

Cine
Michael B. Jordan fue uno de los actores que se llevó una estatuilla en los Premios Oscar 2026, ya que ganó el galardón al mejor actor protagonista por su doble papel en Sinners, superando al que todos daban por favorito: Timothée Chalamet y su trabajo en Marty Supreme. La sorpresa fue enorme, pero lo que realmente se quedó grabado en la memoria de todo el mundo fue su discurso. Después de abrazarse fuerte con su madre y con el resto del reparto, subió a agradecer el premio.
Esa naturalidad, esa humildad que transmite en todo lo que hace, no sale de la nada. Nació en Santa Ana, California, pero se crió desde los dos años en Newark, Nueva Jersey, y siempre ha llevado esas raíces muy adentro, junto con su fe. Sus padres le pusieron de segundo nombre Bakari, que en suajili significa “noble promesa”. Y vaya si la ha cumplido con creces.
Antes de hablar por su pasión por los animes, cabe mencionar que el deporte también ha sido muy importante para él. En el instituto Newark Arts High School jugaba al baloncesto, era fan de los New York Giants, y con el tiempo se enganchó a la Premier League. Cuando hizo mucho dinero, dio el salto: se convirtió en copropietario del AFC Bournemouth y metió dinero en el equipo Alpine de Fórmula 1. Ahora bien, lo que de verdad lo define va mucho más allá de todo eso. Es su amor por el anime, una pasión que arrancó de adolescente y que a sus 39 años sigue tan viva como el primer día.
Cuando promocionaba Creed III, película que dirigió él mismo, lo contó sin rodeos: muchas de las coreografías de las peleas en el ring las inspiró en sus series favoritas. Se pasaba horas enganchado a Naruto, One Piece, Dragon Ball, Hajime no Ippo y My Hero Academia. Así que, mientras Hollywood lo corona como el nuevo rey de los Oscar, él sigue siendo el mismo chaval de Newark que se pone a hablar de Goku, de Naruto Uzumaki o de los entrenamientos salvajes de Ippo con la misma emoción que cuando era crío.