

Netflix
Ha pasado algo más de un año desde que Netflix anunció la intención de comprar Warner Bros. por 82.700 millones de dólares, y por ahora la compra no se ha hecho efectiva. De hecho, hace poco Donald Trump cambió de opinión sobre este tema y, en lugar de intervenir, dijo que dejará que el departamento correspondiente haga su trabajo. Pues bien, vía Deadline, nos hemos enterado de que, si finalmente se lleva a cabo la compra, el panorama sería desolador. Esto lo ha dicho el productor y ejecutivo Joseph M. Singer. Para él, esto supondría una amenaza directa a la supervivencia del cine tradicional.
El problema está en lo que él ha llamado las llamadas ventas de exhibición, un modelo de distribución que ha permitido la rentabilidad de los estudios durante décadas. Tradicionalmente, una película recorre un camino que comienza en los cines, continúa en la venta y alquiler digital y culmina, mucho tiempo después, en las plataformas de streaming. Este sistema permite que cada fase genere ingresos con bajos costes asociados, proporcionando el flujo de caja necesario para reinvertir en nuevos proyectos. Al saltarse el paso del alquiler digital y reducir el tiempo de espera para que un título llegue al catálogo de Netflix, se incentiva al espectador a abandonar las salas, sabiendo que podrá ver el estreno en su casa apenas un mes después sin coste adicional.

Esta estrategia de priorizar el streaming ya ha demostrado ser una mala idea. Durante la pandemia, estudios como Disney intentaron acortar estos plazos, solo para descubrir que el modelo afectaba a sus beneficios a largo plazo. De hecho, el regreso de Disney a ventanas de exhibición superiores a los 100 días ha coincidido con sus mejores resultados financieros en su plataforma digital, lo que confirma que el cine en salas es el motor que da valor a todo lo que viene después. Si este motor se debilita, los estudios pierden la capacidad de pronosticar el valor de su catálogo y se quedan sin margen de beneficio para arriesgar en historias originales o formatos que no sean apuestas seguras.
Al desaparecer la rentabilidad de las películas de presupuesto medio, como dramas o comedias para adultos que dependen del boca a boca, la industria se divide en dos extremos: las grandes franquicias o el contenido masivo diseñado exclusivamente para retener suscriptores. Por lo tanto, desaparece el punto medio, dejando espacio únicamente para unos pocos directores consagrados, mientras que el resto de la producción se convierte en un producto genérico.
Llegados a este punto, los estudios dejarían de ser lugares donde se busca la innovación y el riesgo creativo para convertirse en almacenes de marcas y personajes explotados hasta la saciedad bajo métricas de consumo opacas. De cumplirse las predicciones de Singer, nos dirigimos hacia un futuro donde el cine dejará de ser un evento cultural diverso para transformarse en un flujo ininterrumpido de contenido, sacrificando por el camino la magia y la variedad que han definido a la gran pantalla durante más de un siglo.