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El mejor Jaramusch viaja en autobús

La película del norteamericano, con Adam Driver como protagonista, fascina al público de Cannes, donde también se presentó ayer «Loving», de Jeff Nichols

  • Jarmusch firmó numerosos autógrafos en Cannes
    Jarmusch firmó numerosos autógrafos en Cannes
Sergi Sánchez.  Cannes.

Tiempo de lectura 4 min.

16 de mayo de 2016. 23:35h

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Si algo tienen en común «Paterson», de Jim Jarmusch, y «Loving», de Jeff Nichols, que ayer se veían las caras en la sección oficial del festival de Cannes, es su capacidad para elaborar una poética de lo cotidiano. Sin ir más lejos, la última película del cineasta de Ohio, una de las mejores de su ya extensa obra y firme candidata a la Palma de Oro, es un «haiku» inventado a mayor gloria de un conductor de autobús que escribe poesía. Su mirada curiosa sobre las cosas más banales, atenta a las conversaciones que pilla al vuelo, generosa incluso con la gente a quien no entiende, a la vez privada y abierta al mundo, es también la de Jarmusch, que le considera un alter ego. De ahí que la película, que la prensa aplaudió con ganas, se convierta a su vez en un compendio de las obsesiones de su autor, y levante acta de una búsqueda de la esencia de la imagen tan próxima a la que emprendió su admirado Ozu como alejada de la visibilidad exhibicionista que impone vivir en el siglo XXI.

El conductor de autobús (un modélico Adam Driver) se llama Paterson, igual que la ciudad en la que nació y en la que comparte su amor, cómplice y delicado, con su soñadora pareja (Golfshiteh Farahani). Así las cosas, Jarmusch sugiere que la película no es sólo producto de la subjetividad de su protagonista sino también un espacio habitable, un mundo propio. Las reglas que lo rigen son las de la serialidad: a lo largo de siete días veremos que las rutinas de Paterson se repiten con ligeras variaciones y simetrías, de modo que cada jornada es distinta e idéntica a la anterior. Cada jornada es, por tanto, un verso de rima asonante. La poesía que escribe Paterson se nutre de la vida cotidiana y revierte en ella sus efectos, consiguiendo que lo real, en sus más nimios detalles, tenga una pátina onírica. Pocas películas han sabido poner en imágenes el proceso creativo de un poeta de una manera tan simple y hermosa, como si cada plano fuera una palabra escrita en el agua. El agua se evapora, cambia, es inaprehensible. Y Paterson, ese poeta en la clandestinidad, tiene suficiente con una libreta y un lápiz para reanudar su trabajo con la humildad del que sabe que todo folio en blanco es una ventana abierta a la posibilidad. Por si no había quedado claro, sí, «Paterson» es una obra maestra.

A vueltas con lo íntimo, Jeff Nichols, que concursa por segunda vez en Cannes después de debutar en la competición con «Mud» y de ganar el premio de la Semana de la Crítica con «Take Shelter», factura lo que podríamos denominar un anti «Selma»; esto es, una película que reivindica la lucha por los derechos civiles evitando todos los tópicos del cine comprometido. «No quería hacer un drama judicial. Quería contar la historia de dos personas enamoradas», explicó Nichols en rueda de prensa. Y aunque la acción abarca desde 1958, año en el Richard y Mildred Loving se casan de tapadillo en Washington, y acaba en 1967, año en el que el Tribunal Supremo deroga la ley que condena los matrimonios interraciales, Nichols nunca los filma fuera del espacio doméstico o laboral, haciendo grandes gestas o declaraciones de principios. Tienen hijos, planchan, cocinan y colocan ladrillos con la misma determinación cotidiana con que se aman. Sin hacer ruido, con un pudor y un respeto mutuo que vale más que mil palabras.

Lacónica ternura

«Lo que pasa entre dos personas es asunto suyo», afirmó ayer Joel Edgerton, que interpreta con lacónica ternura a Richard Loving. La ley, vino a decir, no debe regular el amor. Edgerton aprovechó para recordar a la audiencia que, a pesar de que la derogación de la ley se aprobó en 1967, uno de los 52 estados de América no lo hizo hasta el 2000. El racismo, como manifestación de ese terror a la diferencia tan americano, sigue patente. «La gente tiene miedo de ciertas cosas y sienten que es necesario legislar ese miedo», apostilló Nichols. En su apuesta por la sustracción, que en la reciente «Midnight Special» redefinía cine de género de los ochenta, no sabemos mucho o casi nada sobre el pasado de los protagonistas. Lo importante es el amor que se profesan, en presente y al margen de sus circunstancias, filmado a la manera clásica

El clasicismo de «Loving» es engañoso. Cierto es que Nichols, contenido como es, no se permite ninguna virguería formal, atendiendo a la serenidad, a la transparencia de unas imágenes que miran a los ojos a sus actores. Clásico no es convencional: en realidad la película se presenta como la antítesis de lo que una cinta de Hollywood sobre el tema pondría en titulares de luces de neón. En ese sentido, «Loving» es un ejercicio de humildad tan discreto y humanista como «Patterson».

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