Vilalba, parada de peregrinos del Camino de Santiago de Compostela

  • Puente de Martiñan
    Puente de Martiñan /

    Miguel Berrocal

Tiempo de lectura 4 min.

20 de febrero de 2019. 09:28h

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Maica Rivera 20/2/2019

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El Camino del Norte cruza una población que en cierta manera es especial: Vilalba. La etapa que lleva a ella es una mezcla de prados, cultivos y bosques de robles. Es la orografía característica de Terra Chá, una inmensa comarca surcada por numerosos ríos y lagunas de la que Vilalba es capital.

La importancia de esta zona es tal, que dicen que en Terra Chá nace Galicia. Otros afirman que más que “nacer”, es donde muestra su esencia a través de sus pequeñas explotaciones agrarias y parroquias diseminadas. Sea como sea, esta llanura es fiel reflejo de la sencillez del mundo rural gallego. Unos versos de Manuel María plasman el sentimiento que despierta: “Eu amo a Terra Chá, sempre tan miña. Eu amo a Terra Chá tal como é”.

Torreón de Vilalba. Foto: Miguel Berrocal
- Torreón de Vilalba. Foto: Miguel Berrocal
Vilalba, descanso de peregrinos

Vilalba es parada habitual de los peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela por el Camino del Norte. Al adentrarse por su calle principal el municipio acoge con laberínticas callejuelas que son seña de identidad de su casco histórico. Destacan dos iconos: un árbol con nombre propio, La Pravia, y un torreón que atestigua la antigua existencia de un castillo.

La Pravia da la bienvenida al viajero en la Plaza de Suso Gallego, a la entrada del pueblo. La abundante ramificación de su copa regular y redondeada –aun sin hojas– es cautivadora. Es más que un arce centenario frente a la Fonte da Carretera –donde saciaban su sed los antiguos caminantes que llegaban a la villa–, es un apoyo de la naturaleza para sobrellevar el cansancio del Camino.

No muy lejos, una vieja torre del homenaje se eleva con cuarenta metros de piedra de granito y pizarra, su forma es octogonal. Esta impresionante construcción, legado de la Galicia medieval está integrada en el Parador de Vilalba. En su interior las estancias trasladan a una época de camas con dosel y habitaciones con chimeneas. Al subir por las escaleras se adquiere la certeza de que siempre fue lugar de refugio. Antaño fortificación defensiva, actualmente hotel para el peregrino. Una vez en el exterior, en su punto más alto, mientras el viento golpea, el paisaje ofrece verdes prados, ocres tierras, azules ríos, grises nubes... bajo una fina llovizna que cala y moja. Pero allí arriba nada im-porta. La perspectiva es demasiado hermosa.

El Puente de Martiñán

Antes de llegar a Vilalba sombras de árboles oscurecen una senda. Sobre ella, las hojas húmedas, al contacto con el polvo del camino han formado una alfombra sobre la cual mis pisadas no suenan. Musgo verde cubre troncos y piedras. Murmullo de agua. Gotas de lluvia gallega. Al final del sendero se eleva un puente de tres arcos desiguales que salva el río Batán. En uno de sus extremos una piedra tallada con una inscripción ilegible hace que me detenga. Es el viejo puente de Martiñan, una belleza de roca sin labrar en medio de la naturaleza. ¿Cómo describir la grisácea luz, el frío que hiela, o el fluir de la corriente que en cierto modo arrastra al que la contempla?

Grupos de peregrinos pasan muy cerca. Tal vez se conocieron en alguna vereda. Las gentes en el Camino se contactan sin pedir nada a cambio ni ofrecer promesas, pues el peregrino suele desear a la soledad por compañera.

Cae la tarde, árboles, hojas, troncos, piedras y todo lo que me rodea, se conjugan para que no soporte la idea de finalizar mi periplo hacia Santiago de Compostela. Descubre Galicia con Vueling

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