

Astronomía
El Sistema Solar vive dentro de una burbuja gigantesca creada por el Sol. No es una frontera sólida, pero funciona como una muralla magnética y de partículas que amortigua parte de lo que llega desde el espacio interestelar.
Se llama helioesfera y su contorno real sigue siendo una incógnita. Para resolverla, la NASA ya ha puesto en marcha IMAP, una misión diseñada para medir, desde dentro de la propia helioesfera, cómo es ese límite y cómo cambia con el tiempo.
La helioesfera se forma por el viento solar, un flujo continuo de plasma que sale del Sol a gran velocidad. A medida que se aleja, ese viento empuja contra el gas y las partículas del medio interestelar, creando una región enorme dominada por el campo del Sol. O sea, que la influencia de nuestra estrella no se limita al espacio físico que abarca.

El punto donde esa influencia solar se desvanece frente al entorno de la galaxia se conoce como heliopausa, el borde exterior de la helioesfera. Hasta hoy solo lo han cruzado con claridad dos sondas lanzadas en 1977, Voyager 1 y Voyager 2, lo hicieron en trayectorias concretas, no suficientes para dibujar un mapa completo.
Ahí entra IMAP (Interstellar Mapping and Acceleration Probe - Sonda de cartografiado y aceleración interestelar). La misión despegó a finales de septiembre de 2025 y su objetivo es observar la helioesfera desde una posición privilegiada, cerca del punto L1 del sistema Sol-Tierra, a unos 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta, que llegó el pasado 13 de enero. Desde allí vigilará el viento solar y, a la vez, mirar hacia el borde de la burbuja.

La clave es que IMAP no necesita viajar hasta la heliopausa para verla, ya que medirá átomos neutros energéticos (ENA, por sus siglas en inglés). En la frontera exterior, las partículas cargadas del viento solar pueden intercambiar carga con átomos neutros del gas interestelar. El resultado son partículas neutras que no se desvían con campos magnéticos y viajan en línea recta.
Al saber desde qué dirección llegan y con qué energía, se puede reconstruir qué está ocurriendo en distintas zonas del borde del Sistema Solar. Es una forma de “cartografiar” la helioesfera a distancia, como si fuese una tomografía hecha con partículas en lugar de rayos X.
Este enfoque también ayuda a aclarar un misterio que arrastramos desde hace años: una estructura detectada por la misión IBEX (nada que ver con el índice bursátil), a menudo descrita como una cinta en el cielo. IMAP promete más sensibilidad y mejor resolución, así que puede confirmar si esa señal es estable, si se desplaza, o si depende del ciclo solar y de cómo sopla el viento del Sol.
IMAP no se limita al contorno. Lleva diez instrumentos para medir desde el propio viento solar hasta partículas energéticas y el campo magnético local. Eso es importante porque la helioesfera no es un escudo estático, sino que se deforma y respira con la actividad solar, y esa variabilidad influye en cómo penetran los rayos cósmicos galácticos hacia el interior del Sistema Solar.
Además, la misión también quiere analizar material que llega de fuera en forma de polvo interestelar. Uno de sus instrumentos está pensado para capturar granos diminutos que cruzan la helioesfera y, tras su impacto, identificar su composición química. Es una manera indirecta de aprender sobre el vecindario galáctico que rodea al Sol.
En conjunto, el objetivo es tanto entender mejor la frontera que nos separa del espacio interestelar, como mejorar el conocimiento del entorno de partículas y campos que afecta a la tecnología y al llamado clima espacial. En definitiva, se trata de definir con más precisión el ecosistema en el que se mueve la Tierra dentro de su galaxia.