Inteligencia Artificial

La IA le está haciendo los deberes a los niños y esto puede ser devastador para ellos

Más de la mitad de los adolescentes ya utiliza herramientas de inteligencia artificial para resolver sus tareas escolares diarias, ampliando la brecha social

Errol Musk en el podcast Wide Awake
El uso intensivo de herramientas generativas en la educación secundaria obliga a los profesores a replantear la forma en que mandan y evalúan las tareas

Los teléfonos móviles actuales han puesto a disposición de los estudiantes una herramienta gratuita que resuelve sus tareas en pocos segundos. Una gran parte del alumnado ha dejado de procesar la información por su cuenta y ahora delega sus trabajos en programas de inteligencia artificial que redactan los textos muy rápidamente.

Una encuesta reciente del Pew Research Center publicada en la revista Futurism pone cifras concretas a este cambio de hábitos. Los investigadores han preguntado a jóvenes estadounidenses de entre trece y diecisiete años, confirmando que el cuarenta y cinco por ciento rechaza usar algoritmos para estudiar, convirtiéndose en la nueva minoría.

Las cifras del aula: buscar datos y resolver problemas matemáticos

Mirando el desglose de los porcentajes, el cincuenta y siete por ciento de estos jóvenes emplea los chatbots para buscar información. Justo por debajo, un cincuenta y cuatro por ciento declara acudir a ellos buscando ayuda explícita con los deberes que los profesores mandan para hacer en casa por las tardes.

Cuatro de cada diez alumnos que abren estas aplicaciones afirman que la herramienta sirve para investigar o hacer matemáticas. Las opiniones sobre su eficacia están divididas en partes iguales: una cuarta parte las considera muy útiles para completar el temario, mientras que otro veinticinco por ciento las valora como algo útiles.

El uso puntual se transforma en costumbre para muchos de ellos. Actualmente, un diez por ciento realiza todo su trabajo con inteligencia artificial, delegando completamente sus responsabilidades académicas. A este grupo se suma un cuarenta y cuatro por ciento adicional que admite usarla de forma moderada para sacar las asignaturas adelante.

Estos porcentajes esconden una brecha económica muy marcada. En los hogares con ingresos inferiores a los veintisiete mil quinientos euros, el veinte por ciento de los alumnos hace todas sus tareas con la máquina. Esa dependencia baja hasta el siete por ciento en familias que ingresan más de sesenta y ocho mil.

El factor racial también dibuja distancias claras, ya que los adolescentes hispanos y negros superan en doce puntos a los blancos en el uso intensivo diario. Esta automatización de los estudios choca directamente con quienes alertan sobre la destrucción del empleo intelectual a medio plazo debido a la expansión de estos programas.

La plataforma digital actúa como una vía de escape rápida cuando falta dinero para pagar clases particulares o los padres no tienen tiempo para revisar los libros. El límite entre el apoyo escolar y la simple copia desaparece, anulando el esfuerzo necesario para asimilar los conceptos impartidos durante la jornada lectiva.

La cabecera estadounidense señala una pérdida de habilidades de escritura y razonamiento. Dejar las redacciones en manos de una máquina valida a los programadores que avisan de las limitaciones reales de este tipo de código. Los estudiantes dejan de practicar cómo sintetizar textos largos o estructurar sus ideas lógicas en un papel.

En los pasillos de los institutos se asume muchas veces que saber copiar bien con estas herramientas equivale a tener competencias informáticas. Los alumnos conviven con mensajes constantes que aseguran que una máquina hará su trabajo en el futuro, desmotivando cualquier intento serio de estudiar para labrarse una carrera profesional tradicional.

Toda esta situación choca frontalmente con unas aulas públicas que llevan medio siglo perdiendo presupuesto estatal. Aprovechando la falta de recursos y los problemas de masificación, las compañías de software intentan entrar en las escuelas firmando acuerdos con los sindicatos de profesores para implantar sus productos como complementos de aprendizaje diarios.

Las escuelas y los padres tienen la obligación de enseñar a los jóvenes cómo funcionan estos modelos generativos sin confiar ciegamente en sus textos. Los profesores necesitan cambiar los métodos de evaluación en clase, dando mucho más peso a las exposiciones orales y a los proyectos presenciales en lugar de mandar redacciones largas para casa.