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El ridículo absentismo de Juncker en Cataluña

El secesionismo en una región comunitaria afecta a europa en su conjunto. Es corrosivo para el proyecto de la UE

  • La respuesta del presidente de la CE debería estar en línea con el desafío que supone
    La respuesta del presidente de la CE debería estar en línea con el desafío que supone / EFE
Beatriz Becerra. 

Tiempo de lectura 2 min.

16 de julio de 2017. 05:39h

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Beatriz Becerra.  16/7/2017

Si una región de un Estado Miembro de la Unión Europea alcanza la independencia, los tratados dejan de aplicarse de forma automática. Es decir: el nuevo país queda fuera de la Unión. ¿Es esto una novedad? En absoluto, siempre ha sido así y es un hecho al alcance de cualquiera con interés por comprobarlo. Se deduce de los tratados y lo ha repetido la Comisión Europea desde hace años. La última vez ha sido esta misma semana, cuando Jean-Claude Juncker me contestó a una carta en la que le pedía que lo explicara públicamente.

¿Por qué he insistido si es un asunto tan claro? Porque Cataluña lleva años instalada en la post-verdad: un clima moral en el que los hechos apenas importan. Puigdemont puede fingir –y de hecho lo hace– que la fantástica República Catalana seguiría dentro de la UE y del euro. La secesión no se va a producir, pero las mentiras secesionistas han calado. Desmontarlas es una labor esencial para el futuro: cuando otro oportunista trate de alentar la secesión, que al menos se vea obligado a decir a su público: «Estaremos fuera de Europa, pero no nos importa».

En la política actual, los hechos no bastan. Lo que yo le pedía Juncker era algo más que una respuesta burocrática. Lo que exijo y espero del presidente de la Comisión Europea es una declaración excepcional, a la medida del desafío. Europa está fallando porque no es capaz de que los hechos se abran paso en el debate catalán. Esto se explica porque la Comisión sigue diciendo que se trata de un «asunto constitucional» español. ¿Sería la disolución de la UE «un asunto de los tratados europeos»?

Recordemos a Mario Draghi hace ahora cinco años. Había tomado la decisión de que el Banco Central Europeo afrontara, por fin, la crisis de deuda que tenía a España al borde mismo del rescate y al euro en cuestión. Tomó decisiones, por supuesto. Pero también convocó a los medios y dijo: «El BCE está listo para hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme: será suficiente». Ese día todo cambió. Por las medidas, sí, pero también por las palabras y por el modo en que las dijo. Nadie pudo obviarlas.

El secesionismo en una región de Europa afecta a Europa en su conjunto. Tiene efectos políticos, económicos y sociales. Es corrosivo para el proyecto de la Unión, al difundir un discurso habitualmente xenófobo y siempre nacionalista. Sospecho que Juncker lo sabe, y que si el caso catalán fuera el caso bávaro –y, por tanto, si Rajoy fuera Merkel –ya lo habríamos visto comparecer en público, convocar a los medios y decir: «La unidad de Alemania es la unidad de Europa, y para que quede claro: una Baviera independiente estaría fuera de la Unión». Pero como se trata de España, Juncker elige el absentismo. Y, por decirlo en sus palabras: resulta ridículo.

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