

Análisis
En los últimos años la industria de los videojuegos ha visto como el RPG ha vivido una etapa especialmente popular. Las nuevas generaciones han ido permitiendo que las producciones de este género sean cada vez más ambiciosas, con la posibilidad de presentar mundos abiertos más densos y sistemas que buscan un equilibrio entre accesibilidad y profundidad.
En medio de este camino, pocas propuestas resultaron tan particulares como Kingdom Come: Deliverance en 2018. El título de Warhorse Studios apostó por aquella entonces por el realismo histórico, una progresión lenta y un mundo que obligaba al jugador a adaptarse constantemente.
Aunque con el paso del tiempo su influencia ha estado muy presente, especialmente tras el éxito de su secuela, esta primera entrega siempre dejó un sabor agridulce por aspectos técnicos. Sin embargo, después de tantos años, ha llegado el momento de una actualización gratuita para PlayStation 5 y Xbox Series X/S que pretende poner a Kingdom Come: Deliverance a la altura de un título de última generación, intentando igualar la experiencia a la que el juego ya ofrecía en ordenador.
Aunque ya ha llovido desde que Kingdom Come: Deliverance vio la luz, nunca está de más refrescar cuál es la propuesta del título, que encima tiene mucho peso en su desarrollo. El juego nos sitúa en la Bohemia de comienzos del siglo XV, en plena convulsión política tras la muerte del emperador Carlos IV. Encarnamos a Henry, hijo de un herrero cuya vida queda destruida tras el ataque a su aldea. Este fatídico suceso le empuja a un viaje de supervivencia y venganza dentro de un mundo medieval tremendamente crudo.
Lejos de la fantasía habitual del género, lo que hizo que millones de jugadores se enamorasen de esta saga es su realismo, en ocasiones poco común en el RPG moderno. Sin habilidades especiales ni poderes sobrenaturales, el combate en primera persona exige técnica y práctica, la progresión se basa en el aprendizaje, y no existe un solo camino para completar cada misión, todo depende de tus propios límites morales.

Ahora que ya tenemos refrescado qué es Kingdom Come: Deliverance, toca hablar de lo que significa de verdad su llegada a PlayStation 5 y Xbox Series X|S. Lo primero que quiero dejar claro es que no supone una reinvención del apartado técnico, sino un ajuste que, por fin, pone a la versión en consolas del juego a la altura de la experiencia que se llevaba años disfrutando en PC.
El cambio más evidente está en el rendimiento. Frente al framerate inestable y las caídas frecuentes de las versiones de PS4 y Xbox One, esta actualización fija los 60 fps y lo mantiene con mucha consistencia. La sensación de fluidez es notable en todas las situaciones del juego, desde ir andando por zonas concurridas, combates contra varios enemigos o desplazamientos "rápidos" en caballo.
Donde antes era habitual percibir algún tirón que afectaba directamente a la jugabilidad, ahora solo queda esa "tosquedad" propia de un juego que ya tiene casi una década a sus espaldas.

A nivel visual, la mejora es más sutil, pero igualmente perceptible. El aumento de resolución hasta 4K, junto a texturas de mayor definición, eleva la nitidez general de escenarios y superficies, especialmente en edificios, vegetación y equipamiento.
También se aprecia una mayor distancia de dibujado y una presentación más estable de sombras y follaje, reduciendo el “pop-in” que caracterizaba a las versiones de pasada generación. No se trata de un rediseño gráfico ni de cambios artísticos, sino de una presentación más limpia y coherente con la ambición visual original.
En conjunto, no estamos ante un remaster ni mucho menos ante un remake. La actualización no transforma el juego a nivel técnico, pero sí elimina gran parte de las fricciones que tenía en consola y que era lo que se podía esperar con un parche así.
La carga de texturas tardía ya no está presente, ni la inestabilidad derivada del hardware anterior. El resultado es, esencialmente, el mismo Kingdom Come: Deliverance, pero en unas condiciones mucho más cercanas a las que siempre debió de tener también fuera de PC.

Más allá de la lista de mejoras, lo verdaderamente relevante de esta actualización es cómo se traduce en la experiencia real a los mandos. Y aquí la conclusión es clara: Kingdom Come: Deliverance ha conseguido esa estabilidad en consolas que no alcanzaba con la retrocompatibilidad.
El objetivo de 60 fps se mantiene con gran solidez en la mayor parte de situaciones. Solo en escenarios especialmente cargados, como ciudades con abundancia de NPCs y animales, pueden aparecer caídas muy puntuales, pero que no comprometen la sensación general de estabilidad. Es, probablemente, el aspecto más logrado de toda la actualización.
El apartado visual también convence en la práctica. La mayor nitidez de texturas y el aumento de resolución hacen que el mundo resulte más limpio y definido, con una presentación que se acerca mucho más a los estándares actuales de consola. La diferencia no es solo detectable en comparativas: jugando se percibe un salto claro respecto a las versiones de pasada generación.

Sin embargo, donde el parche evidencia más su naturaleza de adaptación y no de reconstrucción es en la persistencia de ciertos problemas heredados. Aunque el streaming de texturas ya no muestra retrasos evidentes, siguen apareciendo fallos puntuales en escenas de diálogo: personajes que se colocan fuera de posición, animaciones rotas o incluso errores visuales en pantalla. No son graves, pero recuerdan que la base técnica sigue siendo la de 2018.
Algo similar ocurre con los tiempos de carga. La carga inicial continúa siendo prolongada y, en comparación con los estándares actuales de la generación, las transiciones siguen siendo más lentas de lo deseable. Se percibe claramente que estamos ante una actualización sobre un trabajo que ya existía, no ante una versión nativa concebida desde cero para el hardware actual.
Aun así, el resultado global es el de una versión que cumple su objetivo principal: acercar la experiencia de consola a la de PC. En ese sentido, la actualización sitúa al juego en un nivel técnico mínimo acorde a lo que hoy se espera de una producción de gran presupuesto, aunque, evidentemente, sin alcanzar el grado de pulido que, por ejemplo, sí exhibe su secuela. Es un salto suficiente para modernizarlo, pero no para ocultar su edad.


Hay que tener en cuenta varios aspectos para entender qué estamos evaluando realmente en esta actualización. Para empezar, es un parche gratuito, por lo que ya solo por ese motivo no se puede tomar de la misma manera que un remaster al uso. Además, el propio equipo de Kingdom Come: Deliverance ha dejado claro que este trabajo está simplemente destinado a ofrecer esas mejoras para PlayStation 5 y Xbox Series X/S que se echaban en falta.
En ese sentido, cumple exactamente lo que promete. Los 60 fps se mantienen con notable consistencia, la fluidez en combates, desplazamientos a caballo y zonas concurridas es evidente, y los tirones que caracterizaban a las versiones de pasada generación han desaparecido casi por completo. En el apartado visual, la resolución 4K, texturas de mayor definición y una distancia de dibujado ampliada consolidan un entorno más limpio.
Eso no significa que no haya fallos que vienen por culpa de lo que podíamos encontrar en el juego base. Animaciones de personajes en diálogos, errores puntuales en la posición de NPCs o fallos visuales menores que recuerdan negativamente que estamos ante una simple actualización.
En términos de experiencia jugable, la actualización ofrece un salto significativo que es innegable y que aquellos que jugaron esta entrega en su día agradecerán. Sin embargo, nadie debería de esperar que con esta mejora Kingdom Come Deliverance vaya a vivir una segunda juventud.
El parche ha acercado el juego al rendimiento y la presentación visual al estándar de los títulos habituales, pero llega a ese mínimo por los pelos. Si jugaste a la segunda entrega y quieres conocer más de los orígenes de Henry o de la saga, es una buena oportunidad, pero no creo que la mejora que se ha realizado sea suficiente como para servir de reclamo a extraños.