Vernona: eterno destino de los enamorados

Si amas a alguien, tráelo a Verona». Palabras que implican una promesa. La de una ciudad que se compromete a mostrar que el amor verdadero nos llega a todos.

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16 de febrero de 2018. 00:11h

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16/2/2018

Verona es mundialmente conocida y venerada por ser cuna de los personajes Romeo y Julieta, sin embargo, es posible que aquel que la inmortalizó, Willian Shakespeare, jamás contemplara la belleza que expresó en palabras, pues el dramaturgo escribió: «...fuera de las murallas de Verona no hay mundo, sino purgatorio, infierno y desesperación».

Es por el sentimiento que transmite su descripción por lo que se cree que en algún momento Shakespeare recorrió sus medievales calles enamorándose perdidamente de ella. Parecen existir indicios de que el poeta vivió en Italia durante los años 1585 a 1592, aunque de ese periodo de su vida no hay certeza de nada; como todo lo que rodea a la devastadora pasión de Romeo y Julieta.

Mecenas del arte y de las letras

Verona tiene sus orígenes hace más de dos mil años, cuando pueblos indoeuropeos se establecieron en la orilla del río Adigio, justo donde hoy forma una ondulante curva y se encuentra el antiguo Puente de Piedra. Su historia refleja en cierta manera la historia de Italia –como atestigua su arquitectura romana, medieval y renacentista–, y al igual que ella, preserva antiguas culturas y enseñanzas que el viajero contempla a cada paso.

Durante la edad Media, bajo el señorío de la familia Scaligeri (1260-1387), la ciudad experimentó su máximo esplendor embelleciéndose con importantes edificios y convirtiéndose en mecenas del arte y de las letras, hasta el punto de que artistas y poetas como Dante Alighieri y Petrarca tuvieron la fortuna de vivir en ella.

Es en esa época cuando surge la leyenda de los amantes de Verona. La tragedia de su amor circuló durante mucho tiempo por Europa en forma de cuento, poema e incluso novela. Shakespeare se inspiró en esos relatos para crear su famosa obra de teatro, convirtiendo a Verona en la eterna ciudad del amor por excelencia.

Pasearla es leerla

La urbe italiana, sin duda alguna, ha traspasado fronteras, impulsada por una pasión que ni siquiera se sabe si fue cierta. Pero, aún así, es y será siempre, destino de románticos en busca de los sentimientos que dieron vida a Romeo y Julieta.

Pasear por Verona es «leerla»; cada callejuela es una página, y en su final, otra a ser leída nos espera; cuando cruza con calles que la atraviesan se convierten en poemas... y al desembocar en antiguas plazas el paseo ha formado una oda a la perfección de su belleza. Cada una de sus letras impacta y golpea en el viajero. Imposible mantenerse indiferente al embrujo que la literatura despierta.

En esa mezcla de historia e irrealidad que caracteriza a Verona se sitúa la que pudo ser morada de la bella Julieta en un antiguo palacio señorial en la Vía Cappello, dirección que hoy en día se ha convertido en mítico lugar de peregrinación para los que creen que con una carta dirigida a ella invocan al amor verdadero.

En la entrada, un pasillo repleto de notas escritas precede a un patio y a la escultura de Julieta. Imagen que, comprometida con los sueños que representa, parece prometer que todas serán leídas por ella. El contenido de esos mensajes se halla repleto de deseos de amor eterno y de pasión intensa...

Al leerlos, el roce del papel suena a suspiro que se lamenta, y en su queja, se encuentran respuestas a preguntas que no fueron hechas. Es en ese instante cuando se percibe con fuerza la seducción que ejerce Verona en el atónito viajero: emana imparable del deslucido bronce de Julieta; del arrugado papel que letras encierra; de los miles de candados que aprisionan a la emoción; de las incrustaciones de piedras grabadas con secretos que pesan; de pintadas en los muros, de tarjetas, firmas...; de los cantos del suelo –que millones de pisadas estoicamente soportan–, incluso de las piedras que a la casa dan estructura y forma.

Seducción irresistible pues nace de historias reales y ciertas. Es así como Verona y Julieta al amor invocan: muestran que no estamos solos en la necesidad de que alguien nos quiera; obligándonos a reconocer ante aquellas notas, que el amor existe.

Tras depositar mi carta, camino hasta la casa de Romeo, y desde allí, hacia la tumba de Julieta. A cada paso, difumino la delgada línea que separa la realidad y la fantasía del poema. Por estrechas calles, donde aún suenan las espadas que defendían ofensas, deambulo sumergida en el duelo que Verona desencadena: el que reta a desafiar al amor a que deje de esperar a príncipes o princesas.

Estos días, con motivo de la celebración de San Valentín, la ciudad festeja y homenajea al amor en la plaza dei Signori, donde se dibuja un enorme corazón en el suelo de color rojo y se silueta formada por puestos de artesanía en los que todo se encuentra. En su centro, sorprende una lluvia de corazoncitos de papel con mensajes para que el que algo busca, los lea; bajo ellos, me doy cuenta de que ya no necesito palabras que me indiquen que el amor existe, que tiene cuerpo y presencia, y que, al igual que nosotros lo buscamos, él por encontrarnos se muere de impaciencia.

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