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Haz deporte, da las gracias, medita, practica yoga, no procrastines ni dramatices, sé asertivo... Si también te entran ganas de gritar cada vez que lees otra lista para ser feliz, pero te reconoces de la secta y vuelves a caer, éste es tu blog. Yo lo voy a probar (lo que sea legal) y luego te lo cuento aquí, con humor, algo de profundidad y toda la honestidad compatible con conservar mi empleo. Porque lo de ser feliz está muy bien, pero lo primero es lo primero.

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Yoga a chorros

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Sobre el autor

Macarena Gutiérrez

Soy periodista de LA RAZÓN desde su fundación en 1998. He escrito sobre política internacional, exterior, reportajes, entrevistas y ahora lo hago en la sección de Opinión. Mujer, blanca, soltera y en eterna búsqueda del equilibrio, soy lo más alejado a una gurú que te vas a encontrar. @McGutierrezSj

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Cuando hablo con Clara los lunes, puedo notar por su tono de voz si ha conseguido apañarse para ir a clase de Bikram. Se le nota relajada, con una energía diferente. Más contenta. Habíamos comentado muchas veces lo bien que sienta el yoga, que para ella ha sido un descubrimiento gracias a un regalo de su hermano Pablo. La principal diferencia entre su yoga y el mío, el Hatha de toda la vida, son más de veinte grados centígrados. Y luego están la intensidad, el número de posturas, el ritmo, que va a toda mecha... Hace un par de semanas la acompañé a su escuela a ver cómo se me daba. Nada más levantarme, me salté las dos primeras advertencias: no tomar café ni comer nada varias horas antes de la clase. Sí hice mucho caso a lo de hidratarme a conciencia. Me entraban mareos sólo de imaginarme una hora y media a más de 40 grados de temperatura y con un 40 por ciento de humedad. Luego, muy poca ropa y el coco listo para una experiencia nueva e intensa, que desde luego lo fue.

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Nada más llegar, el profesor me lo puso muy negro. Imagino que para que no me hiciera muchas ilusiones y rebajara las expectativas. Tú llegas allí sacando pecho con tus medias maratones a tus espaldas y te das un baño de humildad de los buenos. Esto es lo que me soltó Alberto: “Va a ser duro, voy a dar la clase para el más fuerte. Tú lo único que tienes que hacer es resistir los 90 minutos sin salir”. Glups. Me tragué las ganas de preguntar: "¿Con eso de “duro” a qué te refieres exactamente?". En cuanto escuché que el único objetivo era “aguantar” dentro de aquella sauna gigante, me visualicé escapando por la ventana a los diez minutos para buscar una fuente. Durante la primera media hora no te dejan beber porque el cuerpo se tiene que acondicionar y te puede sentar como un tiro.

Nosotras entramos las primeras para que me fuera aclimatando. Sentada en la esterilla, empecé a respirar mientras la gente se iba colocando. Sobre todo las chicas tenían una pinta de “pros” que daban miedo. Y encima, las primeras posturas fueron de equilibrio. Justamente lo que peor se me da. Intentaba mirar a un punto fijo para no caerme de cabeza y el espejo me devolvía una imagen súper inestable comparada con las otras, que daban la impresión de estar atornilladas al suelo. No sé cómo lo hacían, pero no se movían ni un milímetro. Qué tías. Menuda diferencia entre sus poses y la mía. Yo tenía a Clara delante, y le lanzaba miradas de auxilio, pero ella andaba muy concentrada en lo suyo, que, por otra parte, se le daba estupendamente.

Mientras trataba de no estamparme y de guardar cierta dignidad, el profesor hablaba sin parar. Casi no le daba tiempo a respirar. Subido a un pequeño estrado, no calló ni un solo segundo de la hora y media. Era como un general arengando a sus tropas. Yo no me enteraba de nada. Se supone que con la práctica acabas escuchando, no sólo oyendo, esta letanía, que se repite al pie de la letra en todas las clases de Bikram del mundo. Es un monólogo que te va guiando a través de las 26 posturas (siempre las mismas) que se hacen dos veces. A mí sólo me daba la cabeza para tratar de copiar al resto como buenamente podía. Que no era poco. Cuando pasamos al suelo me vine un poco arriba y fui notando cómo el calor me ayudaba a llegar cada vez más lejos en los estiramientos. En ese momento ya estaba sudando a chorros, aunque también empezaba a disfrutar. El calor no fue un problema tal y como me temía. A mí me gustó; es relajante, como el de los países asiáticos en los que el ambiente te baja un poco el tono vital, te afloja en el buen sentido.

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El inventor de esta disciplina creada en los 70, Bikram Choudhury, justifica los 40 grados como una forma de recrear las condiciones climáticas de India, la cuna del yoga. Sin embargo, los yoguis más puristas ven en el Bikram otra excentricidad de Occidente, donde siempre estamos buscando algo nuevo, darle una vuelta de tuerca a lo conocido. Muchos deportistas de élite que compiten en triatlón, crossfit o en otras disciplinas exigentes lo usan en sus rutinas de entrenamiento para compensar esfuerzos y les ayuda a mejorar sus marcas a la vez que evitan lesiones. De hecho, llegan pensando que va a ser un paseo y luego comprueban que la señora de su derecha lo hace “inexplicablemente” mucho mejor que ellos. Los hay que no pasan siquiera del primer asalto. Desde luego, doy fe de que la cosa no es suave. Es cañero y haces deporte con todas las letras. Nada más salir, me temblaban hasta los meñiques. Eso sí, estaba feliz de haberlo dado todo y de haber intentado hacer todas las posturas. Las sensaciones fueron muy buenas. Lo noté también en la piel, parecía que me hubiera hecho una limpieza a fondo. Y lo que más me sorprendió fue que el dolor de lumbares que llevaba pegado a pespunte desde hacía varios días se evaporó milagrosamente junto al litro y medio de agua que debí perder en aquella clase.

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