2010, la Armada de Chile organizó el primer encuentro Internacional de Grandes Veleros, en un homenaje a las difíciles aguas de los dos océanos que la enseñaron a navegar: «Ningún marinero se hizo experto en un mar en calma».

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