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«Tuvimos que elegir a quién salvábamos y a quién no»

  • Vista de la llegada de un grupo de inmigrantes al puerto de Mytilini, isla de Lesbos
    Vista de la llegada de un grupo de inmigrantes al puerto de Mytilini, isla de Lesbos
E. S. Sieteiglesias/ A. Sáez.  Madrid/ Atenas.

Tiempo de lectura 4 min.

30 de octubre de 2015. 01:29h

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E. S. Sieteiglesias/ A. Sáez.  Madrid/ Atenas. 30/10/2015

«Grecia eleva a ocho el número de niños muertos en el barco naufragado». Con ese titular la prensa informaba sobre el último recuento de víctimas en el enésimo naufragio cerca de las costas griegas. En el último mes, debido al inicio del mal tiempo, esas tragedias se han repetido casi a diario, pero la conmoción se dispara cuando entre los ahogados hay pequeños. En las últimas horas, los incidentes en las islas de Lesbos, Agatonisi y Samos han dejado once muertos, ocho de ellos niños. Una cifra que podría aumentar porque al menos 40 personas continúan desaparecidas tras hundirse la embarcación de madera en la que viajaban unos 300 refugiados al norte de Lesbos. En esa isla se han vivido los momentos más dramáticos desde el inicio de la llegada masiva de botes desde Turquía. Han circulado las imágenes de decenas de cadáveres cubiertos con mantas térmicas o voluntarios tratando de reanimar a niños pequeños. Entre ellos, un bebé de un año que permanece en estado grave. Uno de los socorristas presentes en el naufragio es Gerard Casals, de la ONG Proactiva Openarms de Badalona. «Sabíamos que íbamos a tener alguna actuación, pero esperábamos que no fuera de este calibre», indica a LA RAZÓN el joven, quien lleva más de un mes y medio en Lesbos. «No es que hayamos visto a gente a la que no hemos podido salvar, es que hemos tenido que elegir a quién salvábamos y a quién no. Es una de las situaciones más duras que me han ocurrido», confiesa Casals, quien continúa: «Tener que pensar: tú te subes a mi moto y a ti te dejo y si en el próximo viaje estás, estás, y si no...». El joven catalán recuerda que «navegábamos entre cadáveres de niños, de gente adulta, arrebatábamos a niños de los brazos de sus padres, porque seleccionábamos al hijo que aún tenía posibilidades de salir adelante. Hasta ese punto».

El voluntario confiesa que está preparado técnicamente, pero duda de que alguien pueda estarlo mentalmente. «A nosotros nos está financiando la sociedad, gente de todo el mundo. Aquí hacen falta recursos, no policías de fronteras, hacen falta tareas de salvamento. Debemos proveer una vía de entrada segura, no cerrar fronteras y esperar a que se mueran en el agua. Es una vergüenza y los europeos nos estamos cubriendo de gloria. Se nos olvida que fuimos refugiados y que hubo guerras en Europa».

Aún nervioso y con el salvavidas puesto, Mahdi, un joven afgano, exclama que ha pasado «mucho miedo» y cuenta que entre los refugiados denominan esa etapa de su éxodo como «el trayecto de la muerte». Para él, no tienen «otro remedio»: «Llevamos tres días esperando en la costa turca para salir. Lo hemos intentado tres veces sin éxito. El mal tiempo nos da igual». «Pensaba que el mar estaría más movido, pero ha sido fácil», dice un sirio. En sus brazos sostiene un bebé, cubierto con una manta térmica. En las últimas semanas se han desplazado a la zona decenas de voluntarios, que atienden a los refugiados en la misma playa donde arriban. Esas tareas, sin embargo, son insuficientes para evitar las repetidas tragedias en alta mar.

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