

Historia
En el calendario actual, febrero se queda en 28 días y, cada cuatro años, llega a 29. Sin embargo, hubo un año en el que sí existió un 30 de febrero. Al margen de la broma, la licencia literaria y el refrán para ejemplificar la improbabilidad de que suceda algo, ocurrió de verdad, realmente febrero tuvo 30 días, pero solo en un país en un año concreto.
Ese país fue Suecia, y el año fue 1712. El truco no tuvo nada que ver con astronomía caprichosa, fue el parche de un cambio de calendario a medio hacer, una transición entre el calendario juliano y el gregoriano que terminó en un caos administrativo.
La historia arranca con un problema para toda Europa: el calendario juliano se iba desajustando poco a poco respecto al año solar. Este había sido adoptado por Julio César en el 45 a.C, pero, para corregir la descompensación, en el 1582 los países católicos saltaron al calendario gregoriano, propuesto por el Papa Gregorio XIII, que afinó la regla de los bisiestos. Tuvieron que saltar del 4 al 15 de octubre.
Sin embargo, los países protestantes se mantuvieron con el calendario juliano hasta 1752, cuando finalmente se cambiaron, ya que inicialmente su plan era mantener el juliano. Para ello, ese año eliminaron los días de entre el 2 al 14 de septiembre, pasando de uno a otro directamente. Igualmente, durante casi dos siglos, convivieron países con calendarios distintos y días de diferencia entre vecinos.
Entre ambos bloques se encontraba Suecia, que decidió hacer la transición, pero no de golpe. A finales de 1699 aprobó un plan peculiar: acercarse al calendario gregoriano gradualmente, eliminando días bisiestos en un periodo de 4 décadas. El primer paso fue en 1700, cuando Suecia omitió el 29 de febrero. Hasta ahí, todo iba según el guion.
El problema es que con la Gran Guerra del Norte en marcha, Suecia no siguió eliminando los bisiestos posteriores como estaba previsto. En la práctica, terminó usando un calendario intermedio que no coincidía ni con el juliano ni con el gregoriano. Esto suponía un problema, porque cuando un calendario no coincide con ninguno de los dos sistemas dominantes, las complicaciones se multiplican.
Así que en 1711 se optó volver al calendario juliano. Aunque para deshacer el día que se había recortado en 1700, hacía falta añadir un día de vuelta. Como 1712 ya era bisiesto, Suecia metió dos días extra en febrero: primero el 29, y luego un 30 de febrero. Con ese ajuste, el país se realineó con el calendario juliano.
El resultado fue que en 1712 tuvo 367 días en Suecia. El 30 de febrero aparece reflejado en almanaques y registros históricos, como documentación parroquial, donde figura la fecha tal cual. Al igual que la gente que cumple el 29 de febrero y celebra el 28, quienes nacieron el 30 jamás pudieron volver a celebrar su cumpleaños en su fecha natural.
Suecia adoptó por fin el calendario gregoriano en 1753. El cambio se hizo de golpe, recortando la diferencia acumulada de 11 días: tras el 17 de febrero de 1753, el día siguiente pasó a ser 1 de marzo de 1753. Así se eliminó de una tacada las fechas intermedias y alineó el país con el sistema que ya usaban muchos vecinos europeos.