Ciencia y Tecnología

El observatorio LIGO detecta una señal que podría provenir de uno de los primeros agujeros negros primordiales

Si acaba confirmándose, sería la prueba definitiva de que este tipo de agujeros no son solo una teoría

Errol Musk en el podcast Wide Awake
LIGO es un observatorio que detecta ondas gravitatorias

Desde el Big Bang el universo ha guardado un secreto que ahora, por fin, parece estar saliendo a la luz: los agujeros negros primordiales. A diferencia de los que conocemos actualmente, esos que nacen cuando una estrella gigante muere y colapsa, los primeros habrían aparecido tan solo un segundo después del inicio de todo. No necesitaron estrellas para formarse; les bastó con la densidad de la materia subatómica en aquel caos inicial. Durante décadas, fueron poco más que una idea matemática, una teoría, pero sin pruebas, hasta que un nuevo estudio liderado por los astrofísicos Alberto Magaraggia y Nico Cappelluti da a entender que podríamos haber cazado, por primera vez, a uno de estos agujeros negros.

El punto clave de este hallazgo está en una señal detectada por el observatorio LIGO, que cuenta con un sistema que "escucha" las ondas gravitacionales o ruido en lo que sería el espacio-tiempo. Al analizar una colisión de objetos masivos, los investigadores notaron algo que les llamó la atención: uno tenía una masa inferior a la de nuestro Sol. Hay que tener en cuenta que los agujeros negros que conocíamos hasta ahora siempre son mucho más pesados que el Sol porque provienen de estrellas gigantes. Si encuentras uno con una masa tan pequeña, la explicación más lógica es que se trata de un agujero negro primordial

Un patrón que encaja perfectamente con los datos acumulados por LIGO

Imagen del espacio profundo
Imagen del espacio profundo

En ciencia, un solo dato no es suficiente, así que el equipo de la Universidad de Miami se puso manos a la obra. Se preguntaron cuántos de estos agujeros negros primordiales debería haber ahí fuera y con qué frecuencia el LIGO debería ser capaz de encontrarlos. Al comparar modelos matemáticos con los registros acumulados desde 2015, todo encajó. Los resultados muestran que estos encuentros son extremadamente raros, lo cual coincide exactamente con lo poco que se ha visto hasta ahora. No parece una casualidad ni un error al interpretar los datos, sino un patrón que empieza a cobrar sentido y que refuerza la idea de que estos agujeros negros, algunos quizás del tamaño de un asteroide, están realmente ahí, escondidos en la oscuridad.

Todavía es pronto para cantar victoria y la comunidad científica prefiere caminar con pies de plomo. Para que esta prueba sea definitiva, necesitamos detectar más señales similares, un objetivo que será mucho más sencillo con las próximas tecnologías y la llegada LISA en 2035, un observatorio espacial de ondas gravitacionales en el espacio.

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