

Imagen y sonido
Pones el mismo archivo FLAC en tu PC gaming y en un WiiM Pro+ de 150 euros. Mismo disco, mismo DAC, mismo ampli, mismo volumen. Sobre el papel, todo es bit-perfect: los unos y ceros llegan intactos al convertidor. Y, sin embargo, el resultado no termina de sonar igual. Uno parece más limpio, más estable, más “enfocado”. El otro tiene algo de dureza, un ruido de fondo que no se ve en la barra de Windows, pero está ahí.
Durante años hemos repetido el mantra de que “digital es digital” y que, mientras el archivo no se corrompa, da exactamente igual si sale de un PC, de un streamer o de una piedra con USB. La nueva generación de aparatos como Eversolo DMP-A10, WiiM Ultra/Pro+, FiiO R7 o Matrix Element X viene a desmentirlo no con magia ni fe audiófila, sino con ingeniería y mediciones.
Este artículo no va de opiniones ni de creer o no creer en los streamers. Va de entender por qué, aunque ambos sistemas reproduzcan el mismo archivo bit-perfect, un ordenador generalista y un streamer dedicado juegan en ligas distintas: ruido eléctrico, relojes maestros, jitter, fuentes de alimentación, USB frente a otros sistemas de conexión y aislameiento, y hasta cómo el sistema operativo mete la mano sin que te des cuenta. Vamos a abrir ese melón con calma.

Cuando se habla de audio digital, la idea que más se ha repetido durante años es que “si los bits llegan igual, sonará igual”. Y sobre el papel es cierto: un archivo FLAC no se estropea porque salga de un PC, de un streamer o de una calculadora con USB. El concepto bit-perfect simplemente significa que los datos no se alteran durante el viaje. Y eso la mayoría de dispositivos modernos lo cumple sin despeinarse.
El problema es que bit-perfect no garantiza que ese viaje sea limpio. El archivo llega intacto, sí, pero el camino hasta el DAC —que, por cierto, es más importante de lo que parece— no es sólo una secuencia de números: hay electricidad, hay temporización y hay un entorno físico que puede ser ruidoso o estable. Un PC no está diseñado para que ese camino sea perfecto; un streamer sí. Y aquí es donde empieza a romperse el mito: no importa que los bits sean los mismos si todo lo que los acompaña —ruido, interferencias, fluctuaciones de reloj— no lo es.
De hecho, hay mediciones y pruebas ciegas que lo dejan bastante claro. En uno de los blind tests más citados, una placa base de PC fue calificada como la peor fuente digital del grupo, no por cambiar los datos, sino por el ruido eléctrico que inyectaba en la señal. En la misma prueba, un reproductor de SACD y hasta un iPhone quedaron por encima. No porque “suene mejor por magia”, sino porque introducían menos ruido y menos fluctuaciones de tiempo —lo que se conoce como jitter, otro concepto que daría para su propio artículo y del que vamos a hablar algo más adelante—.
El resumen es sencillo: bit-perfect garantiza que el mensaje es el mismo, pero no que el mensajero lo entregue en buenas condiciones. Y en audio puede ser un mundo de diferencia. Es la primera pieza del puzzle que explica por qué un PC y un streamer dedicado pueden producir experiencias distintas con exactamente el mismo archivo.

El primer gran obstáculo de un PC como fuente de audio no es el archivo ni el reproductor: es la propia electricidad que mueve todos sus componentes. Un ordenador está lleno de piezas que consumen mucha potencia, cambian de estado constantemente y generan pequeñas fluctuaciones eléctricas. Esas variaciones no dañan los bits, pero sí crean un entorno sucio que termina afectando a la señal digital cuando viaja hacia el DAC.
La mayor parte del problema empieza en la fuente de alimentación. Las de los ordenadores funcionan con conmutación a alta frecuencia y están pensadas para ser eficientes, no silenciosas. El resultado es un voltaje que nunca es completamente estable: tiene pequeños picos, caídas y vibraciones eléctricas que se extienden por toda la máquina. Esa inestabilidad se cuela en los puertos USB y en cualquier circuito conectado a la placa base, incluido el que envía la señal de audio.
A esto se suma la GPU, uno de los componentes más ruidosos que puede tener un equipo doméstico. Cada vez que se mueve un gráfico, se carga una textura o se ejecuta un juego, la tarjeta gráfica genera interferencias electromagnéticas que el PC no está diseñado para contener. En un sistema de audio es fácil percibirlo: basta acercar una guitarra eléctrica encendida a un ordenador para notar el zumbido. Ese ruido no es eléctrico “analógico” que podamos oír tal cual, pero sí puede introducir inestabilidad y contaminación en la salida digital.
La placa base y la CPU tampoco ayudan. Todo su sistema se basa en reguladores que suben y bajan voltajes miles de veces por segundo. Según el modelo, la cantidad de ruido que producen puede variar enormemente. En algunas mediciones independientes, placas con audio integrado “de gama alta” mostraban un fondo eléctrico claramente visible y armónicos de 50/60 Hz que no deberían estar ahí. No afectan al archivo, pero sí al entorno por el que circula.
Un streamer dedicado evita estos problemas porque está construido justo al contrario: usa fuentes lineales mucho más limpias, separa físicamente la parte digital de la analógica y, en los modelos más avanzados, encierra todo en chasis de aluminio que actúan como escudo contra interferencias. No hay GPU, no hay ventiladores, no hay cargas variables que contaminen la señal. Ese diseño tan simple —pero tan específico— es lo que le permite entregar un flujo digital más estable y sin esa turbulencia eléctrica que acompaña a cualquier PC normal.
En audio digital todo gira, literalmente, alrededor del reloj. Es el componente que marca el ritmo al que se leen y se convierten los datos: un pulso constante que ordena los 44.100, 96.000 o 192.000 fragmentos por segundo que forman una canción. Si ese pulso es estable, la conversión es precisa. Si se mueve, aunque sea unas pocas billonésimas de segundo, empiezan los problemas. Es la diferencia entre una orquesta dirigida por un metrónomo perfecto o por uno que se acelera y frena sin avisar.
Cuando ese reloj no es completamente estable aparece el jitter, que no es más que una variación en el tiempo. En vez de llegar cada muestra cuando toca, algunas llegan un poco antes, otras un poco después. Los bits siguen siendo los mismos, pero su momento no lo es. Y el DAC interpreta esa variación temporal como una señal ligeramente deformada. No hablamos de errores evidentes, sino de una pérdida de definición que se nota más en sistemas sensibles, en música muy dinámica y en escuchas entrenadas.
Un PC no está diseñado para mantener ese pulso con precisión audiófila. Usa un reloj generalista que coordina absolutamente todo: gráficos, red, USB, CPU, periféricos… y el audio es sólo un pasajero más. Es normal que haya pequeñas fluctuaciones porque el reloj del PC “responde” al resto de la máquina: cambia su carga, cambia su temperatura, cambian sus prioridades, y el timing nunca es completamente estable. La señal llega, pero no llega con la regularidad ideal.
Los streamers trabajan justo al contrario. Incorporan relojes dedicados sólo para audio, aislados del resto de la circuitería y diseñados para tener una precisión mucho mayor. Algunos modelos usan relojes de nivel femtosegundo, capaces de reducir la inestabilidad a niveles tan bajos que ni siquiera los equipos de medición actuales pueden detectarla con claridad. Además, la ruta entre el reloj y el DAC suele ser muy corta y muy limpia, lo que ayuda a mantener ese pulso intacto.
En la práctica, todo esto se traduce en una reproducción más estable y menos propensa a pequeñas distorsiones temporales. No es un efecto dramático ni algo que vaya a transformar por completo un sistema mediocre, pero en equipos equilibrados o de cierto nivel sí marca una diferencia. Sobre todo cuando se compara, a ciegas, un reloj generalista de PC con uno dedicado que sólo existe para que la música llegue cuando tiene que llegar.

Cuando se habla de bit-perfect, la idea más extendida es que un PC envía el archivo tal cual al DAC y ya está. Pero lo normal es que el sistema operativo intervenga antes de que la señal salga. Windows, macOS y muchas configuraciones de Linux usan un mezclador interno que adapta todo al sample rate fijado por defecto. Si está en 48 kHz, todo pasa por 48 kHz, aunque el archivo sea de otra frecuencia.
Ese cambio no destruye los datos, pero sí implica una conversión automática que modifica la señal. Puede ser una variación mínima, pero ya no es bit-perfect; no es lo que un audiófilo busca. Y lo más importante: ocurre sin que el usuario lo vea ni pueda controlarlo desde un reproductor normal.
A esto se suma la vocación multitarea del PC: notificaciones del sistema, vídeos en segundo plano, sonidos de aplicaciones… todo eso comparte la misma ruta de audio. En cuanto uno de esos elementos aparece, el mezclador vuelve a entrar en acción para combinarlo todo. Es otro punto donde el bit-perfect se rompe sin avisar, y donde pueden aparecer pequeños cortes o microvariaciones si el sistema está ocupado con otras tareas.
Existen formas de evitarlo, claro: drivers ASIO, modos exclusivos, configuraciones avanzadas en algunos programas. Pero no todas las plataformas los soportan, no todos los reproductores funcionan igual y, para colmo, el propio sistema operativo puede revertir ajustes después de una actualización. En un PC se puede conseguir un flujo limpio, pero no es algo que ocurra por defecto, ni es algo que el usuario medio vaya a mantener estable sin tocar nada más.
Aquí es donde entra el streamer dedicado. Estos dispositivos no tienen un sistema pensado para mil usos distintos: no hay notificaciones, no hay procesos paralelos, no hay mezclador general. El firmware sólo existe para reproducir música y entregar la señal tal como está en el archivo, cambiando el sample rate cuando corresponde y sin introducir conversiones que el usuario no haya pedido.
El resultado es lo que se entiende como bit-perfect real: conservar los datos sin alterarlos y evitar cualquier intervención del aparato en el camino. No depende de configuraciones avanzadas, ni de compatibilidades, ni de que nada esté “en modo exclusivo”. Simplemente funciona así desde que lo enciendes, y funciona igual todos los días.

La primera diferencia que nota cualquiera al pasar de un PC a un streamer es el control. Estos dispositivos están pensados para manejar música, no para convivir con mil funciones más. Sus apps están centradas en la biblioteca, en las portadas, en el orden, en crear listas sin fricción y en controlar toda la reproducción desde el móvil sin pelearte con ventanas, notificaciones o configuraciones. La sensación es la de usar un aparato pensado para escuchar, no un ordenador adaptado para ello.
También cambia el consumo energético. Un PC típico puede gastar entre 100 y 300 vatios incluso cuando está en reposo. Un streamer rara vez pasa de 10 o 15. Esto hace posible tenerlo encendido todo el día sin remordimientos y sin generar calor innecesario. Para cualquiera con una instalación de audio permanente, la diferencia es enorme: lo enciendes una vez y te olvidas.
Otro punto importante es el silencio. Los ventiladores del PC, por muy silenciosos que sean, meten ruido mecánico en la sala y vibraciones que acaban contaminando el entorno de escucha. Un streamer no tiene ventiladores, no tiene piezas móviles y no genera fluctuaciones bruscas de carga. Todo es estable, predecible y silencioso. En un equipo sensible, esto se nota más de lo que mucha gente imagina.
La estabilidad también juega a favor del streamer. No hay actualizaciones que se abran en mitad de una canción, no hay procesos que compitan por recursos, no hay ventanas emergentes que se cuelen por el camino. Es un dispositivo que hace una sola cosa y la hace igual todos los días. Esa consistencia es difícil de mantener en un PC, donde cualquier cambio del sistema puede alterar la ruta de audio o romper la configuración bit-perfect.
Y luego está la comodidad diaria. Con un streamer, la experiencia es siempre la misma: enciendes el equipo, abres la app, eliges la música y suena como debe sonar sin pasar por capas que no ves. Sin configuraciones, sin comprobar modos exclusivos, sin revisar ajustes tras una actualización. Es un aparato que reduce la fricción a cero, y eso, en un sistema pensado para disfrutar, marca más diferencia que la mayoría de mejoras técnicas.
Los streamers no son un concepto abstracto ni un bloque homogéneo. Cada fabricante ha llegado a esta categoría desde un punto distinto y con una idea diferente sobre qué problema debía resolver un aparato así. Para algunos, la prioridad es limpiar la señal digital; para otros, integrar varias fuentes sin fricción; y para unos pocos, llevar la precisión del reloj y la alimentación a un nivel que un PC ni siquiera puede imitar. Esa diversidad importa, porque permite ver con claridad qué hace cada uno mejor que un ordenador y en qué escenario se nota más.
En este apartado repasamos cinco dispositivos que representan las distintas filosofías de esta nueva generación de streamers. No son equivalentes ni compiten entre ellos: cubren rangos de precio, necesidades y sistemas muy distintos. Pero todos tienen algo en común: están diseñados para que la música salga con menos interferencias, menos ruido y menos variables incontrolables que cuando se usa un PC. Es ahí donde empiezan a distanciarse de cualquier solución basada en un ordenador.

El WiiM Pro+ existe para una cosa muy concreta: sacar al PC de la ecuación sin gastar una fortuna. Es el dispositivo que demuestra que no hace falta invertir en un centro digital de tres cifras altas para obtener una señal más limpia y estable que la de cualquier ordenador doméstico. Su gracia no está en prometer milagros, sino en aplicar ingeniería básica donde el PC no lo hace: un reloj dedicado, una ruta de señal más corta y un diseño pensado para no dejar pasar ruido innecesario.
Hay varios detalles técnicos que, sin necesidad de profundizar demasiado, suponen una diferencia apreciable cuando escuchas. El Pro+ trabaja con una circuitería optimizada para mantener el ruido de fondo bajo control, usa un reloj más estable que el de un PC común y evita la contaminación eléctrica que generan los componentes de un ordenador. La señal digital llega al DAC con menos interferencias, menos fluctuaciones temporales y una consistencia que el usuario no tiene que configurar ni revisar.
En un sistema real, esto se traduce en algo muy simple: pulsas play y siempre suena igual. No hay notificaciones, no hay procesos del sistema robando prioridad, no hay sorpresas después de una actualización —lo que, qué cosas, conecta con nuestro artículo sobre los DAPs y por qué es buena idea tener uno—. El Pro+ se limita a entregar la señal de la forma más limpia posible y deja que el DAC haga su trabajo sin obstáculos. Para el usuario que sólo quiere escuchar música sin complicaciones, es uno de esos aparatos que justifican su existencia desde el primer uso.
¿Para quién encaja? Para quien tiene un DAC externo decente, un equipo que ya suena bien y quiere eliminar los problemas típicos del PC sin entrar todavía en streamers de gama alta. Es un punto de entrada sólido, coherente y diseñado con cabeza para sonar estable incluso en setups modestos. Es, en definitiva, la forma más barata y sensata de jubilar el ordenador como fuente principal.

El WiiM Ultra es el paso natural para quien ya entiende las limitaciones del PC, pero necesita algo más que un simple transporte digital. La diferencia con el Pro+ no está sólo en la pantalla o en un diseño más cuidado; está en cómo agrupa varias funciones que un ordenador mezcla mal: entrada phono, HDMI ARC, control táctil, preamplificación básica y un ecosistema de ajustes pensado para convivir con más de una fuente. Es un aparato que no intenta competir con soluciones de gama alta, pero sí resolver una necesidad real del salón moderno sin fricciones.
Su mayor virtud es la integración. Un PC puede servir como fuente digital, pero no está pensado para convivir con un giradiscos, una tele o una configuración mixta sin introducir fricción por el camino. Siempre hay capas que no deberían intervenir: drivers, configuraciones de audio, mezcladores del sistema y cables adicionales que complican algo que debería ser sencillo. El Ultra elimina todo eso: la entrada phono permite conectar un giradiscos sin previos externos, el ARC convierte la tele en una fuente más sin retardo ni líos de sincronía, y el control táctil hace que la interacción sea inmediata. No es sólo un streamer: es un centro compacto que ordena todas las señales sin esfuerzo.
El uso diario también cambia. No hay ventiladores, no hay altibajos en el rendimiento, no hay procesos paralelos que interfieran en el audio. El Ultra está diseñado para sonar igual siempre, independientemente de lo que esté haciendo el resto de dispositivos del salón. Mantiene la señal estable, reduce ruido innecesario y evita cualquier intervención del sistema operativo. Para quien quiere un aparato que simplemente funcione todos los días de la misma manera, la diferencia respecto a un PC es abismal.
Su público ideal es el usuario con un equipo doméstico versátil: alguien que combina música digital con vinilo, que quiere mejorar el sonido de la tele y que busca una forma fiable de olvidarse del ordenador sin renunciar a control, conectividad ni comodidad. El Ultra destaca justo ahí, en setups híbridos donde el PC añade ruido, latencia o complicación, y donde un streamer todoterreno resuelve más problemas de los que parece a primera vista.

El FiiO R7 está pensado para quienes escuchan música mayoritariamente con auriculares y no quieren depender del PC para nada. En vez de montar DAC, amplificador, interfaz USB, software y ajustes por separado, el R7 lo concentra todo en un único aparato que funciona igual cada día y no necesita la intervención del sistema operativo para entregar una señal limpia. Es un sustituto directo del ordenador en un escritorio dedicado a la escucha.
Su planteamiento técnico lo deja claro. Combina un DAC serio, un amplificador de auriculares con potencia suficiente para mover modelos exigentes y un sistema basado en Android que permite usar todas las apps habituales sin pasar por el ordenador. A esto se suma un reloj dedicado, un manejo preciso del jitter y una ruta de señal corta que evita buena parte de las interferencias que en un PC son inevitables. La consecuencia es sencilla: el sonido no depende del estado del sistema, ni del procesador, ni de tareas en segundo plano.
La experiencia diaria es la gran diferencia. En un PC siempre hay ruido, ventiladores, procesos que interfieren, notificaciones y pequeñas variaciones de rendimiento que afectan a la estabilidad del audio. El R7 elimina todo esto: no tiene piezas móviles, no cambia de comportamiento según la carga del sistema y entrega la misma consistencia siempre. En un entorno de auriculares, donde cualquier variación se nota más, ese salto se percibe enseguida.
Su público es el usuario que quiere un escritorio limpio, organizado y sin complicaciones. Quien no quiere abrir el portátil para escuchar un álbum, quien valora la estabilidad y quien prefiere una solución compacta que un ordenador ruidoso y sobrecargado. Para setups con auriculares de cierto nivel, el R7 es uno de los pasos más lógicos para independizar la escucha del PC y ganar en control, potencia y coherencia sonora.
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El Eversolo DMP-A10 representa la idea más moderna de streamer serio: un aparato que no sólo evita los problemas del ordenador, sino que además compite con configuraciones de PC optimizadas que cuestan mucho más y exigen un nivel de mantenimiento que pocos están dispuestos a asumir. Su planteamiento es directo: entregar una señal digital y analógica estable, limpia y consistente, independientemente de la carga del sistema o de la complejidad de la biblioteca. Es un dispositivo que, desde la primera impresión, transmite que ha sido diseñado para ser una fuente principal, no un accesorio.
En el bloque digital destaca su filosofía de control. El manejo del reloj, la gestión del USB y el aislamiento entre etapas están diseñados para minimizar las interferencias y mantener el jitter en niveles muy bajos sin necesidad de configuraciones avanzadas. Esto es lo que más distancia al A10 de un PC: la señal no pasa por capas compartidas, no depende de controladores del sistema operativo y no está expuesta a las fluctuaciones eléctricas típicas de un ordenador. Todo está encapsulado para que los datos lleguen de la forma más estable posible.
La sección analógica sigue la misma idea. La etapa de salida del A10 está construida con más cuidado del que suele verse en streamers de este precio, y se nota en cómo entrega la señal a amplificadores y sistemas de gama media o alta. No intenta colorear ni adornar, pero sí evita las irregularidades que aparecen cuando un PC hace cuello de botella en la alimentación, en el ruido de fondo o en la conversión previa a la etapa externa. El A10 no promete milagros, pero sí una ejecución más coherente que la mayoría de ordenadores incluso bien ajustados.
Es precisamente en setups refinados donde estas diferencias se aprecian con claridad. Un PC de gama alta puede sonar bien si se cuida cada detalle: fuente lineal externa, aisladores USB, software especializado y ajustes finos en el sistema. Pero esa combinación no sólo es cara, sino inestable: cualquier actualización puede desmontarla. El A10 elimina esa incertidumbre. No necesita trucos, no depende de parches y no cambia de comportamiento con el tiempo. Cuando un sistema revela cada pequeño defecto, esa consistencia se vuelve una ventaja clara.
El usuario ideal del DMP-A10 es alguien que ya tiene un equipo cuidado —amplificación seria, altavoces o auriculares bien elegidos— y quiere una fuente a la altura sin entrar en el terreno del Matrix Element X. Quien sabe que el PC está introduciendo variaciones, quien no quiere estar pendiente de configuraciones y quien necesita una señal estable todos los días. El A10 no busca impresionar con cifras en la ficha técnica, sino resolver un problema real: hacer que el ordenador, incluso uno caro, deje de ser necesario como fuente principal.
Zococity (distribuidor oficial de Eversolo en España)| Eversolo DMP-A10 (3.999 €)

El Matrix Element X es el ejemplo más claro de lo que ocurre cuando un fabricante decide llevar la idea del streamer al extremo técnico. No busca ser versátil ni económico, ni resolver problemas prácticos del día a día. Su objetivo es otro: minimizar el ruido eléctrico y las variaciones temporales hasta niveles donde un PC, incluso optimizado y acompañado de accesorios caros, no puede competir. Es un aparato que existe para quienes ya tienen un sistema de referencia y necesitan que la fuente esté al mismo nivel.
El corazón del Element X es su reloj. Matrix utiliza un Crystek CCHD-950, uno de los osciladores más estables disponibles en un producto doméstico. Está diseñado para reducir el jitter a cifras que rozan el límite de lo que se puede medir con equipos de laboratorio. Esto, sumado a una ruta de señal corta y a una gestión cuidadosa de la sincronización interna, hace que la reproducción sea excepcionalmente estable. No se trata de “sonar más bonito”, sino de que el DAC reciba una señal temporalmente impecable.
La alimentación es el otro pilar. Matrix recurre a un transformador toroidal Noratel hecho a medida y a una etapa de regulación con componentes de muy bajo ruido. Esta parte suele pasarse por alto cuando se habla de fuentes digitales, pero aquí es crucial: todo lo que alimenta el reloj, la conversión digital y la etapa de salida está aislado y filtrado para evitar cualquier interferencia eléctrica. Frente a esto, incluso un PC con fuente lineal externa sigue arrastrando variaciones propias de su arquitectura.
La filosofía del Element X es sencilla: reducir cada posible interferencia hasta donde permita la física y dejar el resto a los componentes del sistema. En setups de gama muy alta, donde todo es extremadamente transparente, esa estabilidad se traduce en una menor sensación de dureza, una escena más controlada y una coherencia que un ordenador no reproduce de forma consistente. No es una diferencia dramática en cualquier equipo, pero sí apreciable cuando el sistema ya está muy afinado.
Por eso es un aparato que no es para todo el mundo. En la mayoría de sistemas, un DMP-A10 o incluso un WiiM Ultra ya solucionan los problemas principales del PC. El Element X tiene sentido para usuarios que trabajan con amplificación, DACs y altavoces de nivel alto, y que han eliminado ya todos los demás cuellos de botella. Es un streamer para quien necesita la máxima precisión posible y quiere una fuente que no varíe en su comportamiento ni un solo día del año.

La diferencia entre un PC y un streamer moderno no está en los bits, sino en el entorno que los transporta. Un ordenador es una máquina generalista, cargada de procesos, ruido eléctrico y prioridades cambiantes. Un streamer dedicado elimina esa variabilidad y se centra en una sola tarea: entregar una señal estable que no dependa del estado del sistema operativo.
Los modelos actuales trabajan con relojes precisos, alimentaciones limpias y rutas de señal diseñadas para evitar interferencias. No necesitan configuraciones especiales ni modos exclusivos porque el firmware no interfiere en la reproducción. Ese diseño reduce problemas que un PC introduce por naturaleza y evita que la fuente se convierta en un cuello de botella.
En la práctica, esto significa que la música llega al DAC de forma más coherente y sin el ruido invisible que un ordenador genera incluso cuando parece estar inactivo. El oyente no tiene que pelearse con drivers, actualizaciones o ajustes. Todo funciona igual cada día y el sistema mantiene su carácter sin sobresaltos.
Un streamer no pretende sustituir al PC en todo. Simplemente lo aparta del único lugar donde su arquitectura generalista estorba: el camino de la música. Es una victoria silenciosa, sin discursos grandilocuentes, basada en algo tan básico como evitar que un aparato pensado para mil tareas interfiera en la única que aquí importa de verdad.
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